Neradas

Compartir neros. Istmos de complicidad entre amigos que definen situaciones o personas según el momento.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.

J.E.

lunes 27 de julio de 2009

Un día en la playa

Hay días que uno por muy urbano que sea necesita de lo verde, entendiendo por lo verde, cualquier cosa fuera de la ciudad que no sea otra ciudad; levantarse con un pensamiento insólito de gorjeos de campo, penumbra de árboles mecidos por el viento o una arena blanda donde los pies desnudos reciban el contacto directo con la tierra. Y él, Don tal y cual, apodado así por abusar compulsivamente de este término, tenía uno de esos días. No lo pensó dos veces. Porque para Don tal y cual la playa quedaba tan lejos de su casa que pensarlo dos veces significaba renunciar. Sin coche, pues Don tal y cual no se atrevería jamás a coger el de la empresa fuera de horas de trabajo, lo mínimo que tenía hasta lo verde más cercano era una hora de autobús, un número de paradas infinitas, y una gran dosis de paciencia si pensaba en el regreso en que invertiría el proceso pero rebozado en arena y sal. Así que sin pensarlo dos veces, ni pensar en nada más que en lo verde, Don tal y cual, dirigido por ese mágico espejismo de palmeras paradisíacas y aire con brisa de mar que se le antojaba cada vez que pensaba en lo verde, se dejó arrastrar con resignación hacia la parada de autobús más cercana con una camiseta vieja, un pantalón corto, chanclas playeras, y una toalla enroscada bajo el brazo envolviendo el bañador y el libro de “Los hombres que no amaban a las mujeres” que recientemente le había regalado su mujer y que él había interpretado inmediatamente como un mensaje subliminal. Hacía tiempo que ya no se comunicaban de otra forma, sólo a través de códigos que a primera vista parecían inofensivos, claves secretas que sólo ellos entendían en su particular yincana de equipos contrarios; aunque, en este caso, ese título evidente del libro abría un nuevo espacio de claridad entre ellos hasta ahora inexplorado.

Don tal y cual, con su toalla enroscada bajo el brazo ocultando el bañador y su best-seller con el que algo quería decirle su mujer, buscó desesperadamente con la mirada un rinconcito, un recoveco bajo una palmera no demasiado alejada de la orilla del mar donde concentrarse a leer tranquilo y poder mojarse de vez en cuando la calva, esa vergonzosa parte de su cuero cabelludo que declarada en huelga había expulsado todo pelo esquirol logrando quedarse desierta en varios centímetros a la redonda como una miserable isla de nada, una coronilla que en cuanto se descuidaba y olvidaba la gorra en un día como éste adquiría un rojo intenso, brillante y aterciopelado difícil de ocultar aún cruzando estratégicamente a ambos lados el pelo blanco, largo y desgreñado de sus todavía poblados parietales. Pero fue imposible, por más que alargaba el cuello intentando captar alguna palmera frondosa, verde y libre, todas estaban ocupadas. Decidió entonces prescindir de lo verde y adentrarse lo más cerca de lo azul, lo azul sustituiría el frescor de lo verde; extendería la toalla en la arena o la colocaría sobre una de las hamacas desperdigadas a ambos lados de la pasarela de madera que lo había conducido a la orilla; esas hamacas regentadas por individuos de aspecto mafioso -vestidos de blanco: con riñonera blanca, gorra blanca, camiseta de tirantes blanca y un moreno discontinuo de franjas blancas- que apostados a la sombra de palmeras artificiales y fumando un cigarro tras otro perseguían con la mirada futuros clientes comodones como él. Los hamaqueros estaban allí sentados, al acecho, conversando como podían con esos otros personajes, nuevos para él, que no recordaba haber visto la última vez que necesitó de lo verde: las asiáticas, esas mujeres de ojos que miraban en horizontal a través de rendijas distantes y solitarias, y que cada cierto tiempo merodeaban a los bañistas para ofrecerles en su castellano plagado de eles, masajes reparadores, “¿quiele masaje bueno?, ¿quiele relajal tú? Con sus sombreros de paja, sus pantalones anchos, su camisa amplia y su lenguaje de vocales lleno de subidas y bajadas dejaban boquiabiertos a los hamaqueros de blanco cada vez que se sentaban con ellos a chamar cigarrillos negros. A Don tal y cual le hacía risa cómo hablaban entre sí hamaqueros y masajistas. Hablaban y hablaban inventando palabras con las que parecían entenderse, y lo hacían tan fuerte, que Don tal y cual pensó que junto a ellos sería incapaz de concentrarse en la lectura de esos mensajes secretos que su mujer quería hacerle llegar a través del libro. Se decidió por la arena a pesar de estar plagada de bultos y ondulaciones de ruedas de vehículos de limpieza y vigilancia, y no parecer cómoda en absoluto. Extendió por fin la toalla en la arena después de habérsela enrollado sobre la cintura y con ciertos desequilibrios haberse quitado el pantalón y colocado el bañador en su lugar. Había Don tal y cual extendido la toalla en dirección al sol, dispuesto su ropa bien doblada en el mismo centro para hacer de almohadón y había abierto su libro por la señal del separador colocada en una página al azar, aún no lo había empezado, y había leído también al azar paseando la vista por curiosidad en esa misma página una frase: “… simplemente es uno más de esos cabrones que siempre han odiado a las mujeres”, pues sí que empezamos bien, pensó. Por el rabillo del ojo, sin poder evitarlo, observaba un poco más allá del horizonte de la toalla a un grupo de mujeres ya de cierta edad, con sus risas y bañadores estrepitosos apretando esas mollas incontrolables sobresaliendo por todas partes cuando quedaban atrapadas en las costuras de sus extremidades, que con esos volúmenes de tronco, parecían mucho más delgadas. Coleópteros humanos, pensó, aquellas mujeres revoloteaban unas alrededor de otras frotando sus patitas de mosca, chirriando un debate de cotilleos y reflexiones absurdas que lo sacaban de quicio, chirriando actualidades de vidas ajenas e inalcanzables de mundillo rosa. Reinició la lectura varias veces, esta vez por la primera página, intentando prescindir de esos alrededores que ya nada tenían que ver con lo verde que había imaginado al salir de su casa, y cuando ya casi lo había conseguido, una nube de mariquitas enanas con caparazones rojos como su coronilla y pequeñas alas color naranja chocaron contra él. Eran choques opacos, con una contundencia dura; aunque él moviese con rapidez la parte del cuerpo en la que ellas se estrellaban, las mariquitas no se movían, se quedaban ahí quietas, torpes, como esperándose unas a otras. Don tal y cual se desprendía de ellas a base de casquilotes, lanzándolas lejos, panza arriba, aunque tras remover locamente sus patas con un aleteo conseguían darse la vuelta y emprender de nuevo su vuelo suicida. Al principio sólo era molesto, pero después era insoportable, y la rabia subía por Don tal y cual poco a poco hasta llegarle al cerebro con instintos asesinos. Ya no le bastaba con apartarlas a manotazos sino que deseaba rotundamente acabar con ellas. Logró derribar unas cuantas y en su pataleo bocarriba de mariquitas desesperadas echaba Don tal y cual gustosamente un puñado de arena con el pie sobre ellas y después las enterraba con el talón hasta asegurarse de una muerte definitiva. Aún así, alguna que otra volvía a salir del alud y a embestir contra él. Era imposible leer o concentrarse en nada aquella tarde de mierda que ni era de lo verde ni de nada.

Se habían instalado en él las mariquitas y ahora, ya de pie, era todo un cuerpo rojo, una coronilla extendida por toda la piel llena de motas negras. Un hombre rojo sobre una tarde verde. ¿Sería él realmente un hombre de los que no amaban a las mujeres?, fue su último pensamiento.



sábado 18 de julio de 2009

Lentamente, amor muere en pequeños círculos


Lento, sigiloso, con pasos de primer hombre que camina por la luna, entre dunas de placer y repugnancia, con la respiración entrecortada y una erección incontenible bajo el pantalón, “celos” se abalanza como un desesperado, los brazos estirados, las manos alzadas en dedos corvos, los ojos saliendo de sus orbitas, el rostro congestionado. Un grito ahogado detrás de los dedos, pasos indecisos de víctima incrédula que retroceden, dos, tres veces, cinco. Con la misma lentitud con la que antes avanzaba “celos” ahora retrocede “amor” amenazado. Una música estridente golpea los oídos, eriza los poros de la piel, predispone. Rayos, truenos y gotas furiosas de tormenta atronan alrededor de esa casa amplificados por el sonido de un techo de Uralita. Un reloj lejano y gigantesco da doce campanadas, las ramas de los árboles azotan los cristales de las ventanas mientras diez dedos agarrotados se hunden en el cuello de “amor”, sobran dedos y sobran manos así que ambas se superponen formando una sola, una mano encima de otra mano, una sola que aprieta y aprieta por debajo de una boca pequeña que cada vez se hace más y más grande hasta que no cabe una gota más de aire, hasta que los ojos por encima de esa boca se dilatan obteniendo el mismo diámetro, la saliva apenas cabe en esa cavidad que ya no es garganta sino embudo. Jadeos, toses sin aliento, estertores, y por fin silencio, calma, paz. Muerte. Una muerte doble. Una por fuera y otra por dentro.
Ambos salen de la fila de butacas en silencio mientras la pantalla sigue con los créditos y la banda sonora allá detrás no deja de reproducir en sus cabezas la imagen de la última escena.
Cuando atraviesan la pesada puerta del cine es de noche, mientras encienden un cigarro, las aterradoras imágenes siguen en sus cabezas ahora ya sin música. Ninguno quiere ser el primero en opinar, no sabían el argumento al decidirse por esa película, simplemente una de miedo y ya está, y el silencio que provoca una ficción tan parecida a su propia realidad se prolonga unos minutos interminables mientras desvían la mirada observando al resto de público que ajeno a sus sentimientos sale de la sala comentando como si nada…

martes 26 de mayo de 2009

A Benedetti


Tuvo una soledad tan concurrida. Lanzó su botella al mar. Hizo un cálculo de probabilidades, poemas como única variable, como contraofensiva, como un cuestionario no tradicional, como una batalla perdida o un grafiti sin muro todavía. Mirando a la luna hizo con ella un trato, un memorándum de compromiso. No te salves, pidió a los espíritus conformistas y acomodados provocando insomnios y duermevelas. Táctica y estrategia. En el zapping de los siglos, siempre quedará una primavera con una esquina rota, la vuelta de Mambrú o una tregua…

miércoles 13 de mayo de 2009

Cuando el Sol se vuelve cuadrado

El pueblo era tan esquemático en sus costumbres que todo era allí cuadriculado. Todo tenía medida y límites, nada se permitía a la improvisación. El Sol salía todas las mañanas y era el motor para empezar a trabajar: sembraban, araban, esperaban o recogían el fruto según la estación. Cuando el Sol se ponía: paseaban, cenaban y se iban a dormir hasta el día siguiente y así sucedió durante años y años, tantos, que era imposible pensar que hubiese otro tipo de vida en cualquier otro lugar, hasta que una noche llegó aquel extraño personaje con sus premoniciones y teorías. No solía equivocarse, así que cuando vaticinaba que iba a llover, el cielo se cubría, las nubes se entrelazaban unas a otras y obedecían humildemente a su premonición. Otras veces, bastaba con que mirara a alguien detenidamente o hiciese un comentario desafortunado hacia cualquier persona para que ésta entrase en desgracia, preveía noticias y solía acertar tan de lleno que el pueblo entero empezó a esquivarlo. Si él aparecía por una esquina, inmediatamente quedaba desierta toda la calle, hasta los animales de los distintos corrales, mimetizados con sus dueños corrían locamente en contradirección cuando él se acercaba. Así ocurrió que desde donde él estaba instalado hasta la otra parte del pueblo, justo en las afueras, no había nadie.

Cuando el hombre empezó a sentir soledad, decidió hacer algo para volver a ganarse la confianza de la gente. Maquinó un plan. En vez de adelantar acontecimientos como había hecho hasta ahora, daría rodeos de esquina a esquina del pueblo con una gran pancarta en la que haría saber sólo lo que ocurriese en el pueblo de al lado.

El primer día se puso manos a la obra. Cortó un cuadrado de tela blanca de una sábana, cosió los extremos a dos ramas de árbol, y escribió con letra gigante para que desde muy lejos pudiera leerse con facilidad: “EN EL PUEBLO DE AL LADO VEN EL SOL CUADRADO”. Paseó por las calles sin gente alzando cuanto podía su pancarta para que desde cualquier ventana o rincón, cualquiera pudiese leerla. No obtuvo resultado. Al día siguiente se le ocurrió otra idea y probó a colocar la pancarta fija en la plaza del pueblo atada a los mástiles del Ayuntamiento y alejarse para que todos se acercaran sin temor a leerla, después se recluiría en su casa hasta ver resultados.

Atardecía y el Sol estaba ya tan bajo que casi podía tocarse con las manos. Vista desde lejos, la pancarta cubría justo el centro del Sol y sólo por los lados asomaban los rayos amarillos, tan acumulados en cada esquina, que aquello parecía el ojo de Dios bajado directamente del cielo. Horas más tarde, una comitiva aterrorizada del pueblo de al lado se adentró en la plaza gritando que el Sol se había vuelto cuadrado. Sólo había luz en las esquinas y en el centro había anochecido, en el centro todo eran sombras.

El hombre, permaneció escondido. No se atrevía a salir de la casa. Por primera vez no sabía vaticinar lo que ocurriría después de su nefasta idea, pues no sólo veía imposible recuperar a sus vecinos sino que ahora el pueblo de al lado también lo rechazaría. Cuando el Sol se escondió definitivamente, se reunieron en la plaza los vecinos de ambos pueblos con palos y antorchas. Quemaron la pancarta y acudieron a casa del extraño, la quemaron también, sin piedad y sin remordimientos. Había que salvar las tierras por encima de todo. No podían permitirse un Sol cuadrado. Cuando amaneció, respiraron tranquilos. Todo solucionado. El Sol volvía a ser redondo como siempre.

martes 12 de mayo de 2009

La música no siempre amansa a las fieras


En el metro, al caer la tarde, en plena hora punta y en medio de la estación central, entre dos carteles de publicidad invitando a viajar al lejano oriente con vistas de pagodas, ríos con casas de madera en las orillas y budas de oro vistos desde el cielo, colocó su banqueta el violinista. Abrió la cremallera de la funda de su violín, y sin soltarlo, la colocó en el suelo abierta para recoger las monedas que le fuesen echando. Se sentó despacio, con ceremonia, vapuleando con gracia y por costumbre la cola de chaqué recién planchado para la ocasión, colocó su mentón sobre la barriga de su Stradivarius relajó el hombro y comenzó a tocar arrancando con la chacona de la Partita número 2 en Re menor de Juan Sebastián Bach.

Con arqueos de placer, atrapando entre hombro y barbilla cada nota, presionando el instrumento contra su cuello, se prolongaba el violinista sobre su violín hasta donde éste terminaba, allá donde las clavijas tensaban sus cuerdas, y donde su mano derecha, crispada en una danza como de patas de araña sentía cada vibración en el responder agudo, soberbio y tortuoso de la destreza de la otra mano, la izquierda, la que con los dedos describiendo una eme y empujados por un pulgar firme sujetaban la vara mágica que entrechocaba las cuerdas en el centro, rozándolas, rascándolas, puliéndolas con suavidad y con violencia, con ojos entrecerrados y gesto poseído por una muerte dulce, una mueca de dolor y delicia, regodeo y éxtasis.

La gente pasaba junto a él deprisa, a sus cosas, sin pararse, algunos le lanzaban alguna moneda mientras pasaban de largo, de vez en cuando alguien se paraba unos segundos junto a él para reanudar la marcha. Varios niños ralentizaron el paso de sus padres atraídos por la música. Dos policías le pidieron los papeles. Un par de mendigos se sentaron junto a él para alegrarse el día. Un ejecutivo depositó junto a la funda salpicada de céntimos de moneda una caja con un “Big mac” de MacDonalds y se alejó sin mirar por si ofendía. Una mujer de mediana edad dejó en el suelo una bufanda que pensaba regalar a su yerno. Un grupo de adolescentes lanzaron cigarros pero al no acertar en la funda rodaron hacia el par de mendigos que se los fumaron tranquilamente. Un mochilero arrojó un bonometro al que le quedaba un viaje.

El violinista seguía tocando extrañado por la ausencia de aplausos, por no importarle las toses, las melodías de móviles, las voces y el griterío. Se sentía mucho más feliz que la noche anterior en el gran teatro con el aforo completo. Para él también fue un descubrimiento. No había perdido su vocación.

Al día siguiente, un titular en todos los periódicos. La mayoría de los que había pasado ante el violinista el día anterior llevaba uno bajo el brazo, rezaba así:

“LA BELLEZA PASA DESAPERCIBIDA
Un virtuoso con un violín Stradivarius tasado en 3’5 millones de dólares, no logra llamar la atención de los viajeros del metro”

lunes 11 de mayo de 2009

Cuidado con los deseos, a veces se cumplen

Aquel hombre llevaba toda la vida esperando que las cosas cambiaran, no hacía nada, pero esperaba sin decidir: algún milagro, una coincidencia, una inercia distinta que lo trasladase al mundo de los elegidos para darle sentido a esa vida anodina que llevaba desde que tuvo uso de razón. La más arriesgada de sus leyes imaginarias de supervivencia, de su código secreto para salir adelante, era dejarse llevar por las casualidades que le fuesen viniendo, aunque claro, éstas a él nunca le sucedían. Sin embargo como tantas otras veces, la casualidad estaba ahí delante de él, a su lado, a la vuelta de la esquina, en cada acto, en cada movimiento, rondándolo, mirándolo de frente mientras él miraba como siempre hacia otra parte, hacia su propio catálogo existencial.

