Neradas

Compartir neros. Istmos de complicidad entre amigos que definen situaciones o personas según el momento.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.

J.E.

jueves, 31 de julio de 2008

El coleccionista de llaves



Cuando ella le había preguntado que de qué quería el cuento, él no supo qué contestar, levantó los hombros y con un movimiento de cabeza le devolvió la pregunta. La inventora de cuentos había insistido en que necesitaba un título para arrancar, y él contestó, que qué cuento sobre él escribiría si no estuviesen hablando, que qué se le hubiese ocurrido si al verlo montar su tenderete de llaves hubiese tenido una inspiración. La cuentista reflexionó unos segundos para decir: "Impenetrable. Así lo titularía yo". Pensó que se trataba de un juego y empezó a divertirle elucubrar. Miró hacia sus llaves y de nuevo a su cara inexpresiva, y continuó: "Era una gran puerta sin cerradura. Nadie podía abrir aquella enorme puerta cerrada hacia ya tantos, tantos años... ¿Entró allí de niño?, costaba creer que alguna vez lo fuera... Fue encerrado allí por maldad propia, o quizá del encerrador que se ocupó de que no pudiese salir por sí mismo..., qué más daba, el caso es que estaba encerrado... Y en ese encierro, fue capaz de liberar su mente... Había objetos dentro de aquél espacio cerrado... Otorgó a los objetos vida propia para sentirse acompañado... Se comunicaba con ellos... Se rebeló contra sí mismo y su situación, se autolesionó hasta ser liberado... Le fabricaron una cerradura y una llave que no encajó... Echaron la puerta abajo a base de golpes..." -En fin, podría hacerle un cuento a base de títulos que se me ocurren uno tras otro sin poder continuar, -dijo ella cogiendo su bloc para empezar a escribir. -Esa inaccesibilidad suya no motiva a inventar sino a investigar sobre usted. Así que de momento va a ser un cuento hecho de comienzos. ¿Le parece bien?"...
El coleccionista de llaves vivía en el barrio de la ciudad más alejado del centro, allí donde terminaban las casas y comenzaba la autopista, de hecho su vivienda, daba por delante a esa gran carretera y por detrás a las vías de un tren de cercanías y a los grandes recintos de fábricas modernas totalmente acristaladas. En aquél lugar se sentía feliz: Era barato, alejado de la gente, y con muchas vías de escape para unos ojos cansados de ver ya demasiadas cosas.
¿Desde cuando coleccionaba llaves?, pensó mientras llegaba a casa. Ya ni lo recordaba. Estaban ahí desde siempre. En los juguetes, en el colegio. ¡Anda que no robó llaves en el colegio!: De las clases, de las taquillas, del patio, de la sacristía, del gimnasio. Siempre al acecho. Siempre en horas de comedor. Siempre en solitario, y siempre a escondidas. ¿Desarrolló eso en él su personalidad futura?, o ¿su personalidad de entonces desarrolló esta afición que lo condujo a esta vida de ahora? No sabía. No sabía por qué algo tiraba de él todas las madrugadas y rastreaba rastros en busca de tesoros que seguramente habrían sido robados, y en esos puestos cochambrosos de su ciudad, o de la que estuviese cuando estaba de viaje, se perdía tranquilamente antes de empezar a hacer cualquier otra cosa. Los rastros. Merodear. Incluso pasear por las calles buscando objetos en el suelo. En los suelos de las calles había encontrado muchas de esas llaves que lo acompañaban a todas partes. Mirarse los pies, mirar hacia abajo, siempre daba sus frutos. Hasta dinero, pero por más dinero que en ocasiones hubiera podido encontrar, nada le producía más placer que descubrir una de aquellas llaves perdidas, cualquiera de esas llaves que eran ya un sinónimo de él mismo. Y en esta tarde calurosa en la que caminaba hacia su casa llevaba dos tesoros en el bolsillo: Una nueva llave de candado de maleta, o caja fuerte. Y un cuento que le había escrito una mengana nueva en el mercadillo en cuyo extraño tenderete decía vender sueños. Cuentos instantáneos a un euro.

miércoles, 30 de julio de 2008

Una carta imaginaria


Es lógico que uno se alimente de lo que sabe le va a sentar bien y elimine lo que pueda hacerle daño. Excepto, claro, cuando se trata del hombre del sombrero. Él sabe lo que le hace bien, y lo que no debería…, pero siempre elige lo contrario a esa lógica rotunda. En una calle que no conoce ha descubierto unos buzones abandonados que todavía conservan su estructura original, esa que tanto le atrae: a medio camino entre un cajón de oficina donde se archivan cartas o documentos ya leídos, y la hilera de huchas mágicas que preceden a las casas, y que en vez de monedas, contienen sorpresas de papel aguardando silenciosas ser abiertas por sus dueños. Asomándose de puntillas, el hombre del sombrero, ha podido comprobar que estos buzones indigentes de calle solitaria todavía reciben la visita del cartero, y le ha fascinado tanto, que en ellos piensa establecer su nueva dirección postal. No sabe para qué, porque no sabe quién le escribirá, y ya no espera nada de nada, ni de nadie, pero a veces, le gusta jugar al absurdo, provocar cosas inesperadas, inventarle vida a los objetos. Por eso, en estos casilleros asidos a una pared absurda, ha colocado su nombre para pasar por ahí de vez en cuando, para ver si recibe algo, para esperar una carta imaginaria que sólo por serlo, intuye podría materializarse...

martes, 29 de julio de 2008

Tarde de verano


Estío, verano urbano, asfalto ardiente, calina irrespirable, aire turbio de ventilador en cualquiera de sus revoluciones. Paredes que escuchan, ventanas que hablan desde fachadas cansadas, cortinas que en morse secreto bailan mensajes sigilosos. Todo quema. Ancianos que riegan macetas artificiales, iglesias tristes de ojos azules, verdes y amarillos vigilan tejados de patio de colegio vacío. Palomas que disputan un palmo de agua a ras de suelo y sobras de almuerzos callejeros. Árboles quietos de tarde de julio en la que nada se mueve. Y uno, pegado a su balcón es calor y es verano. Una palmera mira desde arriba con hojas caídas señoras que tienden ropa seca. Calma chicha de fin de mes que envuelve. Sopor de siesta entre tabiques desconchados de edificio de segunda, y mientras tanto...
Se espera el invierno. Se espera un viaje. Se espera una paga. Se espera no se sabe qué. Se espera lo que ya no se espera. Y en esa espera, dejando vagar la mente, pasa esa estación en que todas las cosas quedan detenidas.