Anotaba todo lo ocurrido en el día a día, es decir nada, en las hojas del calendario del año correspondiente colocado con un imán de quita y pon en la puerta de la nevera. La hora de levantarse, siempre la misma; desayuno, el mismo: levadura de cerveza y polen disuelto en zumo de naranja, un café y el primer cigarro del día; almacén: bronca con su padre, acreedores y proveedores; comida: cada día de la semana el plato correspondiente con ensalada, una pieza de fruta de temporada para el postre, otro café y el segundo cigarro del día; almacén por la tarde: pelea otra vez con los mismos y por lo mismo; vuelta a casa por el mismo camino andado y desandado durante tantos años que si le cortaran el tronco sus piernas caminarían por él sin dificultad yendo y viniendo hasta agotar la sangre que quedara en ellas; cena: yogurt con cereales y otro café con el último cigarro del día; programa de televisión: el que sea, el que aparezca en pantalla por defecto, no importa, no tiene preferencias; quedarse dormido en el sofá; pasarse a la cama. Dormir. Al día siguiente, anotará lo mismo en otra hoja en la que sólo variará el número del día y el día de la semana, y así todos los días año tras año.

Volvía de trabajar ensimismado con la reproducción una y otra vez en la cabeza de la última pelea con su padre. En el fondo, no eran tan distintos, pensaba, su padre había renunciado a todo por él y él lo había hecho también por su padre, menos mal que él no tenía hijos y esta maldita historia de renuncias se cortaría en él, en fin, que ya estaban en paz, uno a uno, ¿pero por qué su padre quería siempre más de él?, ya estaba harto, aunque esta vez sí que haría lo que siempre había querido hacer. Nada. Nada y punto. Tenía la edad justa para jubilarse y eso es lo que haría el mes próximo. Si su padre quería seguir trabajando para mantener la tradición y estar en forma, él prefería jubilarse aunque con ello obtuviera la muerte. Según su padre, la jubilación era la muerte, el irse dejando poco a poco, el no tener nada que hacer, eso era la muerte en vida para su padre, lo que no sabía su padre es que él llevaba muerto mucho tiempo, tanto que no le importaba morirse de otra manera. Por fin anotaría algo distinto en el día uno del próximo mes: “hoy me jubilo”, anotaría, júbilo, eso es lo que sentiría, júbilo de jubilarse, de desecharse, de apartarse del mundo laboral, jubileo de que las cosas cambiaran.

Y llegó el día. Callejeó perezosamente sin rumbo fijo por las calles de su ciudad, desconocida excepto en el tramo del almacén a su casa. Anotaría cada uno de sus recorridos en el calendario, y cada cosa que le ocurriese…

Tres días después escribiría en el calendario: hoy ha muerto mi padre. Velatorio a las cinco de la tarde. Fue a velar a su padre muerto. En herencia le dejaba el taller suplicándole que se hiciese cargo y que buscase un encargado que lo sucediese en el futuro, que al no tener descendientes, dejase el negocio en manos de dicho encargado y con la misma súplica que le hacía él en ese momento, que por ningún concepto lo cerrara, que de lo contrario, su vida no habría valido la pena. Volvió a pelearse con su padre ya muerto, y aún muerto ganaba la última batalla, seguía arruinándole la vida. El destino es una montaña y yo no soy escalador se decía mientras rezaba un Ave María por su padre muerto. No acepto, dijo en el amén.

Colocó un anuncio en el periódico ofreciendo el negocio gratis sólo a cambio de trabajo. Nadie contestó. Parecía un timo, nadie regala nada. Cambió el anuncio y pidió un precio razonable. Tres candidatos quedaron con él a lo largo de la semana, así que anotó en el calendario en la hoja del lunes a uno, en la del miércoles a otro, y en la del viernes al tercero, todos a la misma hora, a las cinco de la tarde. ¿Por qué todas las cosas parece que pasan de pronto ahora?, ni siquiera tenía una idea clara de lo que esperaba de estos encuentros. Recordó sin saber por qué el dibujo de su primer cuento en que una boa se había comido un elefante y era confundida por los adultos con un sombrero, qué estupidez, pero estos tres hombres con los que se había citado y que pensaba comerse con tal de alejar de sí el taller de su padre serían un gran sombrero para él y seguramente, le vendría grande en cuanto lo colocase sobre su cabeza. Con el hombre del lunes no llegó a un acuerdo así que esperó impaciente al miércoles, pero ese hombre no apareció así que el viernes sería su gran día, el hombre viernes fuese como fuese y le ofreciera lo que le ofreciese sería su salvador, no quería volver a saber nada del almacén. Y así fue. Viernes era joven, listo y con ganas de trabajar. Le propuso algo que superó todas las expectativas de la casualidad: vender el local, comprar una autocaravana y montar allí el taller itinerante ofreciendo sus servicios cada día en una ciudad distinta, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, a donde les llevase el destino y la casualidad. Nombró el hombre viernes la palabra mágica y aquél que llevaba toda la vida esperando que las cosas cambiaran cambio su destino en ese mismo instante. No más calendario, no más piernas sueltas caminando entre dos puntos fijos, no más peleas con su padre muerto… Salió a la calle eufórico por su decisión. Por fin tomaba una decisión, por fin huiría de la insoportable sombra de su padre. Compró un helado y se lo comió a deshora, se fumó un cigarro que excedería del número previsto para ese día y hasta se atrevió a gritar de incontinencia emocional en medio de la calle.

Lo que no sabía entonces es que pasado un tiempo lloraría por recuperar aquel otro tiempo perdido en su antigua casa, con sus hojas de calendario en las que siempre ponía lo mismo, sus caminatas del taller a casa y de casa al taller y por su pobre padre que ahora ya carecía de culpa. Comprendería tras recorrer infinitos caminos que en el fondo nunca le interesaron lo suficiente, que los placeres que comporta la ignorancia del mundo, a veces, son mejores que los placeres del conocimiento consumido en vivo y en directo.



sábado 18 de abril de 2009

Encuentro carnal con el arte


Me bastaba con estar allí, en la calle, al caer la tarde, por barrios desconocidos y oscuros donde la luz sólo apareciese tenue en las lunas de los comercios a punto de cerrar. De puro abatimiento, a esas horas sólo deseaba pasear la noche a la búsqueda de una víctima apetecible.
No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. (Pablo Picasso). Esta frase colgada en la pared bajo una fotocopia cochambrosa del “Guernica” fue lo primero que encontré al entrar en una pequeña pensión regentada por un individuo con el que compartí un extraño descubrimiento.

El secreto de los rostros de Picasso: aristados, superpuestos en facciones de ojos y narices amontonadas, bocas torcidas y expresiones distorsionadas lo descubrí por casualidad esa misma noche en la que después de llorar al amor perdido como siempre, con los ojos todavía hinchados y henchidos en revancha, acabé en esa pensión de mala muerte desamando a un completo desconocido, un tipo que se movió encima de mí, compulsivo y arrítmico, dominador y apremiante.
Mis ojos irritados y su proximidad exagerada consiguieron el hechizo. Entonces lo comprendí, él era uno y todos los amantes a la vez, cualquiera de los personajes de mi propio "Guernica". Los innumerables y persistentes avances y retrocesos cara a cara daban al óvalo de su rostro una figura de aguja en la que se aglutinaban superponiéndose miles de ojos, narices y bocas a la vez.

Arremetía contra mí el monstruo polimorfo balbuciendo no se qué cosas cuando en ese instante de connivencia Picassiana, de repente, Leonardo da Vinci entró en acción y me atrapó. Una mosca perseguida muy de cerca por si misma recorría el cristal del espejo sujeto al techo de la habitación reproduciendo la escena. Ahora se detenía. Frotaba con fruición sus patas delanteras y proseguía camino hacia una reproducción de La Mona Lisa que sonreía descaradamente desde la pared frente a la cama y que también quedaba reflejada en el cristal. La Gioconda mirando de soslayo a la estúpida mosca que ahora cruzaba su boca destruyendo la sorna secreta que la caracterizaba para convertirla en una mueca de asombro, un !oh! pequeño, ridículo, negro y con patas con el que yo me identificaba en ese momento.
Los dos ojos de aquél hombre de mirada hambrienta, ya no guardaban linealidad ni separación, uno de ellos se desdoblaba en el otro, y el otro en el otro, partiendo todos desde su frente en hilera hacia su nariz. Un racimo de uvas-ojo sobre una nariz que a su vez, se desdoblaba hacia una mejilla, la del mismo lado de los ojos enramados, y su boca, esa abertura jadeante y horizontal en un primer momento era ahora una hendidura vertical que abría su rostro en dos como si estuviera roto. La barbilla picuda miraba hacia el otro lado y el pómulo opuesto subía peligrosamente hacia un cráneo ovalado y feliz.

viernes 17 de abril de 2009

Tropezar con el pasado


Lo peor que puede ocurrirle a uno en un autobús es:

a) Encontrarse a un amigo de la infancia que no se ha visto en veinte años.
b) Intentar esquivarlo y que sea imposible.
c) Mentirle para marcharte y volvértelo a encontrar.

En los minutos que puedan separar tu parada de la del otro, enjaulado y sometido a un acercamiento irreversible del que no vas a salir indemne, y ante la inesperada intromisión del pasado en el presente cuando tienes prisa y además piensas que no volverás a ver a esa persona en otros tantos años o nunca, sólo tienes tres opciones y cada una de las tres será siempre todavía más desalentadora que la anterior.

a) Puedes iniciar una conversación trivial en el caso que decidas hacer frente a la situación sobrevenida.
b) Puedes hacerte el despistado y no apartar la vista de la ventanilla hasta bajar.
c) Puedes fingir no reconocer a la persona o hacerla creer que tú no eres tú.

Si no te es posible adoptar ninguna de ellas, si no hay escapatoria porque esa persona se abalanza sobre ti con un par de besos y facciones ensanchadas por la emoción de verte, si no hay más remedio que sucumbir a lo inevitable porque la situación ha superado todas las expectativas y estás a mitad de trayecto, entonces, si no sabes que hacer, mientras aprietas con insistencia el botón de próxima parada y antes de verte obligado a rememorar aquellos maravillosos años odiándote a ti mismo por ello y a él por iniciar esa conversación, o antes de hablar del tiempo con la sensación de estarlo perdiendo en un ataque de estupidez a dúo, o de hablar del estado civil de cada uno, o de lo que sea, antes, hay que tener siempre un objetivo prioritario, una fórmula redonda y contundente, una ecuación donde el factor X sea indespejable: no entrar nunca en lo que se está haciendo en el presente ni en ningún otro tipo de intimidad posible por pequeña que sea.

Justo cuando acogiéndome a la segunda de mis opciones, -la primera no debe escogerse voluntariamente jamás-, había logrado esquivar el encuentro y me asía alternando con una mano y otra las distintas correas de sujeción que oscilan en la barra superior del vehículo con tanta intensidad que podría haberme quedado allí colgado para siempre, justo cuándo había logrado llegar a la voluta más próxima a la puerta de salida y sentía ya el vértigo del triunfo, noté una proximidad y supe que las opciones b) y c) quedaban eliminadas y que entraría de lleno en la a) sin poder remediarlo. Mi compañero de pupitre del último colegio dónde estuve, el más listo de la clase, trajeado y oliendo a colonia de anuncio me saludaba cordialmente mientras golpeaba amistosamente con una de sus manos el muro de mi espalda. Me asaltaron todos los recuerdos de inmediato. Los humillantes suspensos en todas las materias menos en matemáticas, las burlas de los demás compañeros, los apodos infames.

- ¿Te bajas aquí?, - ¡Pitagorín! - preguntó de repente.

- ¡Eh! - dije intentando parecer lo más sorprendido posible, y odiándome por ello me atropellé a decir- ¡cuánto tiempo! ¿Qué tal?

- Bien, ¿Y tú?

- Muy bien, ¡hasta luego! – grité mientras la puerta se abría y prácticamente me tiraba al asfalto.
-¡Yo también me bajo aquí! -se apresuró a decir él mientras imitaba mi salto al vacío.

Mis intenciones fueron echar a correr con una excusa pero algo me contuvo no sé por qué. No recordaba su nombre, así que tuve que improvisar y caí de pleno en el primer objetivo prioritario a esquivar: mi vida personal.

- Me dirigía a una entrevista de trabajo, dije prácticamente poseído por alguien que no era yo. - Debo empalmar con otro autobús y tengo mucha prisa porque como siempre, llego tarde. Me atolondré, estaba dándole todo tipo de detalles. Sin embargo me conmovió que él, ante mi sinceridad, él, el alumno más aventajado del colegio, me confesara bajando la voz como en una especie de secreto que también se dirigía a una entrevista de trabajo. ¡Menos mal, no era yo el único fracasado!, pensé, si éste que era el empollón también estaba parado, entonces no me había ido tan mal como creía, al fin y al cabo habíamos terminado en el mismo sitio, ¿no?, y yo estaba casi seguro de haber aprovechado mucho mejor todos aquellos años en los que no nos habíamos visto aunque ahora tuviese que pagar por ello. El verlo tan acorralado por la vida como yo, me hizo sentir bien. Era una de esas alegrías tontas que devuelve el destino en el momento más desesperado. Sin embargo, agotado el tema me molestaba su presencia para pensar, y además, no me apetecía contarle más cosas de mi vida sorprendiéndome a mí mismo al hacerlo ni escuchar de la suya que preveía aburrida.

Me despedí con la típica frase: “a ver si nos vemos un día con más calma” e intenté escabullirme doblando la esquina y dando un rodeo para llegar a otra parada de Bus que me acercase a donde iba. Di una vuelta tonta a la manzana, la parada estaba pegada a la anterior, pero merecía la pena esa treta y poder llevar a cabo la segunda opción que pensé en el primer momento que lo vi. Cuando doblé la esquina que me dejaba en el mismo sitio donde nos habíamos despedido, descubrí que él continuaba allí, esperando un autobús que con mi suerte, sería el mismo que pretendía coger yo. Lo más catastrófico de todo es que él también me había visto. ¿Como reaccionar ahora? Mi mente trabajó más rápido que nunca para inventar una excusa, algo creíble que diera validez a mi estúpida vuelta. Me acerqué y le dije:

- Tenía tres visitas en mi lista de entrevistas. La primera era aquí detrás, pero no entiendo por qué está cerrado, para la segunda tengo que coger el 69, ¿cual esperas tú?
- ¡Yo también!, ¿vas al anuncio que salió ayer en mundo laboral?
- Si, - dije con la mirada perdida para cortar la conversación.
- Y a lo que acabas de ir ahora, ¿dónde se anunciaba? me he repasado toda la prensa y no he visto nada por esta zona.