lunes, 28 de julio de 2008

Amor de elefante marino


El jueves era el día de mercado en el arrabal. La chica que no esperaba a nadie montó su tenderete de cuentos en el último puesto del mercadillo. Allí, junto a un tipo extraño cuyo producto no dejaba de ser tan extravagante como el de ella. Eso le dio ánimo. ¡Llaves! ¡Ese hombre vendía llaves amontonadas en cajones de oficina! ¿Quién querría llaves? - Son para coleccionistas como yo-, dijo él adivinándole el pensamiento. Era un tipo de mediana edad, inclasificable, que apenas hablaba, y que ni siquiera se molestó en preguntar por qué vendía ella cuentos que quizá no interesarían a nadie. Parecía un personaje de ficción de los que matan sólo con entrar en la mente del adversario, carecía de movimientos. Sólo fumaba, y observaba sin pestañear cualquier actividad a su alrededor ya fuera de persona, animal, o cosa. Se sintió cómoda a su lado. Y entre su distraída disertación, y el gentío que merodeaba por allí, no advirtió que había llegado su primer cliente. Tenía unos diez años rubicundos y miopes, apocamiento, y torpeza de niño acomplejado. Sonriendo tímidamente desde su gordura, y bajando la vista avergonzado hacia el euro que llevaba en la mano, intentaba conseguir esa historia particular que prometía el cartel de la cuentista. Se giraba inseguro hacia el grupo de chiquillos que, con carteras en el suelo, esperaban expectantes, a empujones, la equivocación idiota de su pobre compañero. Lo habían enviado como cobaya hacia algo, de lo que por ser atípico, desconfiaban.
Con voz apenas audible, el chaval dijo:
-¡Amor de elefante marino!, por favor.
-¿Amor de elefante marino es el cuento que quieres?, - preguntó ella recogiendo el euro de su mano.
- Sí, -dijo el niño con una sonrisa que la traspasó.
- Pues claro que sí, -respondió ilusionada. -Vas a ser mi primer cliente-, y comenzó a escribir...
"En la Patagonia, había un lugar llamado Tierra de Fuego, y como estaba en la puntita de la bola del mundo, pues también lo llamaban El Fin del Mundo. Allí, en ese hermoso lugar, nació un elefante sin orejas ni trompa, con bigotes, y patas muy, muy cortas, tan cortas, que cada vez que tenía que desplazarse debía arrastrar su pesada barriga por el suelo y bramar como un ogro para lograrlo. Estaba muy triste porque quería haber nacido en otro lugar, y con otro aspecto. Siempre le faltaba algo para ser feliz. Todas las mañanas lloraba tumbado en una preciosa playa donde se sentía sólo y abandonado, y en su tristeza soñaba selvas lejanas donde otros elefantes más afortunados, transportarían pasajeros en el lomo con sus robustas patas, se rociarían de agua la cabeza con sus enormes trompas, y se espantarían las moscas con sus grandiosas orejas. A su lado una pingüina recién llegada de las profundidades del mar, cansada de tanto nadar, y tan falta de atributos selváticos como él, lo miraba escandalizada. No entendía por qué ese elefante tonto lloraba tanto, y se quejaba de cosas estúpidas que nunca llegaría a tener con esa suerte de paraje, en el que él, podía quedarse casi todo el año sin tener que andar de aquí para allá como ella. La playa donde vivía era tan bonita: el mar siempre estaba tranquilo, peces voladores, gaviotas y focas jugaban con él, de vez en cuando venían las ballenas, y en otras épocas llegaban ellos, los pingüinos, y además, los cormoranes de esas tierras eran los amigos más divertidos del mundo, no paraban de apelotonarse para hacer dibujos y figuras en las rocas. -¿De qué te quejas?,- le preguntó un día. -Tú eres un elefante marino, ¿para qué quieres estar en la selva?, ¿de verdad te gustaría tanto? Conozco sirenas que te concederían esos deseos. ¿Quieres que vayamos a verlas?, yo te dirigiré, pero ¡cuidado!, una vez consigas lo que quieres, a lo mejor no te gusta como pensabas, y no podrás volver atrás. Él aceptó y ambos partieron a las profundidades del océano. Por el camino visitaron caballitos y estrellas de mar, ostras y caracolas, delfines, algas, y corales hasta que por una gruta escondida llegaron a un paraje en la superficie. Rodeadas de dunas altísimas multitud de sirenas retozaban secándose al Sol. El elefante marino sonrió emocionado.
-Nunca habías entrado al mar, ¿verdad?, - le dijo la sirena hechicera. -¿Por qué si es tu hábitat no lo has explorado? ¿Estás seguro de que lo que deseas es lo que quieres? Pues hágase.
Inmediatamente le crecieron una trompa larguísima, unas orejas enormes, y unas patas descomunales. Ahora era un elefante mutado, con rasgos como los demás, pero con unos enormes ojos gris metálico que dejaban absolutamente intrigados a cuantos hombres lo miraban. La tristeza que habitaba en ellos venía de las profundidades del mar. Y en aquellas tierras selváticas a las que se vio trasladado nunca habían visto el mar, y por eso todos querían quedarse con él. Desde entonces, no paraba de hacer viajes del bosque a la ciudad con troncos enormes atados a su lomo, y al ritmo del látigo de esos hombres que soñaban, como él, con enormes playas plagadas de elefantes marinos, ballenas y pingüinos que nadaban a sus anchas bajo las aguas del Fin del Mundo."