Volvieron a abrírseme tres nuevas opciones, y esta vez, cada una de ellas todavía más apetecible que la primera:

a) Mandarlo a la mierda.
b) Confesarle la verdad.
c) Mentirle de nuevo.

sábado 21 de febrero de 2009

Atrapado en el tiempo


Después de haber construido su máquina del tiempo, subirse en ella, y probar distintas épocas, comprendió que su esfuerzo había sido inútil, que algún inútil o inútiles había borrado la memoria del tiempo y éste había dejado de existir. Solo podía entonces quedarse en el puro instante, un presente que ni siquiera era tal ya que si todo aquello que veía y que constituía su realidad era bajo una mirada a la velocidad de la luz, habrían siempre unos nanosegundos inexistentes. Sintió pavor. Necesitaba ahora inventar una máquina que corriese más que la luz y atrapase esos vacíos de instante que debían habérsele perdido por algún sitio.

lunes 16 de febrero de 2009

Intuiciones

Con la manga del suéter retiró el vaho del cristal, no paraba de llover y el gentío de hora punta corría atolondrado para no mojarse. La estación desbordada, escupía gente por todas partes y le impedía comprobar que sus pertenencias seguían allí abajo, en esa boca abierta de autobús en la que se introducían maletas a empujones esquivando el goteo de agua sucia que escurría por los bordes. Las dejaban allí sin más y subían despreocupados a buscar su asiento. No estaba tranquila, la fauna que merodeaba los alrededores de cada vehículo sin decidirse a subir a ninguno parecía estar esperando algún descuido. Aquellos equipajes estaban expuestos a un robo fácil. No había más que correr, agarrar, y volver a correr con el botín en la mano. En fin, que ella no temía que le robaran algo de valor porque no llevaba joyas, ni dinero, ni nada por el estilo, pero había tres objetos irreemplazables, tres objetos imprescindibles que desaparecidos convertirían en absurdos los otros tres, esos que llevaba consigo apretujados contra el asiento: el móvil, la cámara de fotos, y el portátil. Sus respectivos cargadores iban en la maleta expuesta ahora a las fantasías y deseos de cualquier desocupado que aguardara pacientemente la oportunidad del día. Tenía que haberlo puesto todo junto, pero el maletín no daba tanto de sí, de momento llevaba todas las baterías cargadas.
Mientras, no perdía ojo a su maleta y en ese mismo punto de mira observó a una pareja que se deshacía en besos mordiscos y apretones en una despedida sin fin. Como mis objetos, pensó, ahora separados y sin embargo anoche recargándose apretados en el banco de la cocina, debería de haber más enchufes en casa. Por un momento olvidó la vigilancia y curioseó a su alrededor. Los amantes habían captado la atención entusiasta de unos adolescentes que sentados en el suelo y rodeados de mochilas se daban codazos y empellones señalándolos con el dedo. Habían cortado la conversación de una pareja de padres de mediana edad que ante el espectáculo introdujeron de inmediato a su hijo en el autocar mirándolos con reprobación, y de una señora de la limpieza que apoyada en el palo del mocho los miraba moviendo la cabeza negativamente. Comprobó de nuevo su equipaje y apostó por cual de los dos caníbales subiría a su autobús. Lo hizo por la chica, llevaba una rosa en la mano, así que supuso que era ella la que iba a marcharse, él no le habría regalado una flor para casa, pero sí para el camino. Su aspecto era primitivo, perruno, asilvestrado, del tipo de los que no se les ocurre otra cosa que una flor para cubrir ausencias o despedidas. Se equivocó. Fue él el que con un rugido del motor subió en dos saltos al autobús y se repantigó en el asiento de atrás. Dejó de verlo pero lo sintió y lo escuchó tan cerca… Todo en él empezaba a sacarla de quicio. Golpeaba ahora el cristal para responder a los gestos de su chica que no dejaba de mover la mano en un adiós permanente. Seguían deshaciéndose pero ahora en besos volátiles; de la mano al aire y del aire a la ventanilla y de la ventanilla a ella o a él que recogía cada uno de ellos a gritos: "éste me ha llegao, y éste, ¡toma! (saltando del asiento), éste también". Las fauces del vehículo cerraron por fin sus puertas y se recostó tranquila sabiendo que sus pertenencias estaban a salvo. Accionó la palanca para bajar el respaldo a una posición más cómoda pero no pudo llegar al final: unos golpecitos en la cabeza, una frase: "¡Oiga, que me chafa las piernas!" y un empujón en el asiento lo impidieron. No quiso volverse, le pidió perdón un tanto cabreada y soltó la palanca de golpe. Un segundo después volvió a accionarla muy suave para recostarse unos milímetros, pero inmediatamente volvieron los golpecillos en la cabeza "¡¿no me he explicao?!" volvió a insistir el chaval. Presintiendo un mal viaje desistió y buscó cambiarse de sitio pero todos lo asientos estaban ocupados. Habrían recorrido tan sólo un par de kilómetros cuando empezó a sentir el mal olor, un olor a sudor penetrante, repugnante, un olor a pies. Ese profundo e inconfundible olor a queso podrido y pies sucios. Imaginó las zapatillas raídas fuera de los pies de él debajo de su asiento. Se agachó para comprobarlo y esta vez si que acertó. Efectivamente, los pies descalzos estaban debajo de ella. Lo pensó dos veces y se decidió a decirle que se los pusiera no sin cierto nerviosismo. Se giró para hacerlo pero se había dormido. Desistió y se puso el abrigo en la nariz. Miró a las personas que estaban al lado y también dormían así que cerró los ojos e intentó hacer lo mismo. “Tara-ra-ra… ta-ra-rá” escuchó detrás. No podía creerlo, era él. Paralizó su respiración y de repente otro olor se mezcló con el de los pies. ¡Estaba fumando!, el chaval fumaba y echaba el humo por el hueco de su asiento. A los cinco minutos el conductor gritó: ¿Hay alguien fumando?, ¡no se puede fumar aquí! El chaval se levantó de golpe con el cigarro en una mano y una navaja en la otra. “¡Pare!”, dijo. La miró y le pidió el maletín, después cogió dos bolsos más de los primeros asientos y pidió al conductor que le abriese la puerta. Las fauces del vehículo volvieron a abrirse, él bajó y se alejó ante el estupor de los pasajeros y de ella que pensó que ahora sí tendría que tirar los cargadores.

viernes 13 de febrero de 2009

La Habitación 101 o las cárceles del alma


101 T u s¿Que?101
101 Las N peores, pero Más las O 101
101
En T miedos piedad por
E 101
101
En S bajezas aullarás
A 101
101 L
recelos reptarás en
V 101
101 A
roturas, rogarás a
S 101
101
a P fobias, pedirás
O 101
101 R
vomitarás a
Q 101
101 U
rizadas en E 101
101 L
s o b r e A, 101
101 C sobre A, sobre R, sobre C, sobre E, sobre L ,
HAbITAcIÓN101ESTÁdENTROdETÍ

jueves 12 de febrero de 2009

Panóptico unifamiliar


En cada círculo una vivienda, en tu vivienda círculos concéntricos alrededor de un mismo espacio. La necesidad que experimentabas de disfrutar de un lugar donde protegerte de la vigilancia de los demás y del asedio de miradas ajenas. Por fin las llaves. Estrenar piso. Placer interruptus. Presencias, sentí presencias por todas partes en aquella casa redonda de mis sueños. Ojos perseguidores de los que sólo podía esconderme entrando en otra habitación dónde otros ojos escrutadores estarían a su vez mirándome, un gran facebook vecinal al que no logré acostumbrarme. El diámetro interior del edificio era tan pequeño que prácticamente todos los inquilinos podíamos vernos a la vez desde esas ventanas curvas que contornando el patio de luces perfilaba cada una de las viviendas. Pensaba a menudo horrorizado en el universo de vecinos curiosos que girarían a mi alrededor como en “La semilla del Diablo” cuando todos los sin alma asomaban la cabeza sobre la cuna de un Satanás recién nacido. Cabezas ampliadas y distorsionadas del cuerpo como vistas a través de una bola de Navidad o de un espejo deformante. Todo el espacio cósmico estaba ahí, pensé al comprarla, todas las constelaciones reunidas, pero en lo que no pensé es en todos los satélites humanos rotando sobre su propio eje y alrededor del mío, seres extraños y conocidos a la vez, observados y observando donde menos lo esperara. Ver-ser visto, binomio inquietante donde hasta el menor movimiento podía estar controlado y previsto. Observación sin comunicación, vigilancia constante que sacaba de quicio.
Una mañana me asomé por una de las ventanas de mi propio círculo. Las otras, las de enfrente, me rodeaban en un cinturón de posibles ojos observadores encontrándose en un mismo punto, el mío, aunque también podían no mirarme a mí, sino a otro vecino, ¿y cómo saber a quién o a dónde miraban? Saqué el móvil del bolsillo y disparé una foto, quizá ella pudiese captar mejor que mi ojo cualquier asomo al cotilleo. Inmediatamente una ráfaga de flashes me cegaron, un batallón de móviles me fotografiaron y no pude descubrir de dónde provenían, en una curva tan perfecta los ataques podían llover desde cualquier parte. ¿Me habrían fotografiado fotografiándolos yo a la vez? Imaginaba móviles suspendidos sobre manos curiosas que espiaban otros móviles suspendidos en manos similares de otros. Una vinculación abstracta entre personas encerradas en distintos espacios abiertos los unos a los otros por ojos circulares. Un vértigo me recorrió el cuerpo. Interminables vistas, sentidos, intuiciones escrutadoras observándose a la vez. Ojos. Fuerzas espirituales y sensoriales liberando combinaciones de pensamientos entrecruzados. Ojos encallados, añorantes, ojos invisibles, ojos con voz, atentos, penetrantes, negros, azules, verdes, grises, ojos de lunes, de viernes, de primavera, de invierno, otoñales, veraniegos, ojos vitales, ojos muertos y amortajados, ojos nostálgicos, ojos olvidados, ojos insistentes, todas las categorías visivas en un solo ojo poliédrico y gigantesco.

sábado 31 de enero de 2009

Cartel en una torre para suicidas en la que siempre llueve...


Desde aquí, desde lo alto, todo más claro. Lo grande, pequeño. Lo pequeño, claro. En la distancia, revelación. ¡Vuela!, vuela hacia esa realidad de maqueta, hacia esa realidad lenta de hombres hormiga, de objetos reducidos a simplicidad de juguete, de figuras que desde cualquier ángulo son laberinto sin salida, como tú, que formarás parte de ellas en un momento. ¡Lánzate!, ¡déjate caer, que ya te esperan! ¡No lo pienses! El asfalto mojado subirá en efluvios de último deseo para acompañarte en el último viaje hacia el abismo, ese abismo al que ya no tienes miedo y al que llegará tu nariz tantas veces reconstruida... ¡Ánimo!, ¡sólo es un paso!

viernes 30 de enero de 2009

Percepciones extrasensoriales


Mi madre, reencarnación del Quijote pero en mujer y en el siglo XXI. Ávida lectora desde su juventud, y desde que yo tengo uso de razón de Schopenhauer, Nietzshe, Kerouac y Burrougs, pasó por todas las etapas a las que ellos la condujeron. Tuvo su temporada Shopenhauer en la que todo era: “sólo conocemos aquello que queremos conocer”, y conoció a mi padre. Después, con Nietzshe, se hizo nihilista y en todo veía la nada y en la nada el todo. Más tarde, junto a la Generación Beat nos dejó a mi padre y a mí para recorrer mundo con Kerouac bajo el brazo. Ahora, desde que tuvo que volver porque la edad no perdona a nadie, se está dedicando a lo que Burrougs, su último autor favorito llamó en una de sus obras: “el colocón, el fije definitivo”. Empecé a notarlo cuando me di cuenta de que no podía pasar ni un día sin sus capsulas de Oxicodona. Se había hecho adicta a esa sustancia mientras estuvo convaleciente de su última operación. De aquello se recuperó, pero de la Oxicodona, no. No pudo dejarla. Ahora pienso que la está mezclando con alcohol porque cada vez que voy a verla tiene un nuevo descubrimiento, y aunque no ve molinos de viento como el caballero de la triste figura, -más bien le ha dado por lo contrario-, dice que se le han desarrollado los sentidos. De momento, el auditivo y el olfativo, y que cree posible que poco a poco vayan desplegándosele los demás.
Todo empezó un día en que me dijo: “He descubierto que cuando me tapo la nariz y me sumerjo en la bañera puedo escuchar, como si estuviesen a mi lado, a los vecinos de abajo. Creo que los sonidos van por el desagüe que va a parar directamente encima de su mesa de comedor. Me refiero a ese matrimonio de hombres que llevan aquí toda la vida como amigos y que pudieron casarse hace un par de años gracias a Zapatero. ¿Sabes quién te digo?, pues eso. Lo que más me gusta de ellos es la música que se pone el uno al otro. Se dedican canciones preciosas y yo pienso que se miran sin hablar, porque hablar, hablar, hablan poco, y discutir, lo que se dice discutir, tampoco discuten, pero cuando lo hacen, y yo estoy metida bajo el agua, es todo tan bonito que me ahogo porque no veo el momento de sacar la cabeza de la bañera. El otro día sin ir más lejos me levanté morada, con la piel de los dedos como con verrugas fláccidas, arrugada en olas, y es que uno de ellos decía: “cuando discutimos desnudos te pierdo el respeto porque te veo diferente, y si me miro yo, pues también me lo pierdo a mí mismo, no vayas a creer. Por favor, te lo pido amor, cuando tengamos que decirnos algo que no nos vaya a gustar, ¡vistámonos!”. El otro tardó un poco en responder y pude sacar la cabeza, acumular respiración, y volverla a meter justo cuando le contestaba: “pues yo no había caído en eso, es verdad, se mueven demasiadas cosas, demasiados vaivenes para acompañar un dedo acusador”. ¡Mira!, ni en los mejores tiempos con tu padre había sentido tanta ternura en el ambiente como ahí abajo. Me gusta tanto estar con ellos, que ya tengo la técnica perfecta. He comprado unas gafas de bucear con tubo, y ahora sí que disfruto, es todo un ritual. Entro en casa. Pongo la tele para escuchar las noticias mientras lleno la bañera, antes de introducirme, pulso silencio y enseguida me pongo las gafas porque en cuanto meto un pie en el agua, inmediatamente hay algo que tira de mí hacia abajo, un día entraré vestida, ya verás”.
Meses después volví a visitarla. Esta vez la encontré subida a una escalera con las gafas de bucear puestas y el tubo de respirar sacado por la ventana hacia arriba. Al preguntarle lo que hacía me contestó: “He descubierto que los vecinos del ático se drogan, se drogan con marihuana. Los cables de la luz me trasmiten el olor, yo en un principio no sabía de dónde podría venir hasta que al acercarme a poner una bombilla noté una juerga interior ya olvidada, muchas ganas de reír y un cierto mareillo que iba en aumento conforme respiraba hacia arriba. Es muy divertida esta gente, y forman unas juergas… creo que tienen un criadero de María con un montón de plantas a este lado de la terraza, lo sé porque a veces, entra agua por el tubo cuando las riegan, y también sabe a porro. Son tres chicas y un chico, lo sé por las voces y escuchan mejor música que los de abajo. ¿Sabes?, se marcharon. Después vino una familia que no me interesaba para nada y ya no tenía ganas de bañarme ni de ver la tele hasta que, de repente, este descubrimiento. Se pasan el día entrando y saliendo y yo, subiendo y bajando, subiendo y bajando”. En fin, ¿Crees que descubriré más cosas cuando desarrolle la vista, el gusto y el tacto? No supe muy bien qué responder a eso así que le pedí una Oxicodona de las suyas y un Whisky.

viernes 23 de enero de 2009

Los manipuladores se reconocen entre sí


Nunca me había llevado a su madriguera. La fiera como la llamaban los demás y yo también sin conocerla, no solía dejarse ver. Mi trabajo y el suyo no requerían una presencia mutua así que el contacto se limitaba a un cortés trato telefónico. No entendía por qué ahora me llamaba con urgencia para citarme al día siguiente a primera hora en su guarida. ¿Iba a sermonearme por algo?, ¿qué habría hecho yo?, ¿por qué no había llamado a nadie más? No se me ocurría nada en concreto y a la vez muchas cosas…, no sé, fuera lo que fuese quería estar preparado. Su apodo no era broma, sabía por los comentarios que se lo había ganado a pulso así que pensé en todos los errores que pudiese haber cometido últimamente o en los posibles excesos de confianza telefónicos o telemáticos ya que no había otra posibilidad. Es verdad que a diario entraba en mi correo personal y accedía a páginas que no tenían que ver con el trabajo, pero eso lo hacían todos y me había llamado sólo a mí, la cosa debía ir por otros derroteros. Lo del televisor portátil era imposible que lo supiese, nadie podía haberme chivateado porque todos disfrutaban de él tanto como yo y además estaba oculto entre mamotretos y guías de páginas amarillas. No, no había nada especial de lo que pudiese acusarme, tampoco temía el despido, mi antigüedad era considerable y por detrás de mí había varios más, en fin que recorrí el pasillo que conducía a su garita a treinta y tres revoluciones por minuto frente a las cuarenta y cinco a las que iba mi cerebro. Golpee la puerta con suavidad, tres golpes con el hueso del índice en gancho y el resto de la mano apretada hasta el dolor, entré en su despacho y puse cara de nada, de momento vacío entre el pasado y el futuro que parecía iba a forjarse dentro de aquél recinto. Examiné con rapidez y a la desesperada la decoración en busca de algún punto débil por donde contraatacar en caso de necesidad, la incertidumbre me estaba matando. Me senté frente a la fiera obedeciendo a su gesto dactilar: un dedo convertido en flecha que me atravesó de pleno. Si era a lo Guillermo Tell perdonándome la vida o envenenada, tendría que adivinarlo después porque toda mi atención fue a parar a una uña larga de cerámica que sobresalía exageradamente de su dedo: blanca en la cutícula y plateada en el exterior. Pensé que bajo esa apariencia de mujer fatal debía palpitar un corazón infantil a juzgar por las dos pegatinas de hadas que sujetaban cuajadas de estrellas cada perfil de su ordenador. El calendario de sobremesa no estaba tachado, tampoco con anotaciones en los márgenes ni colores que indicaran alguna fecha en especial, sólo en cada número de días pasados había un círculo de confirmación, como si dejase pasar el tiempo porque sí. ¿Cómo los contabilizaría, serían un día más o uno menos de su vida?, ¿era esa vida anodina, o galopante? En los cursos de empresa sobre empatía o trabajo en equipo decían que quien dibuja círculos es afectivo y quien dibuja cuadrados u otras geometrías, frío o distante. Pensé entonces que bajo esa garra tigresa podría esconderse un alma candida y sentimental a la que podría enternecer con una historia de infancia con llave al cuello, padres proletarios y televisor de niñera en caso de que fuese eso de lo que iba a acusarme. O a lo mejor, era de las que se lo creen y toman en serio su papel y caen en la trampa de “soy buena, voy a hacer el bien” y sólo quiere conocerme, poner cara a mi voz, pero ¿por qué ahora? No, su actitud no me decía eso, tenía cara de: voy a despedirte. No quería mirarla así que adopté una postura de sumisión que pudiera desarmarla y miré hacia el suelo. Por debajo de la mesa asomaban dos triángulos cuyos vértices apuntaban desafiantes y sin piedad hacia mis pobres zapatillas. Dos puntas de zapato a las que yo añadí mentalmente un gran tacón de aguja y unas medias de rejilla. ¡Coqueta! ¡Vale! También es coqueta, eso podría permitirme un punto adulador si me veía apurado, y hasta zalamero en caso de emergencia. ¿O era acaso una Cruella de Vil?: pelo largo y negro, nariz de halcón, ojos de sombra oscura, mujer malvada profunda y sensual. Recordé la canción: “Cruella de Vil, es todo un espanto, Cruella de Vil, la carne de gallina te pondrá, Cruella Cruella… humana no es, no sé qué será, y cual feroz bestia se debe enjaular. El mundo mucho más feliz, sin esa Cruella de Vil.”
Ella no hablaba, sólo miraba insistente y golpeaba con un lápiz la mesa mientras yo perdía el juicio. Imaginé en mi delirio que nos estábamos comunicando en morse y hasta traté de averiguar el mensaje. Quiere despedirme y no sabe como hacerlo, eso me dijo el repiqueteo, intenté contestarle con el pie pero la moqueta amordazó mi grito desesperado de: no voy a dejarme machacar, estamos en el primer asalto, déjame que te explique, el ring es pequeño y estoy contra las cuerdas. Peso pluma contra peso pesado. Levanté la vista y miré al teléfono rogándole que sonara, necesitaba tiempo para pensar lo que iba a decir. De momento estábamos uno a cero a su favor, ya no aguantaba más. Pero no, no podía hundirme. Decidí mantener su mirada. Duelo de miradas. El que hable primero pierde. Que diga algo, por favor, supliqué, que corte esa sonrisa entre el beneplácito y la repulsión, que pare con el lápiz, me está sacando de quicio, pero no voy a demostrárselo. La calma es lo último que hay que perder, ella lo sabe, y yo también. Guardar silencio es un arte y requiere un lenguaje corporal adecuado, no me moveré. ¡Quieto!, ¡no muevas ni un pelo! Deja que sea la fiera la que se delate, que crea que te está acorralando.
Cuando terminó de juguetear conmigo, su zarpa volvió a señalarme. De su boca salieron tres palabras: “¿Me traes café?”
Salí de allí interpretando la Marcha Radeski del concierto de Navidad, disparando fuegos artificiales. ¡No me había despedido! Me había convertido en uno de sus dálmatas. Cruella de Vil me había robado. Ahora era su asistente personal. Había conseguido amansar a la fiera. Aunque sabía que acababa de firmar mi sentencia de muerte. Una vez utilizado y devorado dejaría mi cadáver abandonado a merced de los buitres.