El niño corrió feliz agitando el cuento hacia sus compañeros. El coleccionista de llaves se volvió hacia su compañera, y sacando un euro de su caja, le pidió otro cuento para él.

viernes, 25 de julio de 2008

La llamada


Entrar en sus ojos, pupilas que abrazan con sólo mirarlas, mezquitas que atrapan en un muecín de Damasco a El Cairo, de Marruecos a Bagdad. Volar en la alfombra mágica que ellos extienden y quedarse, quedar preso en tela de araña tejida con minaretes, bazares, harenes, jardines del Edén, genios y lámparas maravillosas. Y, sin embargo, querer despegar, bajar, volar del revés, volver, recuperar, y aunque grites, supliques y enloquezcas, saber que nada podrá ya salvarte.

jueves, 24 de julio de 2008

Nido de abejas


A la muerte de una abeja reina...
Anida tu ausencia de muerte en el alma. Amanece como pequeño zumbido y avanza en manto espeso que lo cubre todo. Se escucha, duele, se duplica si no haces nada. Hueco que usurpa ahora un extraño, un fantasma de ti. La resaca explota el cerebro y se acerca al exterior, escucha tras la puerta de la memoria, abre una rendija y se cuelan recuerdos despistados, acechantes, detenidos. Cierra aterrada, atrapada en escombros rememorados una y otra vez hasta quedar convertidos en arena. Los espacios deshabitados se vuelven locos, y enjaulados en los muros de la cabeza se multiplican. Las imágenes, abejas suicidas contra paredes de cristal, emboscadas con forma de salida, concierto de zumbidos que aumentan la confusión. Habrá que esperar el anochecer. En la noche todo se ahoga en la oscuridad...


miércoles, 23 de julio de 2008

Por los arrabales


La chica que no esperaba a nadie, en su afán por perderse sin rumbo buscando algún espacio donde llevar a cabo su propósito, insistía en visitar lugares siniestros del extrarradio de la ciudad. Quería atrapar con objetivo de fotógrafo, con minuciosidad de orfebre, y con una mente abierta a la casualidad y la sorpresa, un lugar que le dijese: aquí es.
Atardecía cuando apareció en una esquina la sombra de un sombrero. Atravesó con rapidez la calle. En su huida, la persiguieron ladridos de perro, tropezó con niños de ojos turbios, hombres de mirada adversa y odio amontonado, mujeres de manos agrietadas y semblante huraño, ancianos esquivos que se daban la vuelta y la observaban con curiosidad. Luego se perdió dos manzanas más abajo, y fuera del desconcierto, entre el gentío de una calle principal iluminada y repleta de terrazas, pensó que había encontrado lo que andaba buscando. Allí sería. Allí vendería sus cuentos. Cuentos instantáneos a un simple euro. Cuentos de sastre: a la medida. Cuentos callejeros. Ya lo veía. Dígame una frase y le construiré su propio cuento. Ábrase a su séptimo sentido. Salga por un momento de la realidad; como los parlanchines de antaño, vendería crecepelo y alargavidas hechos de palabras. En cada mercadillo, en cada feria, junto a una tómbola o al tren de la bruja. Así sería. Vendería ilusiones y sueños rebozados en barro, entre algodones rosas, palomitas de maíz o manzanas azucaradas, entre sombras de vidas ávidas de cuentos celestes. ¿Una desfachatez?, ¿un disparate?, bueno, se arriesgaría, ¿para qué si no haber puesto boca abajo toda su vida?, si no funcionaba, recogería el tenderete y pensaría en otra cosa.
Se sentó en una terraza de los bares que bordeaban la acera. Al lado, en otra mesa, un hombre se sorprendió al verla, ¿de qué la conocía?. Le llamó la atención el bloc de dibujo que llevaba en la mano y que depositó sobre la mesa mientras pedía un café. La observó. Sentía gran curiosidad por lo que podría dibujar aquella chica desgarbada y ausente. ¡Ah!, ¡claro!, ahora lo recordaba, la dibujó una vez en la barra del bar Futuro. Pero, ¿qué estaba haciendo?, ¡no dibujaba!, ¡usaba el bloc para escribir!, y además, a una velocidad que lo dejó doblemente pasmado. Se asomó por encima del hombro concentrado en la mano urgente, y alcanzó a leer: "Estoy segura. Lo he visto, Era él. Era aquél hombre de la barra del "Futuro". Aquél solitario azul entre el humo del tabaco, el que insistentemente me buscaba la mirada aquella noche, aquella noche en la que yo no podía mirar a nadie. Ese sombrero..., esa cara... No, no quiero encuentros, ni reencuentros. No sabría qué hacer con ese sombrero de hombre …".
El dibujante no cabía en su extrañeza, al hombre del sombrero también lo había dibujado él. ¡Ella estaba escribiendo sobre otro personaje que él había dibujado en el "Futuro"! ¡Esos personajes de papel habían cobrado vida propia!