martes 30 de diciembre de 2008

Feliz cumpleaños, Sísifo


Hoy has sido tú, Sísifo. Has cumplido un año más, porque de haber tenido un cumpleaños éste sería el tuyo. Llegas a la cima con todos los esfuerzos y arrojas tu piedra arrastrada sabiendo que mientras bajas a recogerla para volverla a subir será tu único momento de felicidad. Mañana termina el año, ¿un año más, uno menos? En la cima y la base a la vez. La dicha y lo absurdo reencontrándose de nuevo, de nuevo, de nuevo...

jueves 25 de diciembre de 2008

Navidad: Homilía performativa




Me gusta ver la Navidad desde la tele. Las señoras en los mercados contando lo que van a hacer para cenar en Noche Buena o comer el día 25, belenes móviles, luces en el centro de la ciudad, mercadillos de solidaridad para pobres llenos de gente rica comprando regalos, gente sin casa a quien la tele prefabrica una para que puedan contar sus cosas bajo un decorado digno, atascos de coches en la nieve, gente que muere y pierde trabajos, gente sin vacaciones, los que se van o vienen en el aeropuerto, chabolas gitanas que parecen estar en otra ciudad, familias con muchos hijos, gente que no duerme, puchero y vino con tartitas de anís y canela en restaurantes de calle improvisados, hijos presos de padres ancianos, los que celebran la lotería y los que comen centollo por primera vez, gente sola en pueblos fantasmas, aquellos que duermen entre los escombros de sus antiguas casas, caravanas de remolque habitadas sin permiso por los que sueñan con casas mientras enganchan la luz a farolas públicas, cómo se hace turrón, guerras: 300 conflictos... Y los israelíes... Accidentes en cadena. Muertos por calefacciones clandestinas. Brotes de meningitis. Noches al raso. Secuestros en tierras lejanas. Aumentos de balanza y michelín. Raphael cantando con todos los cantantes del mundo, we are de world, we are de children...

jueves 11 de diciembre de 2008

¡Cuidado!, tú puedes ser uno de ellos...



Un gusano de acero atraviesa la ciudad con todas sus víctimas dentro. Víctimas que llevan atrapadas en su interior otras víctimas, ellos mismos. Superhéroes maginarios cruzan la ciudad penetrando en otra ciudad fantasma que engulle lo cotidiano y vomita fantasías. Fantasías de la otra orilla: la inalcanzable, la inconfesable de inconfesables historias de aventura, violencia, sexo prohibido y corrupciones apetecibles e inalcanzables prisioneras entre barreras de indefinidas dimensiones, de espacios incomprensibles y horizontes predeterminados. Energía atrapada en agujero de gusano que transita la ciudad sin que ella se entere, sólo un leve temblor en otros pies: los de arriba, los que también imaginan. Agujeros negros que forman un clan, un clan de cansancios infinitos que alimentados y unidos conformarían una fuerza indeterminada que no se escribe con respuestas individuales. Un clan de zombis autistas a quienes la verdad no roza ni de lejos. Están por todas partes. ¡Cuidado!, tú puedes ser uno de ellos viviendo bajo un falso y sexto sentido o sin sentido.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Bucle


Sólo alcanzaba a escuchar la última frase de aquél guía turístico. Intentaba concentrarse al principio pero sus pensamientos volaban a tal velocidad que solapaban la voz hasta que ésta de pronto volvía a resurgir con el repetido final. Nunca llegó a saber la verdadera historia pero siempre conservó aquél momento en la fotografía.

sábado 1 de noviembre de 2008

Día de difuntos: "Dame por muerta y enterrada"


Horadó en la pared de la habitación justo en la cabecera de la cama la palabra “LOVE ME”. Era su último mensaje para él. Después rellenó los surcos dejados por las letras con su propia grasa, la de su última liposucción, a continuación, cogió su maleta y se marchó.

lunes 27 de octubre de 2008

¿Realidad o Simulacro?: Homenaje a Luther Blissett


Solía practicar algo que había leído y que por interesante repetía diariamente en cuanto encontraba un rato para poder hacerlo. Consistía en dejarme ir a la "Deriva" por determinados barrios de la ciudad sin objetivo alguno. Se trataba de reimaginar torres de oficinas, carteles publicitarios, mobiliario urbano, fuentes y jardines como si se tratara de castillos de sabiduría, voces susurrantes, obstáculos a salvar o estanques de ranas-príncipes y bosques de árboles encantados. El propósito era encontrar belleza y aventura en el paisaje ciudadano a través del poder desfigurador de la mente. Era cuestión de convertir espacios grises decadentes en lugares mágicos y maravillosos. Y así, salir a comprar tabaco, volver a casa desde otra casa, o del último local de copas en la noche podía metamorfosearse en viaje iniciático hacia no sé qué, o en algo especial, o espacial, o experimental según quisiera mirarse, además, de un momento a otro podría alcanzarte ese acontecimiento descotidiano y peculiar como mejor antídoto contra el aburrimiento transeuntiano. Esto sólo tenía un riesgo, y es que antes de que te dieras cuenta, podías ser esa loca que habla con cosas invisibles o que busca en las pintadas de las paredes posibles mensajes secretos, pero en fin, había que arriesgarse, en el riesgo suelen encontrarse innumerables placeres inesperados. Y el que diga lo contrario, miente, o se miente.
No hace mucho, en uno de esos paseos a la deriva por la ciudad, encontré un tipo que dijo llamarse Luther Blissett. ¿Luther Blissett?, pregunté, ¿el autor de "Q"? Leí ese libro hace años, pero..., un momento, qué extraño, pensé. Conocía la historia. Fue todo un boom en su momento. Salían Luthers hasta debajo de la tierra. Escritores, noticias inventadas, programas de radio clandestinos. Se le atribuyeron todo tipo de eventos, nombres y caras, hasta convocó una huelga de Arte y anunció su suicidio virtual en la red por el rito Seppuku, no sin antes colocar en cuanta mierda de perro encontró por la calle banderines con nombres de políticos locales de una ciudad cualquiera elegida al azar. Se fabularon tantas noticias reales y falsas que uno no sabía nunca a qué carta quedarse. ¿Luther Blissett, el guerrillero de cabeza múltiple que se movía por el ciberespacio y por los medios de comunicación como Pedro por su casa? ¿ese eres tú?, repetí incrédula. Luther Blissett es un espejo en el que todavía no te has mirado, me respondió él. Si quieres saber quien está detrás de mi, o quién soy en realidad, coge el espejo y mírate. Tú también eres yo, dijo enigmático. Pero entonces, no estabas muerto, estabas de parranda, dije por decir algo gracioso en lenguaje del cancionero popular. Te suicidaste hace años, ¿no?, ¿estoy muerta yo también? -Creí que se trataba de una broma y opté por seguirle la corriente-. Intentabas engañarme como siempre hacía el original, ¿verdad?, dije metiéndome de lleno en el papel. Sonrió sin más y me invitó a que paseáramos juntos, a derivar juntos, para ser más exactos. Parecía que además, conocía esta práctica de los Situacionistas con los que también lo asimilaron todos los medios de comunicación en su día. Quería demostrarme, y creo que lo consiguió, que realmente no había muerto, que como todo lo virtual, era invencible. Inmortal. Que aparecería y desaparecería siempre. Que durante todo este tiempo, cansado de su antigua vida había seguido viviendo bajo otras identidades, pero dado que había llegado a esos oídos que tenía desplegados por todas partes que pensaban hacerle un monumento, y crearle un museo callejero que se llamaría "El Museo de los Museos Inexistentes y de los Conceptos Inservibles", no tenía por menos que recuperar su vieja identidad por un breve espacio de tiempo. Hasta la inauguración por lo menos. Me dijo orgulloso que las instalaciones serían montables y desmontables y las colocaría un arquitecto de los que no construyen, sólo movilizan. ¿Y qué contendrá?, pregunté intrigada, ¡me gusta ese nombre! Pues mira... la única realidad existente será la ficción de otra realidad. Realismo mimético. Ten en cuenta que yo no tengo psicología, soy una dramatización en mí mismo, mezcla de ideas filosóficas y estúpidas como todos, bisagra entre planos de niveles diferentes y distintas dimensiones. Soy una realidad imaginaria y fidedigna al mismo tiempo, de ahí el nombre que te ha gustado tanto. Todo será un juego metafictivo basado en el intercambio de intermediarios, y por lo tanto, inauténtico. Expresará la relación del hombre con la multitud de datos y acontecimientos externos a él. Se parodiarán valores culturales. Cuentos que se convertirán en autenticas vivencias, acertijos en los que será difícil reconocer el límite entre realidad y ficción. Al público se le hará desconfiar no sólo de la veracidad de la información que se les muestre, sino también de todo lo que han aprendido a lo largo de sus vidas y considerado como seguro por el hecho de sentirlo cierto. Se hará apología de la falsificación idéntica de la realidad hasta confundir el original con la copia. Ese será el lema: verdadero o falso, ¿quién sabe? Se navegará a través de una nebulosa de ambigüedad en espacios virtuales que sustituirán toda experiencia real hasta el punto de no localizar dónde se encuentra el punto de partida o la meta. Los conceptos "identidad-diversidad" habrán perdido cualquier validez. ¡Me da miedo!, dije. Eso es lo que se pretenderá, me contestó. Crear incertidumbre, es lo que sé hacer mejor, y ese será el espíritu de “La Exposición”. También habrá homenajes a esas otras identidades que usurpo incluso a través de nombres verdaderos. Soy experto en transformar individuos reales en personas colectivas. ¿Quién no ha deseado en algún momento ser ese otro que ha hecho o inventado algo maravilloso? Hay que deconstruir el principio de individualidad. Nadie haría nada sin el concurso de los demás. Qué sería de un actor sin espectadores, de un escritor sin lectores, de un loco sin cuerdos que pudiesen dar fe de sus locuras. Es una forma de crear mitos colectivos. La persona auténtica queda borrosa y ese lugar vacío se enriquece con las innumerables historias y leyendas de los demás. Ese es mi Don. Crear mitos. Se homenajeará a todos los guerrilleros del Arte y bromistas con causa que anden sueltos. A colectivos expertos en terrorismo cultural que intentarán colársela a quién se deje.
Continuamos caminando y entonces me propuso un juego al que accedí de inmediato: descubrir manifestaciones de su mano negra en las calles que recorriéramos. Y así lo hicimos. Nada más girar una esquina, en un cruce de avenidas, quedé convertida en Dorita y él en el Mago de "TAZ" (Temporary Autonomus Zone). Se abrieron de inmediato dos sendas a nuestros pies. Una roja y otra amarilla. Por supuesto, seguimos la de las baldosas rojas contrariando al cuento, se trataba de hacer lo contrario de lo que los demás esperaran de nosotros. Al instante se fueron sumando personajes de todo tipo pero sin olvidar a los otros protagonistas principales. En este caso: un León de Neón, un Hombre Bote de Hojalata, que por cierto me pareció Andy Warhol, no sé por qué. Un Espanta Carteles Publicitarios, y un perro callejero que en vez de Totó, dijo llamarse Luther Blissett utilizando la voz de Paris Hilton. El León Neón no paraba de encenderse y apagarse mostrando logos de distintas revistas virtuales, me llamó la atención uno de "Yomango" porque lo conocía, de hecho lo último que había leído en esa revista había sido:
"Banksy, ¿artista o fantoche? Es decir, ¿ustedes están vivos y existen en este mundo o son ciegos que creen que arte es lo que se hace en los museos? Esto último se llama "manipular la encuesta". Conste que yo no inventé el método…".
¿Inventó Luther el método?, ¿Orson Welles?, ¿Cervantes con el hombre de la triste figura?, ¿Qué estaba pasando? ¿Lo estaba mezclando todo yo?, pensé, ¿sería producto de mis botas chamánicas que se habían convertido de repente en chapines de rubíes rojos?, ¿Los habría robado Luther para mí en el Museo de Cine de Berlín?, qué deriva más rara la de hoy...
Seguimos la andadura y el hombre bote de hojalata decía ir en busca de un corazón de los de sentir de verdad, había cobrado vida a través de un graffiti, casualmente de Banksy, y que éste había sido eliminado con pintura blanca, así que debía recuperar su alma atrapada entre la pared y la pintura correctora. El León Neón dijo no atreverse a pensar, había sido programado sólo para proyectar, y que a él también le vendría de perlas un cerebro. Por otro lado, el Espanta Carteles Publicitarios, no tenía cabeza, decía que se la había robado clandestinamente el "Decapitador de Londres", ese artista callejero que intercambiaba caras famosas por muñones ensangrentados y los difundía por la ciudad para sorprender a los transeúntes de cada día, ese era su cometido pero... ¿sería posible conseguir un rostro y otro contexto? Blissett dijo: Os daría las claves para conseguir lo que queréis pero tendréis que esperar, hay que llegar a la Ciudad Esmeralda y entrar en el "Museo de los museos Inexistentes y los Conceptos Inservibles". Allí todo será posible.

Publicado originalmente el 11/10/08 en la revista digital REENVIO #0, a disposición pública en la página web: http://enotroespacio.blogspot.com/.
"Este proyecto y esta revista homenajean con un toque de ironía una de las estrategias más atractivas del último siglo pasado: las identidades múltiples".

jueves 18 de septiembre de 2008

El niño "camello"


La vendedora de cuentos pasa por allí y le dice al atracador, el niño camello, que suelte al dibujante, recoge los dibujos del suelo y se reconoce en ellos. Cuándo va a pedirle cuentas al dibujante, se gira y no hay nadie. Introduce los dibujos en el buzón toma una fotografía y se marcha.

miércoles 17 de septiembre de 2008

Otros escenarios


El poeta se ha establecido en el solar donde vive el hombre del sombrero, y como ha llegado el otoño, han colocado junto a la pared trasera de la fachada de un edificio antiguo ahora derruido, un falso muro a base de cartones y palets que han recogido en el mercadillo. Desde fuera es un decorado de lo más teatral. Todo el que pasa vuelve la vista y los mira con curiosidad, o se para y los observa con expectación. Desde dentro, ellos ven a los de fuera parar o mirar sobre un decorado de realidad; gente con cosas que hacer que van de aquí para allá y reversos de otras fincas con más suerte que la suya y que todavía están en pie con todos sus inquilinos dentro, -incluidos los del “osta Olaf” del número cinco cuyo cartel de reclamo torcido por un trozo de celo que perdió goma, parece haber perdido también la “hache” y la “ele” en el desprendimiento-. El primer día que el poeta vio el rótulo, consultó un diccionario pensando que había descubierto una palabra nueva. Y así fue. Osta: “Conjunto de cabos o aparejos con que se sujetan y manejan los cangrejos”. Pero observó que dicha definición no se correspondía con el trasiego de gente negra, ropa de colores y hatillos enormes que entraba y salía de aquél lugar, ¿o sí?..., en fin, cosas de barrio multirracial. El caso es que todas las mañanas, desde su tumbona de tela palestina atada entre dos árboles, hamaquea jugando a adivinar la vida de esos personajes que suben y bajan de su “osta” con andares de cangrejo por si las moscas . El poeta cree haber encontrado aquí su lugar. El viento ya no lo atrapa, y cada noche junto a su compañero, enciende una hoguera que lo remonta a su juventud, y a esa libertad interna que había dejado de sentir hacía ya tanto tiempo…
El poeta y el hombre del sombrero, organizan hoy una fiesta de inauguración de su nuevo espacio-casa en el solar de las “futuras unifamilares” y así lo han hecho constar en unas papeletas que han confeccionado a modo de invitación. Un estudiante de diseño, amiguete suyo, las ha transformado en brillantes y coloridos flyers que ellos han repartido orgullosos a su gente. Antes de que las grúas vengan a deconstruir para construir de nuevo, piensan hacer más fiestas, pero ésta es la primera y han decidido currárselo bien. En esa única pared de la que disponen, con cinco surcos de altura, sombra en zig-zag de escaleras inexistentes, restos de tuberías de cocina, y azulejos de baños pretéritos, ellos ocupan la planta baja y eso les da mucho juego. En la planta baja, el empapelado está menos estropeado y muestra motivos florales: ramilletes octogonales, cilíndricos, poliédricos y fusiformes que dan aire familiar. Junto a la pared, objetos y utensilios encontrados al azar, ahora conforman el espacio donde viven. Espacio de tres dimensiones donde los dos hombres, la pared, y esos objetos encontrados adheridos a ésta forman una maqueta perfecta de piso piloto al aire libre simulando un comedor cualquiera de ese edificio o de los que todavía están en pie.
Los palets apilados como alero para protegerse del frío y el viento, colocados en vertical, hacen a su vez de librería. Allí han colocado revistas regaladas de distintos establecimientos, periódicos gratuitos y libros que han ido recopilando de distintos contenedores de basura en otros barrios y vertederos cercanos. Ya cuentan con dos ejemplares del Quijote, una Celestina, un Don Juan, La Ilíada, La Odisea, y un retrato de Dorian Gray. Todas las noches encienden su hoguera en la que cocinan restos caducados de supermercado y fruta abandonada a su suerte tras la recogida del mercado, pero hoy se han esmerado y están preparando cabezas de cordero a la brasa y un cocido, que si sobra, mañana freirán. Se han hecho especialistas en fruta asada y “Ropa Vieja” como algunos llaman a los restos de cocido frito. Sus amigos lo saben y algunos peregrinos de la noche también –siempre hay un plato para el que pasa por allí y quiere probar-. No hay una hora concreta, pero conforme los invitados van llegando dejan regalos improvisados junto al poema que el poeta ha escrito en el suelo a modo de bienvenida: “Nos identifica, nos define por unanimidad a unos cuantos. Apetito destructor de rutinas. Sueños rotos reemplazados por rompesuelas de mote misterioso y nombre de pensión o cafetín. El mundo es la casa de los que no la tienen, lo dicen Las Mil y Una Noches. Sea pues. Humo vagabundo y hospitalario para el que quiera viajar sin moverse del sitio. Para todos los que dudan... Entrad en nuestro laberinto, y comed. Plato del día: Cabezas de Carnero Pensativo y cocido que mañana será ropa vieja”.

martes 16 de septiembre de 2008

Casualidades




















El dibujante paseaba por las afueras de la ciudad con tres posits pintados ocultos en el bolsillo de su chaqueta. Iba en busca de unos personajes que, de la realidad al trazo y del trazo a la realidad, habían cobrado vida propia, y ahora lo acosaban en su mente. Tenía que darles otra salida, engrandecerlos, colocarlos en la pared de una medianera por la que pasaría cada día, y así dar por terminada esa obra y dedicarse a otra cosa, pero antes debía encontrarlos y pedirles permiso. La última vez que vio a la chica de la barra del “Futuro”, fue por allí, en una terraza de un café en el que coincidieron. Ella escribía en un bloc de dibujo como en un diario, y decía en él que el hombre del sombrero, -el otro personaje de la historia que lo obsesionaba-, también deambulaba por esos barrios. Y ahora, al descubrir a este último en la portada de un periódico, había decidido buscarlos y presentarse a ellos; hablarles de las casualidades y las elecciones, de esos hilos que nos mueven sin darnos cuenta desde no sé dónde; decirles que los había dibujado primero por separado y después juntos sin que ellos lo hubiesen visto, y que sus figuras alargadas y meditabundas lo perseguían sin cesar. Que sabía que había llegado el momento en que tenía que hacer algo porque eran demasiadas casualidades. Que era una idea ridícula, desconcertante, pero que lo había tenido en estado de vigilia noche tras noche y sueño tras sueño, traspuesto hasta haberse animado a ello. Que desde esa tarde en que ella, la chica que nunca parecía esperar a nadie, y el otro cliente fijo del “Futuro”: el hombre del sombrero, -asiduos a horas distintas-, coincidieron en la barra del bar y los dibujó juntos no había podido dejar de pensar en ellos. Que el aspecto de ambos, cada uno en una esquina, absortos en sus pensamientos, como una fotocopia el uno del otro, se había materializado en los mejores retratos de su vida.
Cabizbajo y con las manos en el bolsillo rozando sus dibujos, recibió un empujón contra la pared. Un individuo intentó quitarle todo lo que llevaba encima y lo devolvió de golpe a esa otra realidad, la del día a día de la que él huía constantemente. Con un movimiento rápido y desesperado, estrujó los dibujos -su único tesoro- contra uno de los buzones abandonados con los que se dio de bruces en la embestida del atracador. Lo que él no sabía todavía es que las casualidades acababan de empezar en ese momento...

lunes 15 de septiembre de 2008

Agujas de espárrago gratinado sobre lecho de puerros confitados

Hace tiempo que la vendedora de cuentos no frecuenta el bar Futuro. Ya no necesita evadirse como antes. Desde que se estableció como ambulante y se dedica a escribir y merodear por ahí no ha vuelto a aquel bar del que ahora tiene enfrente al camarero. Los dos se han reconocido pero ninguno dice nada. El camarero estudia para cocinero y le hace una propuesta. Ha descubierto algo que realmente lo emociona de verdad. Se ha iniciado en la nueva corriente de cocina como Arte. Una performance culinaria donde tan importante es el plato cocinado como la representación teatral para servirlo, el lugar, y su nombre en la carta. Las últimas tendencias apuntan a saborear con los ojos vendados o en un local a oscuras. En fin, que al ver a la cuentista, al camarero se le ha ocurrido que esta última función podría trabajarla con ella y le ha propuesto un mininegocio. Ella pondría los títulos y montaría los escenarios para esas pequeñas obras de arte que el confeccionaría. Para los dos sería algo nuevo. Platos alegóricos. Meditaciones estéticas en una ensalada o un postre. Arte comestible. Será una operación conceptual a la Duchamp, le dijo repitiendo el eslogan de su curso. "Si me acerco al placer, ya no lo veo, me lo como".
Atardecía y todos los puestos del mercado se habían recogido ya. La venderora de cuentos se aleja con esa propuesta rondándole la cabeza, de ahí su caminar lento y caviloso. Formas literarias para platos de diseño en un "Restaurante Conceptual". Le parecía algo tan absurdo y divertido a la vez, que no sabía qué hacer. Se le ocurrían todo tipo de ideas mirando el paisaje a su alrededor, desde el tópico y sugerente "Agujas de espárrago gratinadas sobre lecho de puerros confitados" hasta "Cumbres borrascosas sobre calabaza de Cenicienta, futura carroza".
Con trazo de compás las grúas circuleaban las antiguas fábricas abandonadas del extrarradio donde ella vendía sus cuentos por un lado, y los carteles publicitarios amenazaban unifamiliar el barrio por otro. Después un restaurante sibarita de alta cocina ocuparía algún lugar, y ella estaría creando un festín de palabras surrealistas a todo aquel contexto. La proposición con la que el camarero-cocinero acababa de abducirla le confirmaba lo peor. Si ese era el tipo de local que se idealizaba para el complejo residencial en que se convertiría su último paraíso encontrado, acabaría marchándose. Pero antes de irse podría probar a componer unos cuantos menús, ¿no? Bueno, si los hurones habían empezado a merodear por allí, no tardarían mucho en apropiarse de todo. Así que debía empezar a inspeccionar cuanto antes otros arrabales y dejarse de tonterías... No, no estaba dispuesta a volver a entrar por la misma puerta por la que, felizmente, hacía tiempo ya había salido.

jueves 28 de agosto de 2008

Las almas reúnen cuerpos


Hacía mucho que el viento no soplaba, por eso, el poeta había permanecido en aquella casa y en compañía de su arrendador más tiempo del habitual, ya no le quedaban espacios donde escribir, las paredes agotadas sólo tenían salida hacia el techo. Entonces pensó que lo que necesitaba era una escalera, una escalera de la que el dueño, ni la casa disponían. Apenas contaba con dinero, así que se encaminó al rastro de la ciudad por si encontraba alguna a bajo precio, o conseguía se la dejaran por un tiempo. No sería mucho, pues presentía una tormenta, y con ella el viento, y con él su nueva partida.

En el rastro, en un puesto lleno de llaves viejas y oxidadas, vio tras el extraño vendedor una escalera metálica que podría servirle. Esperó a que éste terminara su conversación con otro hombre que llevaba un periódico en la mano y preguntaba por alguien que aparecía en la portada. No pudo evitar escuchar que ese hombre que brotaba como una broma del titular del diario y que sólo era reconocible por su sombrero, era miembro de un grupo de artistas callejeros que había hecho un monumento con chatarra cerca de allí, y que necesitaba encontrarlo.
El poeta recordó haber visto a un tipo parecido poco antes de llegar, le llamó la atención porque estaba sentado en un sillón abandonado de un solar lleno de escombros y bajo la sombra de un cartel publicitario, hasta se había inventado una historia sobre él. Ahora sentía curiosidad y decidió entrar en la conversación. Creo que lo he visto, dijo, pero no sé si será el mismo del que están hablando. Está dos manzanas más abajo, en el vertedero, debajo del letrero que anuncia las viviendas unifamiliares. Dicho ésto, olvidó la escalera y fue en busca de aquél hombre sin saber por qué.
Cuando volvió a casa dejó escrito en la puerta:
"Salí en busca de una escalera porque algo sin remedio moría a ras de suelo en esta casa. Me senté en la calle con un hombre que bebía vino, no para matar penas sino para entretener ilusiones. Y entre ellas reconocí las mías. Y las desmenuzamos riéndo como niños que rompen juguetes para entender lo que hay dentro, para jugar con cada una de las piezas que andan sueltas. Después, caminé por las calles sin rumbo, por puro placer. Y en mi interior escuché la canción de la victoria. Y ya no esperaré tormentas para marcharme. Yo seré tormenta, y viento, y me arrastraré y rugiré con él cuando vuelva a buscarme. La luna desplegó anoche su red y atrapó dos almas con cuerpo de hombre".
Los destinos del poeta, el hombre del sombrero, el coleccionista de llaves y el hombre del periódico iban a cruzarse, pero ésto ellos aún no lo sabían.
Al viento, quinto elemento de la historia, se le iba a poner difícil. En una casa sin paredes, techo, puertas, ni ventanas, no tendría donde entrar o salir, ni contra qué luchar, esta vez sólo podría pasar de largo.

miércoles 27 de agosto de 2008

Curriculum Vitae

Al alcalde de la ciudad, ese que en cada entrevista presumía de ser un trabajador como el que más, ese que llevaba el espíritu obrero dentro, ese que en su infancia ya soñaba con ser minero de mayor, se le había metido en cabeza, -decían las malas lenguas que para cubrir expediente con sindicatos y artistas-, la lunática idea de llamar monumento a un amasijo de chatarra que había aparecido de repente en un barrio marginal de la ciudad. Un grupo anónimo con sobrenombre extraño lo había colocado allí, en un descampado en el que merodeaba un tipo que quedó atónito al ver llegar el cortejo municipal en pleno, y que éstos confundieron con un miembro del colectivo que había trabajado en tamaña instalación. Los periodistas que acompañaban al comité se le acercaron para pedirle un breve curriculum que representase a todo su equipo y así acompañar las fotos de la obra que publicarían al día siguiente.
"En fin, no sé...", -dijo riéndose de las muchas cosas que se le ocurrieron en un momento. "¿Por qué no darles mi curriculum verdadero?", -pensó. "Hombre, yo no...", volvió a decir. No lo dejaron terminar, en un segundo se vio rodeado de grabadoras, e imaginó los titulares.
"LA OBRA NO ES MÍA, PERO ES YO. ES TODOS".
"Presunto artista callejero. Vaga de aquí para allá sin rumbo fijo, sin residencia, sin trabajo. Sólo el alcohol y la ciudad lo atan a la vida. Suele recoger trastos de aquí y de allá, y siempre en un mismo solar habilita una casa al aire libre para él. Cada cierto tiempo, cambia de solar. Hace años que no mantiene contacto con su familia ni con nadie en especial. Sin embargo, ha establecido una dirección postal en unos buzones de edificio abandonado por si alguien le escribiese. No va a ninguna parte sin su sombrero".

lunes 25 de agosto de 2008

Lunes de mierda


Tras infinitos posicionamientos a lo largo y ancho de la cama, el hombre no puede dormir. En la postura fetal en la que ahora se encuentra el sudor resbala por sus patillas, gotea en el vacío de la barbilla al brazo, y de éste a las sábanas de raso negras que la semana anterior compró en el mercadillo previniendo una cita, que pasado el fin de semana, no ha tenido lugar. Su hijo, aquejado de obesidad infantil, en la misma postura y un poco más abajo, acolchado en su propia grasa, incrustado en su propia carne, suda más que él pegado a sus piernas con la cabeza en sus rodillas. Vistos desde arriba, en el centro del cerco empapado de sus respectivos fluidos, envueltos en ese aura negra, dan la impresión de una masa informe, de materia descongelada en grado inicial de putrefacción, de dibujo infantil creado a partir de un seis y un cuatro cerrado en semicírculo, de huevo de avestruz frito y flambeado.
El hombre mira al gran ventilador blanco que traquetea la mesilla a punto de absorberlo entre sus aspas. Se prepara mentalmente para levantarse de su no siesta, para iniciar el turno de tarde en su no bar. Ese bar del que es el único empleado, ese bar del que está harto. Ese bar al que sólo acuden almas solitarias a pesar del sugerente escaparate preparado para otro tipo de gente. Almas que adheridas a la barra por tiempo indefinido ni siquiera dan pie a una mínima conversación. Ese bar que en vez de llamarse Futuro debería haberse llamado Acuario para peces soñadores, o Contraste entre lo que se pretende y lo que se logra, o Tapadera de a saber qué, o directamente Mierda. El niño, tampoco duerme. Se prepara mentalmente para un nuevo estoque de burla en el colegio. Mientras, lee un cuento que una mujer de los puestos del mercado le ha escrito por un euro.

jueves 31 de julio de 2008

El coleccionista de llaves



Cuando ella le había preguntado que de qué quería el cuento, él no supo qué contestar, levantó los hombros y con un movimiento de cabeza le devolvió la pregunta. La inventora de cuentos había insistido en que necesitaba un título para arrancar, y él contestó, que qué cuento sobre él escribiría si no estuviesen hablando, que qué se le hubiese ocurrido si al verlo montar su tenderete de llaves hubiese tenido una inspiración. La cuentista reflexionó unos segundos para decir: "Impenetrable. Así lo titularía yo". Pensó que se trataba de un juego y empezó a divertirle elucubrar. Miró hacia sus llaves y de nuevo a su cara inexpresiva, y continuó: "Era una gran puerta sin cerradura. Nadie podía abrir aquella enorme puerta cerrada hacia ya tantos, tantos años... ¿Entró allí de niño?, costaba creer que alguna vez lo fuera... Fue encerrado allí por maldad propia, o quizá del encerrador que se ocupó de que no pudiese salir por sí mismo..., qué más daba, el caso es que estaba encerrado... Y en ese encierro, fue capaz de liberar su mente... Había objetos dentro de aquél espacio cerrado... Otorgó a los objetos vida propia para sentirse acompañado... Se comunicaba con ellos... Se rebeló contra sí mismo y su situación, se autolesionó hasta ser liberado... Le fabricaron una cerradura y una llave que no encajó... Echaron la puerta abajo a base de golpes..." -En fin, podría hacerle un cuento a base de títulos que se me ocurren uno tras otro sin poder continuar, -dijo ella cogiendo su bloc para empezar a escribir. -Esa inaccesibilidad suya no motiva a inventar sino a investigar sobre usted. Así que de momento va a ser un cuento hecho de comienzos. ¿Le parece bien?"...
El coleccionista de llaves vivía en el barrio de la ciudad más alejado del centro, allí donde terminaban las casas y comenzaba la autopista, de hecho su vivienda, daba por delante a esa gran carretera y por detrás a las vías de un tren de cercanías y a los grandes recintos de fábricas modernas totalmente acristaladas. En aquél lugar se sentía feliz: Era barato, alejado de la gente, y con muchas vías de escape para unos ojos cansados de ver ya demasiadas cosas.
¿Desde cuando coleccionaba llaves?, pensó mientras llegaba a casa. Ya ni lo recordaba. Estaban ahí desde siempre. En los juguetes, en el colegio. ¡Anda que no robó llaves en el colegio!: De las clases, de las taquillas, del patio, de la sacristía, del gimnasio. Siempre al acecho. Siempre en horas de comedor. Siempre en solitario, y siempre a escondidas. ¿Desarrolló eso en él su personalidad futura?, o ¿su personalidad de entonces desarrolló esta afición que lo condujo a esta vida de ahora? No sabía. No sabía por qué algo tiraba de él todas las madrugadas y rastreaba rastros en busca de tesoros que seguramente habrían sido robados, y en esos puestos cochambrosos de su ciudad, o de la que estuviese cuando estaba de viaje, se perdía tranquilamente antes de empezar a hacer cualquier otra cosa. Los rastros. Merodear. Incluso pasear por las calles buscando objetos en el suelo. En los suelos de las calles había encontrado muchas de esas llaves que lo acompañaban a todas partes. Mirarse los pies, mirar hacia abajo, siempre daba sus frutos. Hasta dinero, pero por más dinero que en ocasiones hubiera podido encontrar, nada le producía más placer que descubrir una de aquellas llaves perdidas, cualquiera de esas llaves que eran ya un sinónimo de él mismo. Y en esta tarde calurosa en la que caminaba hacia su casa llevaba dos tesoros en el bolsillo: Una nueva llave de candado de maleta, o caja fuerte. Y un cuento que le había escrito una mengana nueva en el mercadillo en cuyo extraño tenderete decía vender sueños. Cuentos instantáneos a un euro.