martes, 22 de julio de 2008

PROYECTando


“Conseguiré vivir de ello, sin atarme a ningún sitio, sin nadie que me dirija. Hoy escribiré aquí, y mañana allí, y en cualquier punto seré capaz de producir lo suficiente para no apartarme del sistema, pero tampoco para zambullirme en él. Lo haré en paralelo, a mi aire.”
La chica que no esperaba a nadie, no dejaba de proyectar. Montaré un tenderete cada vez dónde me plazca y lo dedicaré a la escritura espontánea. Relatos a la carta, o por encargo, o al momento. “Dadme un argumento y lo haré realidad”.
Piensa pedir una pequeña cantidad por cada cuartilla personalizada. Quiere desprenderse de todo, hasta de lo que escribe. Nunca volverá a leer sus textos, los entregará al peticionario, y éste se marchará para siempre con un trozo de ella misma que dejará ir sin más.
Los días que recoja lo suficiente, se alojará en un hotel; los que no, dormirá a la intemperie, en algún parque o jardín, en algún lugar que le ofrezca la posibilidad de relacionarse con personas diferentes. Ya está, esto le parece un buen comienzo.
Dejar correr la escritura, no guardarla, no necesitarla; dejarla ir en manos de otros. Generosidad y libertad. No volverá a atarse. Ni siquiera a su única vocación…

lunes, 21 de julio de 2008

El primo Antonio


Murió el primo Antonio, y con él un trocito de cada uno de nosotros, su familia de tierra firme. Nunca olvidaré aquellas fabulosas aventuras que contaba del mar, y de los hombres del mar. Era marino mercante, y en cada una de sus visitas venía cargado de extraños y exóticos regalos. Cuando se marchaba, el efecto de sus palabras permanecía en mí durante mucho tiempo, cogía mi gran atlas y buscaba aquellos poblados donde las rodajas de merluza eran serpientes de mar; se comían ratas y gatos como exquisitos manjares; sirenas de hipnóticos cánticos atraían marineros para devorarlos; tiburones atracaban barcos, y otras cosas por el estilo: Guinea, Madagascar, Indochina, Polinesia, Tanzania o Tanganika se convirtieron en paraísos secretos que yo visitaba subida a mi cama, convertida en un flamante navío durante las tediosas tardes de siesta veraniega. De las historias que me contó y que yo redondeé con el paso de los años, me viene a la cabeza la que, casi siempre, era el disparador de las demás, y que reproduzco cada vez que pienso en él...
"Una noche en la que navegaban perdidos en un mar interminable, divisaron una costa, y en ella una luz sobrenatural. Conforme se acercaban quedaron extasiados por unas extrañas figuras que flotando en el aire bailaban una singular danza en la cima de aquel resplandor. Eran fantasmas de humo agitándose en la oscuridad. Al amanecer, y siguiendo el halo mágico de aquellas siluetas apenas ya perceptibles en el cielo, llegaron a un poblado perdido de la gran isla de Madagascar.
Encontraron allí una tribu de las que no se recuerda el nombre, pero que en lengua original significa (los que no se cortan el pelo). Hombres y mujeres lucían melenas increíblemente largas con las que quedaban prácticamente vestidos, cubrían además sus cuerpos con pesados collares de metal, caracolas, plumas multicolores y cintas de telas brillantes y llamativas. Eran muy felices, siempre sonreían excepto cuando luchaban contra sus enemigos o llegaban extranjeros a la isla. Por ello, costó mucho convencerles de que no ocurriría nada malo con la presencia de los recién llegados. Finalmente, los dejaron quedarse unos días mientras recuperaban fuerzas tras su larga travesía.
Al atardecer, el jefe de la tribu convocó al poblado en una gran hoguera, las sombras de la noche anterior volvieron a danzar en silencio por encima del fuego, y la isla quedó atrapada en segundos por esa luz misteriosa que dan las llamas a la oscuridad. Inquietos y algo asustados los recién llegados imitaron a los demás sentándose alrededor de la enorme fogata. Primero rindieron culto a los antepasados, después dieron cuenta de una suculenta cena a base de pescados, carne de tortuga, y voluminosos frutos del árbol del pan. Más tarde, cuando todos estaban sedientos de oír los relatos extraordinarios de aquella noche, el Jefe decidió contarles la gran historia, la que había sucedido en ese mismo lugar hacía ya muchos, muchos, años."
Pero esto ya sería otra historia...
Los hombres se le mueren a los cuentos, pero no así los cuentos a los hombres. Vaya esta historia en honor de aquél marino mercante del puerto del mundo, que llenó mi vida de sueños.

viernes, 18 de julio de 2008

El peso de la ley


Lo habían atracado, y se refugió en su coche. ¡Policía!, gritó. Un peso descomunal lo sacó por los hombros, cayó sobre él precipitándolo al suelo, y allí mismo le colocó unas esposas y le exigió una documentación que nunca conseguiría.

jueves, 17 de julio de 2008

El viento vuelve a soplar


Cuando la brisa de la tarde anuncie que el viento esta llegando a la ciudad, el huracán no tardará en aparecer. Las casas hablarán por sus grietas, los tejados se descoyuntarán, las antenas, arrancadas de raíz, dejarán de emitir ondas, la ropa huirá de los tendederos, los árboles azotarán ramas y pájaros al vacío. Las voces subterráneas susurrarán mi nombre. Me vendrán a buscar...
El escultor de espectros, pensó que su nuevo inquilino bromeaba al pronunciar aquellas palabras. Se había identificado como poeta, y le había pedido que le dejara escribir sus versos en la pared. Nada serio. Una excentricidad como otra cualquiera. Lo que no pudo intuir en aquél momento es que esa sentencia se cumpliría, y que llegaría a dolerle tanto.
Una mañana se levantó inquieto, paseaba por el estudio de pared a pared con sensación de encierro. No podía terminar su obra, sentía que ésta, se hacía y deshacía a solas, sin control de sus manos, y tuvo miedo. El poeta se lo había advertido, pero él no quiso creerle, pensó que citaba pasajes odiseicos y que metaforeaba a Penélope, sin embargo, ahora rememoraba una a una aquellas palabras...

Ha Cerrado todas las ventanas. El viento zarandea los cristales, y asoma enloquecido por cada ranura, chilla en cada rincón. No se dará por vencido. Corre a la habitación. Ya es tarde. El poeta ha desaparecido. Sólo en la pared, como siempre, ha dejado su huella:

"Y recuerda atenazando temores lejanos, que el lado agrietado de la existencia, sólo es un lado, y que imprime hoy dolor, y mañana huellas de furor convulso que arrastrarán a cada paso el pasado, y sólo borrarán lo sucio, cuando arrase la marea y el viento vuelva a soplar".