miércoles 30 de julio de 2008

Una carta imaginaria


Es lógico que uno se alimente de lo que sabe le va a sentar bien y elimine lo que pueda hacerle daño. Excepto, claro, cuando se trata del hombre del sombrero. Él sabe lo que le hace bien, y lo que no debería…, pero siempre elige lo contrario a esa lógica rotunda. En una calle que no conoce ha descubierto unos buzones abandonados que todavía conservan su estructura original, esa que tanto le atrae: a medio camino entre un cajón de oficina donde se archivan cartas o documentos ya leídos, y la hilera de huchas mágicas que preceden a las casas, y que en vez de monedas, contienen sorpresas de papel aguardando silenciosas ser abiertas por sus dueños. Asomándose de puntillas, el hombre del sombrero, ha podido comprobar que estos buzones indigentes de calle solitaria todavía reciben la visita del cartero, y le ha fascinado tanto, que en ellos piensa establecer su nueva dirección postal. No sabe para qué, porque no sabe quién le escribirá, y ya no espera nada de nada, ni de nadie, pero a veces, le gusta jugar al absurdo, provocar cosas inesperadas, inventarle vida a los objetos. Por eso, en estos casilleros asidos a una pared absurda, ha colocado su nombre para pasar por ahí de vez en cuando, para ver si recibe algo, para esperar una carta imaginaria que sólo por serlo, intuye podría materializarse...

martes 29 de julio de 2008

Tarde de verano


Estío, verano urbano, asfalto ardiente, calina irrespirable, aire turbio de ventilador en cualquiera de sus revoluciones. Paredes que escuchan, ventanas que hablan desde fachadas cansadas, cortinas que en morse secreto bailan mensajes sigilosos. Todo quema. Ancianos que riegan macetas artificiales, iglesias tristes de ojos azules, verdes y amarillos vigilan tejados de patio de colegio vacío. Palomas que disputan un palmo de agua a ras de suelo y sobras de almuerzos callejeros. Árboles quietos de tarde de julio en la que nada se mueve. Y uno, pegado a su balcón es calor y es verano. Una palmera mira desde arriba con hojas caídas señoras que tienden ropa seca. Calma chicha de fin de mes que envuelve. Sopor de siesta entre tabiques desconchados de edificio de segunda, y mientras tanto...
Se espera el invierno. Se espera un viaje. Se espera una paga. Se espera no se sabe qué. Se espera lo que ya no se espera. Y en esa espera, dejando vagar la mente, pasa esa estación en que todas las cosas quedan detenidas.

lunes 28 de julio de 2008

Amor de elefante marino


El jueves era el día de mercado en el arrabal. La chica que no esperaba a nadie montó su tenderete de cuentos en el último puesto del mercadillo. Allí, junto a un tipo extraño cuyo producto no dejaba de ser tan extravagante como el de ella. Eso le dio ánimo. ¡Llaves! ¡Ese hombre vendía llaves amontonadas en cajones de oficina! ¿Quién querría llaves? - Son para coleccionistas como yo-, dijo él adivinándole el pensamiento. Era un tipo de mediana edad, inclasificable, que apenas hablaba, y que ni siquiera se molestó en preguntar por qué vendía ella cuentos que quizá no interesarían a nadie. Parecía un personaje de ficción de los que matan sólo con entrar en la mente del adversario, carecía de movimientos. Sólo fumaba, y observaba sin pestañear cualquier actividad a su alrededor ya fuera de persona, animal, o cosa. Se sintió cómoda a su lado. Y entre su distraída disertación, y el gentío que merodeaba por allí, no advirtió que había llegado su primer cliente. Tenía unos diez años rubicundos y miopes, apocamiento, y torpeza de niño acomplejado. Sonriendo tímidamente desde su gordura, y bajando la vista avergonzado hacia el euro que llevaba en la mano, intentaba conseguir esa historia particular que prometía el cartel de la cuentista. Se giraba inseguro hacia el grupo de chiquillos que, con carteras en el suelo, esperaban expectantes, a empujones, la equivocación idiota de su pobre compañero. Lo habían enviado como cobaya hacia algo, de lo que por ser atípico, desconfiaban.
Con voz apenas audible, el chaval dijo:
-¡Amor de elefante marino!, por favor.
-¿Amor de elefante marino es el cuento que quieres?, - preguntó ella recogiendo el euro de su mano.
- Sí, -dijo el niño con una sonrisa que la traspasó.
- Pues claro que sí, -respondió ilusionada. -Vas a ser mi primer cliente-, y comenzó a escribir...
"En la Patagonia, había un lugar llamado Tierra de Fuego, y como estaba en la puntita de la bola del mundo, pues también lo llamaban El Fin del Mundo. Allí, en ese hermoso lugar, nació un elefante sin orejas ni trompa, con bigotes, y patas muy, muy cortas, tan cortas, que cada vez que tenía que desplazarse debía arrastrar su pesada barriga por el suelo y bramar como un ogro para lograrlo. Estaba muy triste porque quería haber nacido en otro lugar, y con otro aspecto. Siempre le faltaba algo para ser feliz. Todas las mañanas lloraba tumbado en una preciosa playa donde se sentía sólo y abandonado, y en su tristeza soñaba selvas lejanas donde otros elefantes más afortunados, transportarían pasajeros en el lomo con sus robustas patas, se rociarían de agua la cabeza con sus enormes trompas, y se espantarían las moscas con sus grandiosas orejas. A su lado una pingüina recién llegada de las profundidades del mar, cansada de tanto nadar, y tan falta de atributos selváticos como él, lo miraba escandalizada. No entendía por qué ese elefante tonto lloraba tanto, y se quejaba de cosas estúpidas que nunca llegaría a tener con esa suerte de paraje, en el que él, podía quedarse casi todo el año sin tener que andar de aquí para allá como ella. La playa donde vivía era tan bonita: el mar siempre estaba tranquilo, peces voladores, gaviotas y focas jugaban con él, de vez en cuando venían las ballenas, y en otras épocas llegaban ellos, los pingüinos, y además, los cormoranes de esas tierras eran los amigos más divertidos del mundo, no paraban de apelotonarse para hacer dibujos y figuras en las rocas. -¿De qué te quejas?,- le preguntó un día. -Tú eres un elefante marino, ¿para qué quieres estar en la selva?, ¿de verdad te gustaría tanto? Conozco sirenas que te concederían esos deseos. ¿Quieres que vayamos a verlas?, yo te dirigiré, pero ¡cuidado!, una vez consigas lo que quieres, a lo mejor no te gusta como pensabas, y no podrás volver atrás. Él aceptó y ambos partieron a las profundidades del océano. Por el camino visitaron caballitos y estrellas de mar, ostras y caracolas, delfines, algas, y corales hasta que por una gruta escondida llegaron a un paraje en la superficie. Rodeadas de dunas altísimas multitud de sirenas retozaban secándose al Sol. El elefante marino sonrió emocionado.
-Nunca habías entrado al mar, ¿verdad?, - le dijo la sirena hechicera. -¿Por qué si es tu hábitat no lo has explorado? ¿Estás seguro de que lo que deseas es lo que quieres? Pues hágase.
Inmediatamente le crecieron una trompa larguísima, unas orejas enormes, y unas patas descomunales. Ahora era un elefante mutado, con rasgos como los demás, pero con unos enormes ojos gris metálico que dejaban absolutamente intrigados a cuantos hombres lo miraban. La tristeza que habitaba en ellos venía de las profundidades del mar. Y en aquellas tierras selváticas a las que se vio trasladado nunca habían visto el mar, y por eso todos querían quedarse con él. Desde entonces, no paraba de hacer viajes del bosque a la ciudad con troncos enormes atados a su lomo, y al ritmo del látigo de esos hombres que soñaban, como él, con enormes playas plagadas de elefantes marinos, ballenas y pingüinos que nadaban a sus anchas bajo las aguas del Fin del Mundo."

El niño corrió feliz agitando el cuento hacia sus compañeros. El coleccionista de llaves se volvió hacia su compañera, y sacando un euro de su caja, le pidió otro cuento para él.

viernes 25 de julio de 2008

La llamada


Entrar en sus ojos, pupilas que abrazan con sólo mirarlas, mezquitas que atrapan en un muecín de Damasco a El Cairo, de Marruecos a Bagdad. Volar en la alfombra mágica que ellos extienden y quedarse, quedar preso en tela de araña tejida con minaretes, bazares, harenes, jardines del Edén, genios y lámparas maravillosas. Y, sin embargo, querer despegar, bajar, volar del revés, volver, recuperar, y aunque grites, supliques y enloquezcas, saber que nada podrá ya salvarte.

jueves 24 de julio de 2008

Nido de abejas


A la muerte de una abeja reina...
Anida tu ausencia de muerte en el alma. Amanece como pequeño zumbido y avanza en manto espeso que lo cubre todo. Se escucha, duele, se duplica si no haces nada. Hueco que usurpa ahora un extraño, un fantasma de ti. La resaca explota el cerebro y se acerca al exterior, escucha tras la puerta de la memoria, abre una rendija y se cuelan recuerdos despistados, acechantes, detenidos. Cierra aterrada, atrapada en escombros rememorados una y otra vez hasta quedar convertidos en arena. Los espacios deshabitados se vuelven locos, y enjaulados en los muros de la cabeza se multiplican. Las imágenes, abejas suicidas contra paredes de cristal, emboscadas con forma de salida, concierto de zumbidos que aumentan la confusión. Habrá que esperar el anochecer. En la noche todo se ahoga en la oscuridad...


miércoles 23 de julio de 2008

Por los arrabales


La chica que no esperaba a nadie, en su afán por perderse sin rumbo buscando algún espacio donde llevar a cabo su propósito, insistía en visitar lugares siniestros del extrarradio de la ciudad. Quería atrapar con objetivo de fotógrafo, con minuciosidad de orfebre, y con una mente abierta a la casualidad y la sorpresa, un lugar que le dijese: aquí es.
Atardecía cuando apareció en una esquina la sombra de un sombrero. Atravesó con rapidez la calle. En su huida, la persiguieron ladridos de perro, tropezó con niños de ojos turbios, hombres de mirada adversa y odio amontonado, mujeres de manos agrietadas y semblante huraño, ancianos esquivos que se daban la vuelta y la observaban con curiosidad. Luego se perdió dos manzanas más abajo, y fuera del desconcierto, entre el gentío de una calle principal iluminada y repleta de terrazas, pensó que había encontrado lo que andaba buscando. Allí sería. Allí vendería sus cuentos. Cuentos instantáneos a un simple euro. Cuentos de sastre: a la medida. Cuentos callejeros. Ya lo veía. Dígame una frase y le construiré su propio cuento. Ábrase a su séptimo sentido. Salga por un momento de la realidad; como los parlanchines de antaño, vendería crecepelo y alargavidas hechos de palabras. En cada mercadillo, en cada feria, junto a una tómbola o al tren de la bruja. Así sería. Vendería ilusiones y sueños rebozados en barro, entre algodones rosas, palomitas de maíz o manzanas azucaradas, entre sombras de vidas ávidas de cuentos celestes. ¿Una desfachatez?, ¿un disparate?, bueno, se arriesgaría, ¿para qué si no haber puesto boca abajo toda su vida?, si no funcionaba, recogería el tenderete y pensaría en otra cosa.
Se sentó en una terraza de los bares que bordeaban la acera. Al lado, en otra mesa, un hombre se sorprendió al verla, ¿de qué la conocía?. Le llamó la atención el bloc de dibujo que llevaba en la mano y que depositó sobre la mesa mientras pedía un café. La observó. Sentía gran curiosidad por lo que podría dibujar aquella chica desgarbada y ausente. ¡Ah!, ¡claro!, ahora lo recordaba, la dibujó una vez en la barra del bar Futuro. Pero, ¿qué estaba haciendo?, ¡no dibujaba!, ¡usaba el bloc para escribir!, y además, a una velocidad que lo dejó doblemente pasmado. Se asomó por encima del hombro concentrado en la mano urgente, y alcanzó a leer: "Estoy segura. Lo he visto, Era él. Era aquél hombre de la barra del "Futuro". Aquél solitario azul entre el humo del tabaco, el que insistentemente me buscaba la mirada aquella noche, aquella noche en la que yo no podía mirar a nadie. Ese sombrero..., esa cara... No, no quiero encuentros, ni reencuentros. No sabría qué hacer con ese sombrero de hombre …".
El dibujante no cabía en su extrañeza, al hombre del sombrero también lo había dibujado él. ¡Ella estaba escribiendo sobre otro personaje que él había dibujado en el "Futuro"! ¡Esos personajes de papel habían cobrado vida propia!

martes 22 de julio de 2008

PROYECTando


“Conseguiré vivir de ello, sin atarme a ningún sitio, sin nadie que me dirija. Hoy escribiré aquí, y mañana allí, y en cualquier punto seré capaz de producir lo suficiente para no apartarme del sistema, pero tampoco para zambullirme en él. Lo haré en paralelo, a mi aire.”
La chica que no esperaba a nadie, no dejaba de proyectar. Montaré un tenderete cada vez dónde me plazca y lo dedicaré a la escritura espontánea. Relatos a la carta, o por encargo, o al momento. “Dadme un argumento y lo haré realidad”.
Piensa pedir una pequeña cantidad por cada cuartilla personalizada. Quiere desprenderse de todo, hasta de lo que escribe. Nunca volverá a leer sus textos, los entregará al peticionario, y éste se marchará para siempre con un trozo de ella misma que dejará ir sin más.
Los días que recoja lo suficiente, se alojará en un hotel; los que no, dormirá a la intemperie, en algún parque o jardín, en algún lugar que le ofrezca la posibilidad de relacionarse con personas diferentes. Ya está, esto le parece un buen comienzo.
Dejar correr la escritura, no guardarla, no necesitarla; dejarla ir en manos de otros. Generosidad y libertad. No volverá a atarse. Ni siquiera a su única vocación…

lunes 21 de julio de 2008

El primo Antonio


Murió el primo Antonio, y con él un trocito de cada uno de nosotros, su familia de tierra firme. Nunca olvidaré aquellas fabulosas aventuras que contaba del mar, y de los hombres del mar. Era marino mercante, y en cada una de sus visitas venía cargado de extraños y exóticos regalos. Cuando se marchaba, el efecto de sus palabras permanecía en mí durante mucho tiempo, cogía mi gran atlas y buscaba aquellos poblados donde las rodajas de merluza eran serpientes de mar; se comían ratas y gatos como exquisitos manjares; sirenas de hipnóticos cánticos atraían marineros para devorarlos; tiburones atracaban barcos, y otras cosas por el estilo: Guinea, Madagascar, Indochina, Polinesia, Tanzania o Tanganika se convirtieron en paraísos secretos que yo visitaba subida a mi cama, convertida en un flamante navío durante las tediosas tardes de siesta veraniega. De las historias que me contó y que yo redondeé con el paso de los años, me viene a la cabeza la que, casi siempre, era el disparador de las demás, y que reproduzco cada vez que pienso en él...
"Una noche en la que navegaban perdidos en un mar interminable, divisaron una costa, y en ella una luz sobrenatural. Conforme se acercaban quedaron extasiados por unas extrañas figuras que flotando en el aire bailaban una singular danza en la cima de aquel resplandor. Eran fantasmas de humo agitándose en la oscuridad. Al amanecer, y siguiendo el halo mágico de aquellas siluetas apenas ya perceptibles en el cielo, llegaron a un poblado perdido de la gran isla de Madagascar.
Encontraron allí una tribu de las que no se recuerda el nombre, pero que en lengua original significa (los que no se cortan el pelo). Hombres y mujeres lucían melenas increíblemente largas con las que quedaban prácticamente vestidos, cubrían además sus cuerpos con pesados collares de metal, caracolas, plumas multicolores y cintas de telas brillantes y llamativas. Eran muy felices, siempre sonreían excepto cuando luchaban contra sus enemigos o llegaban extranjeros a la isla. Por ello, costó mucho convencerles de que no ocurriría nada malo con la presencia de los recién llegados. Finalmente, los dejaron quedarse unos días mientras recuperaban fuerzas tras su larga travesía.
Al atardecer, el jefe de la tribu convocó al poblado en una gran hoguera, las sombras de la noche anterior volvieron a danzar en silencio por encima del fuego, y la isla quedó atrapada en segundos por esa luz misteriosa que dan las llamas a la oscuridad. Inquietos y algo asustados los recién llegados imitaron a los demás sentándose alrededor de la enorme fogata. Primero rindieron culto a los antepasados, después dieron cuenta de una suculenta cena a base de pescados, carne de tortuga, y voluminosos frutos del árbol del pan. Más tarde, cuando todos estaban sedientos de oír los relatos extraordinarios de aquella noche, el Jefe decidió contarles la gran historia, la que había sucedido en ese mismo lugar hacía ya muchos, muchos, años."
Pero esto ya sería otra historia...
Los hombres se le mueren a los cuentos, pero no así los cuentos a los hombres. Vaya esta historia en honor de aquél marino mercante del puerto del mundo, que llenó mi vida de sueños.

viernes 18 de julio de 2008

El peso de la ley


Lo habían atracado, y se refugió en su coche. ¡Policía!, gritó. Un peso descomunal lo sacó por los hombros, cayó sobre él precipitándolo al suelo, y allí mismo le colocó unas esposas y le exigió una documentación que nunca conseguiría.

jueves 17 de julio de 2008

El viento vuelve a soplar


Cuando la brisa de la tarde anuncie que el viento esta llegando a la ciudad, el huracán no tardará en aparecer. Las casas hablarán por sus grietas, los tejados se descoyuntarán, las antenas, arrancadas de raíz, dejarán de emitir ondas, la ropa huirá de los tendederos, los árboles azotarán ramas y pájaros al vacío. Las voces subterráneas susurrarán mi nombre. Me vendrán a buscar...
El escultor de espectros, pensó que su nuevo inquilino bromeaba al pronunciar aquellas palabras. Se había identificado como poeta, y le había pedido que le dejara escribir sus versos en la pared. Nada serio. Una excentricidad como otra cualquiera. Lo que no pudo intuir en aquél momento es que esa sentencia se cumpliría, y que llegaría a dolerle tanto.
Una mañana se levantó inquieto, paseaba por el estudio de pared a pared con sensación de encierro. No podía terminar su obra, sentía que ésta, se hacía y deshacía a solas, sin control de sus manos, y tuvo miedo. El poeta se lo había advertido, pero él no quiso creerle, pensó que citaba pasajes odiseicos y que metaforeaba a Penélope, sin embargo, ahora rememoraba una a una aquellas palabras...