miércoles, 16 de julio de 2008

Vagabundeando


El hombre del sombrero sale el último del bar. Una vez en la calle, aspira el frescor nocturno y se siente poeta. Es la ventaja de no ser y no hacer nada. Uno puede elegir. Se es o no se es. Y cuando no se es, no hay imposibles. A eso lo llama él ociosidad de lujo, vacío que en realidad ocupa todo su espacio. Camina iluminado, iluminado es borracho, y borracho compone y se dedica en voz baja y arrastrada, poemas que va inventando por momentos. El paisaje oscila al compás de sus pasos. Guiña un ojo, y después el otro. -Te engaño, -le dice a la Luna-, te veo y no te veo, y cuando no te veo no existes. Yo soy la noche. En los descampados que bordean mi casa, las ratas corretean a su antojo, entre la podredumbre y la maleza, dando gritos agudos. Gritos que estremecerían a otros pero no a mí, ellas forman parte de mi oscuridad y mi lugar. Ellas son la otra cara, el reverso oscuro de ardillas en jardines. El reverso que también soy yo en otros hombres...

lunes, 14 de julio de 2008

Desvinculando


La chica que no esperaba a nadie, apuró su última cerveza, se levantó como pudo apoyando con fuerza los brazos en el mostrador, apretó un pie contra el suelo, luego el otro, y salió del bar tambaleándose camino del hotel. Antes de acostarse, le hubiese gustado escribir sobre los acontecimientos del día, sobre la gente que observó a su alrededor en ese insólito lugar llamado Futuro, sobre el hombre misterioso de la barra, sobre el camarero, sobre tantas cosas…, pero todo le da vueltas, mañana pensará en ello. Mañana paseará por la ciudad como una recién llegada, como si nunca hubiese estado allí, como si acabase de nacer y le hubiese tocado en suerte moverse por esas calles. Mañana será un animal fuera de su jaula, un rehén liberado, un convicto conmutado, una fiera con alma deambulando en busca de cualquier cosa, mañana escribirá, proyectará, pondrá en práctica lo planeado, mañana, mañana, mañana... Enviará las cartas. ¿Enviará las cartas? Sí. ¡Enviará las cartas! No. Bueno, mañana…

Recién levantada, sale a la terraza, observa desde lo alto, despliega su libreta y anota con precisión los movimientos de los viandantes, esas cabezas que se dirigen a alguna parte. Imagina la suya, la suya camina entre ellos, pero sin rumbo. La suya es una madeja, una madeja de lana echa ovillo, un ovillo hecho muñeco, un muñeco encadenado que dará vueltas sobre sí mismo hasta desenrollarse. Mientras escribe piensa, y mientras piensa decide. No, no enviará las cartas. Irá en persona, y además hará alguna extravagancia, algo que no esperen, algo que les haga comprender que no hay vuelta atrás. Se viste sonriendo, se le ha ocurrido una tontería, una gamberrada que…, ¿por qué no?, a partir de ahora, piensa hacer todo lo que quiera hacer. Ha llegado su momento. Empieza la cuenta atrás.

Sale a la calle resuelta. Sus piernas tiemblan bajo el pantalón pero se reafirman en cada paso. Ya sabe dónde va. Su primera parada será en una juguetería. Esto será un juego a partir de ahora, y para eso necesita el gran juguete. La pistola. Una pistola de agua que disparará contra todo aquél que trate de retenerla. Próxima parada, ¿la oficina?, ¿su casa?, jajajajajajaja…

jueves, 10 de julio de 2008

Un sillón bajo las estrellas


Lo encontré allí, tirado junto a un contenedor, frente a una pared grafiteada donde una niña parecía caminar hacia él. Abandonado y solitario, desprendía algo tan familiar. Olía a infancia, a piernas de abuelo, a guiño de la memoria. Lo recogí. Lo abracé por el respaldo para poder llevarlo en peso hasta mi casa. Él protestaba rebelde crujiendo ante la invasión. Era un sillón suicida, arrancado de la muerte y cabreado ante el rescate. Yo notaba su rechazo pero aún así quise hacerlo mío. Limpiarlo, restaurarlo, adoptarlo, y así lo hice. Cerré el boquete que tenía abierto a espuma viva en sus entrañas, pulí sus brazos, engomé sus patas. Sin embargo, seguía teniendo algo dramático de mundo perdido cada vez que me sentaba en él.