Ha Cerrado todas las ventanas. El viento zarandea los cristales, y asoma enloquecido por cada ranura, chilla en cada rincón. No se dará por vencido. Corre a la habitación. Ya es tarde. El poeta ha desaparecido. Sólo en la pared, como siempre, ha dejado su huella:

"Y recuerda atenazando temores lejanos, que el lado agrietado de la existencia, sólo es un lado, y que imprime hoy dolor, y mañana huellas de furor convulso que arrastrarán a cada paso el pasado, y sólo borrarán lo sucio, cuando arrase la marea y el viento vuelva a soplar".

miércoles 16 de julio de 2008

Vagabundeando


El hombre del sombrero sale el último del bar. Una vez en la calle, aspira el frescor nocturno y se siente poeta. Es la ventaja de no ser y no hacer nada. Uno puede elegir. Se es o no se es. Y cuando no se es, no hay imposibles. A eso lo llama él ociosidad de lujo, vacío que en realidad ocupa todo su espacio. Camina iluminado, iluminado es borracho, y borracho compone y se dedica en voz baja y arrastrada, poemas que va inventando por momentos. El paisaje oscila al compás de sus pasos. Guiña un ojo, y después el otro. -Te engaño, -le dice a la Luna-, te veo y no te veo, y cuando no te veo no existes. Yo soy la noche. En los descampados que bordean mi casa, las ratas corretean a su antojo, entre la podredumbre y la maleza, dando gritos agudos. Gritos que estremecerían a otros pero no a mí, ellas forman parte de mi oscuridad y mi lugar. Ellas son la otra cara, el reverso oscuro de ardillas en jardines. El reverso que también soy yo en otros hombres...

lunes 14 de julio de 2008

Desvinculando


La chica que no esperaba a nadie, apuró su última cerveza, se levantó como pudo apoyando con fuerza los brazos en el mostrador, apretó un pie contra el suelo, luego el otro, y salió del bar tambaleándose camino del hotel. Antes de acostarse, le hubiese gustado escribir sobre los acontecimientos del día, sobre la gente que observó a su alrededor en ese insólito lugar llamado Futuro, sobre el hombre misterioso de la barra, sobre el camarero, sobre tantas cosas…, pero todo le da vueltas, mañana pensará en ello. Mañana paseará por la ciudad como una recién llegada, como si nunca hubiese estado allí, como si acabase de nacer y le hubiese tocado en suerte moverse por esas calles. Mañana será un animal fuera de su jaula, un rehén liberado, un convicto conmutado, una fiera con alma deambulando en busca de cualquier cosa, mañana escribirá, proyectará, pondrá en práctica lo planeado, mañana, mañana, mañana... Enviará las cartas. ¿Enviará las cartas? Sí. ¡Enviará las cartas! No. Bueno, mañana…

Recién levantada, sale a la terraza, observa desde lo alto, despliega su libreta y anota con precisión los movimientos de los viandantes, esas cabezas que se dirigen a alguna parte. Imagina la suya, la suya camina entre ellos, pero sin rumbo. La suya es una madeja, una madeja de lana echa ovillo, un ovillo hecho muñeco, un muñeco encadenado que dará vueltas sobre sí mismo hasta desenrollarse. Mientras escribe piensa, y mientras piensa decide. No, no enviará las cartas. Irá en persona, y además hará alguna extravagancia, algo que no esperen, algo que les haga comprender que no hay vuelta atrás. Se viste sonriendo, se le ha ocurrido una tontería, una gamberrada que…, ¿por qué no?, a partir de ahora, piensa hacer todo lo que quiera hacer. Ha llegado su momento. Empieza la cuenta atrás.

Sale a la calle resuelta. Sus piernas tiemblan bajo el pantalón pero se reafirman en cada paso. Ya sabe dónde va. Su primera parada será en una juguetería. Esto será un juego a partir de ahora, y para eso necesita el gran juguete. La pistola. Una pistola de agua que disparará contra todo aquél que trate de retenerla. Próxima parada, ¿la oficina?, ¿su casa?, jajajajajajaja…

jueves 10 de julio de 2008

Un sillón bajo las estrellas


Lo encontré allí, tirado junto a un contenedor, frente a una pared grafiteada donde una niña parecía caminar hacia él. Abandonado y solitario, desprendía algo tan familiar. Olía a infancia, a piernas de abuelo, a guiño de la memoria. Lo recogí. Lo abracé por el respaldo para poder llevarlo en peso hasta mi casa. Él protestaba rebelde crujiendo ante la invasión. Era un sillón suicida, arrancado de la muerte y cabreado ante el rescate. Yo notaba su rechazo pero aún así quise hacerlo mío. Limpiarlo, restaurarlo, adoptarlo, y así lo hice. Cerré el boquete que tenía abierto a espuma viva en sus entrañas, pulí sus brazos, engomé sus patas. Sin embargo, seguía teniendo algo dramático de mundo perdido cada vez que me sentaba en él.

miércoles 9 de julio de 2008

El hombre de la barra y la chica que no esperaba a nadie


Atravesaron la puerta de aquél bar llamado Futuro y dejaron atrás el mundo del que intentaban alejarse todos los días aunque fuera un ratito. Él se acercó al mostrador y cogió una de las cervezas que hoy regalaba la casa en su segundo aniversario. Ella hizo lo mismo. Estaban allí como siempre. Los dos eran habituales pero a distintos horarios. Nunca se habían visto. Cada uno adoptó su lugar, y cada uno desde la esquina opuesta de la barra, miraba al vacío inmerso en sus pensamientos, observando de vez en cuando la algarabía de gente que, sólo por ser gente, odiaban. Ambos eran adictos a las horas solitarias en las que el bar estaba vacío. Uno por la mañana. La otra por la tarde. A ella le hizo gracia el sombrero de él y que estuviese solo en el otro extremo. A él le llamó la atención el aspecto desgarbado de ella y su expresión de asombro al mirar a los demás, parecía no esperar a nadie, complacerse en su soledad. Él siempre pedía una botella de vino, y un vaso de tubo que rellenaba una y otra vez mientras dejaba pasar las horas. Ella siempre pedía cerveza. No hacía nada más. Con la mirada perdida fumaba un par de cigarrillos, agotaba la bebida, y se marchaba. Pero hoy era diferente, hoy estaba nerviosa. Ese estar allí sola, rodeada de gente y a esa hora insólita, le producía un desasosiego distinto al de las tardes habituales. Ahora ya no tenía que dar explicaciones a nadie, ¿o sí?, tan solo hacía un par de horas que había decidido, por fin, desaparecer sin más, ó más bien, que se había dicho a sí misma que se marcharía lejos por una temporada indefinida, para ser más exactos. Todavía llevaba en el bolso las cartas que lo explicarían. ¿Las enviaría, o era una pobre infeliz que tras su quijotada imaginaria volvería mañana a ser la de siempre?, ¿sería hoy otro día más, haría otro amago de independencia a tiempo parcial como de costumbre?. No. Ahora era verdad, era real, su casa se había convertido en un hotel y sus pertenencias se reducían a una maleta. Ahora lo que quería era sentirse así para siempre, sola en la barra de un bar, y además si ese bar se llamaba Futuro, pues mucho mejor.
De pronto le pareció notar que el hombre del sombrero la miraba desde el otro lado. Se removió inquieta en el taburete y sin saber qué hacer, pensó en levantarse hacia los lavabos. Pero para ello, debería pasar justamente detrás de él y, con la gente que se agolpaba a su alrededor… quizá lo rozaría sin querer, tendría que pedirle perdón, y con la disculpa, tendrían que cruzarse las miradas, y ella continuaría hacia el baño, y él la seguiría...
Él hombre del sombrero, desde el otro lado, la miraba fijamente, indiscreto, dudando en si estaría tan borracha como él a juzgar por las cervezas que había bebido. Quizá ella tuviese motivos para hacerlo, no como él, a él se le habían agotado los motivos. Dudaba en acercarse o dejarlo estar. La máquina de tabaco estaba justamente detrás de ella, y con la gente que se agolpaba a su alrededor… quizá la empujaría sin querer, y tendría que disculparse, y para ello tendría que dirigirse a ella, y ella no creería que sólo iba a comprar tabaco, y él por no volver a pasar por el tumulto, acabaría sentado a su lado, y ella lo abordaría...
Ninguno abandonó su puesto, los dos continuaron sentados en sus respectivos taburetes sin dejar de beber.
- Sois mis mejores clientes, ¿sabéis?, - dijo el camarero que hacía rato quería entablar conversación con ellos. Ninguno contestó, se miraron con complicidad de bebedor, y sonrieron. Era la primera vez que el camarero los veía mirarse desde que habían entrado, se entusiasmó. Hacer de celestino era su fuerte. Más tarde brindarían los tres juntos acodados en la barra, y la noche y el alcohol terminarían su trabajo.
Pero en una mesa del interior, un dibujante borraba al camarero, sobraba en la historia de esos dos personajes que meses atrás, y en ocasiones distintas, él había dibujado por separado.

sábado 5 de julio de 2008

Globalización


La marioneta humana desobedecía los hilos que tiraban de ella para manejarla y así, descompasada, bailaba cuando debía dormir, dormía cuando debía trabajar, y ejercía cada una de sus funciones al revés que las demás, las otras marionetas, las coherentes. Éstas, a pesar de no estar contentas con sus hilos, bailaban y se movían al son de quien dirigiese el espectáculo y así, movidas por esos hilos conductores, agredieron sin piedad a la rebelde reduciéndola a la nada. Con el tiempo, otras rebeldes levantaron un monumento en su honor, y las otras, las coherentes, volvieron a reducir a esas rebeldes, y así sucesivamente, generación tras generación, unas y otras fueron levantando monumentos y destruyéndolos según qué o quién manejara los hilos. Un día se dieron cuenta de que se necesitaban unas a otras para ejercer su rol. Sin coherentes no habría rebeldes, ¿contra quién o qué se iban a rebelar si no? Sin rebeldes, las coherentes no podrían ser represoras, ¿de quién? De esta forma llegaron a la conclusión de que era imposible un entendimiento, y preocupadas por ese mal sin solución, decidieron seguir siendo opresoras u oprimidas según la función que les tocase representar. De otra forma, el teatro dejaría de ser teatro, y la representación perdería su sentido. Al fin y al cabo, todo buen cuento necesitaba vencedores y vencidos, felicidades de unos a costa de otros, comedores de perdices, perdices...

jueves 3 de julio de 2008

El maravilloso mundo de las cosas perdidas


El coleccionista de llaves recorría países y mercadillos añadiendo nuevos ejemplares a su muestrario de vidas secretas y servidumbres emocionales. Amaba ese universo de objetos con alma que despojados de su función quedaban en una dimensión incomunicada. Ya no abrirían nada nunca, pero en él, amante de lo inservible, esas llaves de cerraduras perdidas latían con vida propia en su interior y llenaban su mundo de pasión y fantasía, dos engaños que lo mantenían entretenido mientras pasaba la vida. Solitarias y perdidas en un cajón desastre, unidas sin piedad por ese dueño caprichoso admirador de la inutilidad, se habían convertido en las llaves de las etapas de su vida, esas que no abrirían las puertas que se habían ido cerrando con el tiempo por siempre jamás, esos espectros de felicidad perdida y felicidad aún por llegar.

miércoles 2 de julio de 2008

Manías



Un clic y el número de la pantalla que cuelga del techo se adelanta. Es su turno. Camina indeciso hasta sentarse por fin en la mesa cuatro, es el número que lleva en la mano y no puede hacer otra cosa. Odia los números pares, está convencido de que le traen mala suerte, como la ropa gris y las viejas por las que siente un odio indiscreto y constante, reflejado en ellas no puede soportarse. ¿Por qué esta combinación nefasta vieja-cuatro?, podría haberle tocado la rubia de la tres, o el chaval con cara de nada de la cinco, incluso se hubiese conformado con la gorda de la uno, pero no. Había tenido que ser la vieja de la cuatro.

El día anterior confirmó esta teoría una vez más. Sentado en la terraza de un bar lo presintió, presintió que algo feo iba a pasarle y aún no sabía por qué.
"Estate quieto", dijo una voz de mujer anciana detrás de él. No la había visto, se había sentado en la mesa de al lado pegada a su espalda. Sintió pánico, se dio la vuelta pensando que se dirigía a él, pero no, estaba sola. Un momento después, volvió a escucharla: "¿a que hace muy buen día?, ¿ves?, te lo dije, y tú sin querer bajar". Se dio la vuelta de nuevo. No había nadie con ella y pensó que estaba totalmente chiflada. ¡Vieja y loca!, ¡el colmo de la mala suerte!, se dijo cruzando los dedos para que se fuera cuanto antes.

La voz lo atronó de nuevo pero esta vez para pedir un Martini blanco. Se espeluznó. ¡Por favor! ¡Vieja, loca, y borracha! y no podía marcharse, es lo que debía haber hecho, pero esperaba a su compañero que iba a sustituirlo en la oficina y había quedado allí para pasarle información. No tenía modo de escapar. No había más sitio y además su sucesor ya estaba girando la esquina y se dirigía a él con una gran sonrisa alzando la mano en señal de reconocimiento. Todo era inevitable.

- ¿Qué tal?, -dijo sentándose enfrente.
- Bien, bien, más o menos…- contestó él mirando hacia atrás.
- Bueno, ¡cuéntame!, ¿hay mucho curro en tu departamento?
- Pues… Según como se mire. Suele venir gente, pero depende de lo que les digas te irá mejor o peor, a mí ya ves, me trasladan a un despacho sin público, la gente no es lo mío.
- ¿Pero, qué clase de gente es?, ¿qué ha pasado exactamente?, sólo he oído rumores.
- ¡Pesada!, gente muy pesada. La última señora que atendí era una vieja que insistía en que le facilitase una información imposible. Repetía todas mis frases, asentía con la cabeza como si lo entendiese todo y después, cuándo ya creía tenerla convencida de que no podía dirigirse a ningún departamento más, me preguntó, "ya, pero ¿dónde…?", y no la dejé terminar, no podía más, ¿dónde, dónde?, le dije, pues ¡a casa el conde! ¡Ya ves tú!, una tontería como otra cualquiera, y mira, me denunció y de ahí mi traslado. Las viejas me traen mala suerte, ¿no te lo había dicho?
- Qué faena, ¡madre mía!, a mi en cambio se me dan bien, les digo dos tonterías amables y me las llevo al huerto enseguida.
- ¿Has visto a esa que tenemos detrás?, - le dijo él volviéndose de nuevo-, esa habla sola.
- Pero si está callada la pobre mujer, ¡hombre!
- Espera y verás, con ellas nunca se sabe.

Continuaron hablando y la mujer se levantó, se acercó a él con una correa en la mano y le dijo que si podía cuidarle al perro.

- ¿Qué perro señora?, eso que lleva usted atado no es un perro, es un adefesio, ¿a este era a quien le decía que por qué no quería bajar?, pues claro, señora, no quería bajar por que usted le llama perro y en realidad es una morcilla gorda, una morcilla gorda y repugnante que no para de gruñir.
- Vayámonos, por favor, -le dijo su compañero mirándolo atónito-, No le haga caso señora, está un poco nervioso, eso es todo, no lo ha dicho por ofenderla.
- ¿Ves como las viejas me traen mala suerte?

Se levantó y notó un fuerte dolor en la pantorrilla. Unos dientes afilados le zarandeaban la pierna de lado a lado. Por un momento el perro lo soltó, pero continuó gruñéndole y retándolo, ladraba y ladraba sin parar, la vieja estiraba de la correa sin moverlo ni un ápice, y entonces ocurrió todo muy deprisa; el perro, la vieja, el camarero que acudió a los gritos, el compañero, los ladridos, la sangre, empujones, luces azules, coches, uniformes, policías, otra denuncia.

Y sí, aquí estaba hoy pero desde la otra parte y en otra administración, teniendo que pedir número, ese número par que iba a joderlo seguro y por si fuera poco con esa vieja esperándolo.

La vieja lo miró por encima de las gafas y prácticamente le arrancó el papel que llevaba entre las manos, leyó por encima y preguntó:

- ¿lleva la factura del médico?
- Sí, mire.
- Pero no lleva sello, no se la puedo admitir así.
- Y… ¿dónde puedo ir a cuñarla?

La mujer lo miró con satisfacción de arriba abajo, se regodeó unos segundos y le dijo:
- ¿Dónde, dónde?..., ¡a casa el conde!

viernes 27 de junio de 2008

Kafka en cada muerte


Detenido. Estacionado. Estancado. Punto inmóvil en el espacio. Sin cabeza. Brazos multiplicados en ramas erguidas apuntando al cielo. Cuerpo recto y macizo. Pies bajo tierra, ramificados y curvos convertidos en raíces. Intento recordar. Una noche. Ducharme. Descubrir en la nuca un bulto. Tocarlo muchas veces. Esperar. Por la mañana descubrir en el bulto un tubérculo. Asustarme. No decir nada. Otro día. Palpar. Otro abultamiento cerca del anterior. Palpar. Otra noche. Palpar. Otro hinchazón junto a los anteriores. Otro día. Palpar. Los nódulos se extienden a los brazos. Palpar. Otra noche. Palpar. Palpar. Palpar. Observar. Crecen los dedos de los pies. Mirar. Garras de animal. Mirar. Uñas que se endurecen. Mirar. Se retuercen asquerosamente. Mirar. Estupor. Incredulidad. Miedo. Mirar. Asistir a una pesadilla. Observar. En una semana persona, animal, vegetal. Metamorfosis.

Ocurre deprisa. Tarde de domingo. Algo sobrenatural. Tú. Simiescos pies hacia tu nuevo hogar. Tú. Tu casa. No puedo llamar. Puerta cerrada. Dormir sobre la tierra. Puerta cerrada. Despertar. Querer andar. Puerta cerrada. Pies bajo tierra. Silencio sepulcral. Yo, pieza inmóvil del ejército que rodea tu casa, tu guardián. Tú, la misma de siempre ahora detenida, estacionada, estancada. Desde mi nueva altura sólo puedo darte sombra, sembrar dibujos en tu pedestal.

Reencarnación. Sólo me queda eso. He muerto sin darme cuenta. Pero la mente lo puede todo. Hay quien mueve objetos con el pensamiento. - ¡Mira qué árbol creció a mis pies! - dirías si pudieras verme. -Ayer no estaba aquí. No, diría yo extrañado si pudiera hablarte, ayer no estaba aquí.

El pueblo se hace eco de lo sucedido. Vienen a verte incrédulos desde otras casas, desde otras vidas. Quiero hablarte, decirte que no sé qué ha pasado, pero no puedo pronunciar palabras, solo rezumar blanca y pegajosa resina que resbala por mi tronco a tu suelo. Otros esfuerzos intentan comunicar contigo, pero sólo consigo enderezar mis raíces que de puro grito reventarán tu caja. Reventarán tu casa para reunirme contigo.

J.E.

lunes 23 de junio de 2008

Detener el viento


Era la primera vez que alquilaba una de las habitaciones de mi casa. Me sentía sólo e inseguro desde que mi novia me abandonó. Me acusó de no quererla lo suficiente y de no responder a sus necesidades sexuales. Su último estoque, preguntar si no me había planteado que, a lo mejor, lo mío eran los hombres y no me había dado cuenta me dejó confuso. La falta de carácter para tomar decisiones drásticas, la propensión a dejarme llevar por las circunstancias de la vida sin ofrecer resistencia, y una desafortunada inapetencia de sexo no me convertían en homosexual. Y aunque pensaba y casi estaba seguro de que no era así, la verdad, es que nunca me había planteado esta cuestión. A lo mejor hasta tenía razón ella y yo no lo sabía. Empecé a dudar, y a mirar con recelo a los hombres y mujeres con los que trataba a diario, y a preguntarme si me gustaría iniciar una relación con cualquiera de ellos. Esto influyó también a la hora de elegir a mi nuevo inquilino.

Al anuncio que puse se presentaron dos personas. Una mujer guapa y agradable con la que me atemoricé y no me sentí cómodo. Y un hombre de mirada esquiva y evidente timidez que me agradó nada más verlo y decidí alquilárselo a él. Parecía tan indefenso como yo y su forma de hablar captó mi atención de inmediato. Según él, practicaba la indiferencia para no verse sorprendido por los acontecimientos. Decía que era una actitud premeditada y aprendida que daba sus frutos, la mayoría de la gente se agotaba siempre antes de poder provocarle el menor daño. Me daba mucho que pensar todas esas cosas que decía y solía sacarme de ese universo de gente corriente y vulgar que era el mío donde yo no era nadie y los demás tampoco. El trabajo y mi casa. Mi casa y el trabajo. Los fines de semana, descanso. Después, otra vez igual. Siempre lo mismo. Se estableció entre nosotros una dependencia poco habitual. Él siempre estaba en casa, practicaba el arte de no hacer nada o de crear, que para el común de los mortales era lo mismo. De todas formas, yo sabía que no era lo que cotidianamente se pueda entender por una persona normal, no podía imaginar de donde sacaba el dinero para pagarme, ni siquiera le había preguntado a qué se dedicaba, pero no importaba, sólo sentía que necesitaba estar a su lado, cada vez por más tiempo. ¿Había comenzado mi homosexualidad?, no porque no lo deseaba sexualmente, pero en mí obraron demasiados cambios como para quedarme tranquilo. Primero comencé llegando tarde a trabajar, después dejé de rendir en el trabajo. Finalmente terminé por no presentarme y me despidieron. A partir de ahí entré en la espiral del inquilino. La gente me hablaba y no podía retener nada de lo que decían, sólo podía pensar en lo que me contaba él. Experimentar con las cosas que me enseñaba. Era un tipo tan raro y especial, era alguien sin ser nadie y yo tenía que aprender eso, quería ser así. Su mirada transparente y su aspecto de niño me enternecían sin saber por qué. Había en él ausencias, períodos en los que no estaba conmigo aunque estuviese a su lado, en los que le hablaba y su rostro quedaba impasible hasta que mucho más tarde respondía a aquello de lo que ni siquiera recordaba haberle preguntado.
Me pidió permiso para escribir en la pared de su habitación frases y normas que había decidido imponerse día a día. Era un poeta enfermo de su propia poesía. Su excentricidad me divertía y a veces me exasperaba pero me gustaba tanto estar con él, hasta llegué a pensar que me estaba enamorando y que la teoría de mi exnovia comenzaba a ser real.
Pegado a su ordenador y a las paredes en las que se definía, andaba obsesionado con la climatología, los cambios atmosféricos y la transmigración de las almas. Decía que él no existía, que era viento y que cuando se marchase no debía intentar retenerlo. Yo no lo entendía pero asentía con placer a todas sus extravagancias.

Un día de mucho viento me dijo: “hoy me siento extraño, lo huelo en el aire” y sin despedirse ni decir nada más se marchó. Desde entonces no he vuelto a saber de él. Lo único que hago ahora es leer y releer lo último que escribió antes de marcharse.

“Esta madrugada el viento amaneció herido, corrió desesperado hacia todas partes, en todas direcciones, enloqueció árboles, atravesó la ciudad y llegó hasta aquí. Sabía que me buscaría, siempre lo hace. Entró y salió con brusquedad dando alaridos de perturbado, bramando mi nombre entre silbidos diabólicos hasta que me ha encontrado.
Esté donde esté siempre me encuentra, pero esta vez no quería que lo hiciese. Lo he esperado escondido bajo las sábanas, con la almohada cubriéndome la cabeza para no escucharlo, sabía que en cuanto lo oyera, ocuparía mi alma como tantas otras veces”.

Vuelvo a estar sólo. Cada día en la pared de mí habitación escribo: “no puedo detener el viento”, y entonces me siento él, me siento alguien…
J.E.

jueves 19 de junio de 2008

El tercer brazo


Así se llamaba aquel bar. El Tercer Brazo. Me atrajo su nombre porque tenía que ver conmigo, con algo escondido a lo que me había familiarizado a fuerza de años y costumbre. Un brazo secreto. Un brazo fantasma que operaba en una dimensión indetectable. Desde que yo pueda recordar lo había sentido así, pegado a mí como una protuberancia que saliera de mi pecho.
Aquella extraña sensación me había perseguido siempre y fue la desencadenante de una serie de viajes estrambótico extravagantes por los rincones más ignotos del país. Con tan sólo diez años había visitado tantos especialistas en medicina tradicional, holística, naturistas, iridólogos, parapsicólogos y chamanes como mi madre pudo reunir en todo el perímetro nacional, y no llegó al extranjero por falta de medios y de idioma. Me convertí en un pequeño freak pero entonces aún no lo sabía. Cuantos médicos consultamos coincidieron en lo mismo. Mi caso no era aislado pero sí poco habitual. No lograban explicarse un miembro falso en alguien tan pequeño y que pudiese presentar los mismos síntomas que padecían los adultos con miembros amputados. Es carne de psiquiatra, vaticinaron la mayoría, pero mi madre odiaba esa disciplina y se negó en rotundo a que visitara correctores o normalizadores urbanos como ella los llamaba. No, eso nunca. Así que nunca conseguimos un diagnóstico claro y yo continué creciendo con mis dos brazos de carne y hueso, y ese otro apéndice incierto tan real como los dos anteriores.
Encontrarme aquel bar fue una premonición más que una casualidad. Intuía que tenía que ser por algo y de hecho fue así. Yo también tenía aquello a lo que el nombre hacía referencia. La gente no lo veía ni yo tampoco, pero existía en cualquiera de mis actos. A veces, mientras los brazos visibles me humillaban y gesticulaban en un ademán de “lo siento”, el otro brazo, el que yo sentía desplegarse desde mi pecho levantaba el puño más rebelde. En cambio, en otras ocasiones, mis brazos pedían guerra, y era él, el fantasma, el que terminaba apaciguándome.

Desde que lo atravesé por primera vez, “El Tercer Brazo” se había convertido en el cuartel general de mis noches por la fauna que entre el atardecer y el crepúsculo se arremolinaba en él. Era como coger el mando de la televisión y pasar muy deprisa imágenes de cuantos canales se estuviesen emitiendo. Todos mezclados daban como resultado un Zapping surrealista del que no se podía salir, de hecho, era apodado así por algunos de los clientes y también con el sobrenombre de túnel por lo inesperado e imprevisible que podía resultar cada momento en aquél lugar y los distintos giros que daban las noches allí metido.
El procedimiento era el siguiente. Llegar, pedir en la barra y saludar a los incondicionales. Escanear personajes nuevos y dirigir a la vez la mirada hacia las mesas que según la hora podían estar desiertas. Después, sentarse en el caso de que esto fuera posible, y colocar estratégicamente una silla vacía al lado. Esperar. A partir de ahí el espectáculo estaba servido, los personajes irían sentándose unos tras otros a lo largo de la noche. Gente sin profesión conocida, opositores perpetuos, diseñadores, bailarines, actores, atrezzistas, funcionarios, técnicos de televisión, peluqueros, djs japoneses, y hasta un saltimbanqui chileno de los que visitan cualquier país menos el suyo. Pero las reinas de la noche, las auténticas protagonistas, eran dos hermanas que solían llegar casi a la vez y que a su primer contacto con el alcohol enloquecían y quedaban poseídas por espíritus extraños, a veces extraterrestres, y otras veces tan terrestres, que sentías lástima por ellas aunque no podías dejar de disfrutar con tanta confusión. Junto a todos ellos, el equipo de camareros hacía honor a aquél que los había elegido. El dueño. El personaje entre los personajes. Ese que llegó a conseguir que me sintiese normal por primera. Aquel bar fue encontrar un brazo gemelo a mi tercer brazo pero todavía no sabía muy bien por qué.
El mundo quedaba detenido fuera, y esa otra sociedad de la que yo formaba parte y que sólo existía dentro de aquel local me había atrapado sin darme cuenta y sin vuelta atrás. Y fue allí, a puerta cerrada, una noche cualquiera, cuando el dueño del local me dio la clave del enigma que llevaba atormentándome tanto tiempo. Me dijo que yo no era yo y que nunca lo había sido. Que él no era él, ni los otros los otros. Que me estaban esperando como todavía esperaban a muchos más. Entonces lo comprendí. Todos tenían un miembro fantasma como yo, y conmigo, aún no se había cerrado el ciclo.
J.E.

lunes 16 de junio de 2008

Lo dicen las escrituras


Una mujer camina por la avenida de una gran ciudad, sus pasos se aceleran cada vez más, presiente que la persiguen pero no está segura, no se atreve a mirar hacia atrás así que con el corazón acelerado y sin aliento se ve corriendo calle abajo.

Ya está. Lo ha hecho desaparecer. Hace un par de horas lo ha expulsado, pero no podrá deshacerse de él tan fácilmente, por dentro no, su otro yo, ese que odia tanto y del que nunca puede deshacerse le dice que no debería haberlo hecho, no para de gritar, no la deja en paz. Es un secreto que ni siquiera podrá confesar a su esposo, el más grande de los esposos.
Desacelera el paso, ya no puede correr, se ha levantado un viento huracanado repentino, como una señal, como un presagio del castigo que puede caerle encima. La ira del que todo lo ve no es cualquier cosa. Hace tanto aire que sus pasos se vuelven en contra, tiene la sensación de andar del revés, con el cuerpo delante y los pies detrás. La calle es un tornado de polvo, bolsas de plástico, hojas secas y ramas de árbol caído. Silbidos, resonancias y golpes se alternan. Exterior, interior. Calle, conciencia. Conciencia, calle. Pero, ¿qué otra alternativa quedaba?, o eso, o renunciar para siempre al camino elegido, al camino de los elegidos, al buen camino.

La manifestación a la que acudía por autoimpuesta responsabilidad quedaba a dos manzanas y ahora sí que tendría que echar mano de todos sus recursos. Debía cambiarse de ropa cuanto antes. Le habían recomendado llevara los hábitos puestos. La ocasión lo requería. Qué no hacer para devolver el rebaño al redil, para que las ovejas descarriadas encontraran de nuevo la tierra prometida, para que el hijo pródigo regresase. ¿Era ella digna de tal misión? Sí, siempre había cumplido con todo excepto aquel día en que no entiende aún qué pudo ocurrirle, y lo de hoy…, pero lo de hoy, no cuenta, nadie lo sabe, nadie debe saberlo, y lo que no se conoce no existe. ¡Que Dios aleje de mí este cáliz!

Continuó su perorata mientras se desnudaba en los aseos de un bar concurrido y cercano a la plaza donde la esperaba esa gran y representadora manifestación. Guardó su ropa de pecado en la bolsa que con manos temblorosas preparó a conciencia y salió como alma que lleva el diablo hacia su cita con la cúpula eclesial, a estas horas ya debían haber iniciado el recorrido. Con el hábito se sentía mejor, era como si nada hubiese pasado, la apartaba de la realidad, de cualquier realidad que no fuera su fe. El aire se enredaba entre sus pies y su túnica sagrada, entre su toca y su cabeza llena de apelmazados pensamientos. Todos los elementos terrenales se habían vuelto contra ella, tropezó varias veces y a punto estuvo de caerse otras cuantas, los remolinos de polvo y la basura flotaban en el aire desprendiendo partículas que la obligaban a cerrar los ojos, o a entornarlos tanto que sólo podía intuir lo que tenía justo enfrente.
Su nerviosismo se incrementó cuando oyó los gritos de los manifestantes, ya estaba casi al lado, le dolían las entrañas, la cara le ardía y presentía una hemorragia en esa parte de su cuerpo que no debería haber compartido con nadie pero que a estas alturas no podía estar más ultrajada. Aún así prosiguió su camino combatiéndolo todo, sobreponiéndose a cualquier obstáculo, como los mártires echados a los leones, nadie debía sospechar, en la clínica le habían asegurado intimidad, privacidad, la imposibilidad de que su acto quedase aireado. Era como un secreto de confesión, el juramento de Hipócrates. Además, nadie había alegado objeción de conciencia para practicarle lo que le habían practicado, para sacarla de ese apuro. De lo contrario, su vida se hubiese ido al traste, se hubiese roto. Ella no era como cualquier mujer mundana de esas que se deshacen de los hijos por egoísmo, no, lo suyo era diferente, había elegido este camino desde muy joven, había profesado la fe para ayudar a los demás, de eso se trataba, si tuviese un hijo la expulsarían de la congregación y además, flaco favor haría a la credibilidad de la causa, ¿cómo podría propagarse con este mal ejemplo la verdad de Dios?

Bajó de la acera y dando un traspié cayó al suelo, con su hábito, su toca, su inmoralidad a cuestas, su miedo, su indefensión y su miseria. Presintió que algo malo iba a pasarle, miró hacia arriba con temor y vio un balcón del que colgaba una pancarta, por un momento se tranquilizó: “en defensa de la familia cristiana”, rezaba el cartel, y no pudo leer más porque de repente se vio atrapada entre esas mismas palabras, el aire había arrancado el letrero, se había pegado a su rostro y no la dejaba respirar.
J.E.