miércoles, 9 de julio de 2008

El hombre de la barra y la chica que no esperaba a nadie


Atravesaron la puerta de aquél bar llamado Futuro y dejaron atrás el mundo del que intentaban alejarse todos los días aunque fuera un ratito. Él se acercó al mostrador y cogió una de las cervezas que hoy regalaba la casa en su segundo aniversario. Ella hizo lo mismo. Estaban allí como siempre. Los dos eran habituales pero a distintos horarios. Nunca se habían visto. Cada uno adoptó su lugar, y cada uno desde la esquina opuesta de la barra, miraba al vacío inmerso en sus pensamientos, observando de vez en cuando la algarabía de gente que, sólo por ser gente, odiaban. Ambos eran adictos a las horas solitarias en las que el bar estaba vacío. Uno por la mañana. La otra por la tarde. A ella le hizo gracia el sombrero de él y que estuviese solo en el otro extremo. A él le llamó la atención el aspecto desgarbado de ella y su expresión de asombro al mirar a los demás, parecía no esperar a nadie, complacerse en su soledad. Él siempre pedía una botella de vino, y un vaso de tubo que rellenaba una y otra vez mientras dejaba pasar las horas. Ella siempre pedía cerveza. No hacía nada más. Con la mirada perdida fumaba un par de cigarrillos, agotaba la bebida, y se marchaba. Pero hoy era diferente, hoy estaba nerviosa. Ese estar allí sola, rodeada de gente y a esa hora insólita, le producía un desasosiego distinto al de las tardes habituales. Ahora ya no tenía que dar explicaciones a nadie, ¿o sí?, tan solo hacía un par de horas que había decidido, por fin, desaparecer sin más, ó más bien, que se había dicho a sí misma que se marcharía lejos por una temporada indefinida, para ser más exactos. Todavía llevaba en el bolso las cartas que lo explicarían. ¿Las enviaría, o era una pobre infeliz que tras su quijotada imaginaria volvería mañana a ser la de siempre?, ¿sería hoy otro día más, haría otro amago de independencia a tiempo parcial como de costumbre?. No. Ahora era verdad, era real, su casa se había convertido en un hotel y sus pertenencias se reducían a una maleta. Ahora lo que quería era sentirse así para siempre, sola en la barra de un bar, y además si ese bar se llamaba Futuro, pues mucho mejor.
De pronto le pareció notar que el hombre del sombrero la miraba desde el otro lado. Se removió inquieta en el taburete y sin saber qué hacer, pensó en levantarse hacia los lavabos. Pero para ello, debería pasar justamente detrás de él y, con la gente que se agolpaba a su alrededor… quizá lo rozaría sin querer, tendría que pedirle perdón, y con la disculpa, tendrían que cruzarse las miradas, y ella continuaría hacia el baño, y él la seguiría...
Él hombre del sombrero, desde el otro lado, la miraba fijamente, indiscreto, dudando en si estaría tan borracha como él a juzgar por las cervezas que había bebido. Quizá ella tuviese motivos para hacerlo, no como él, a él se le habían agotado los motivos. Dudaba en acercarse o dejarlo estar. La máquina de tabaco estaba justamente detrás de ella, y con la gente que se agolpaba a su alrededor… quizá la empujaría sin querer, y tendría que disculparse, y para ello tendría que dirigirse a ella, y ella no creería que sólo iba a comprar tabaco, y él por no volver a pasar por el tumulto, acabaría sentado a su lado, y ella lo abordaría...
Ninguno abandonó su puesto, los dos continuaron sentados en sus respectivos taburetes sin dejar de beber.
- Sois mis mejores clientes, ¿sabéis?, - dijo el camarero que hacía rato quería entablar conversación con ellos. Ninguno contestó, se miraron con complicidad de bebedor, y sonrieron. Era la primera vez que el camarero los veía mirarse desde que habían entrado, se entusiasmó. Hacer de celestino era su fuerte. Más tarde brindarían los tres juntos acodados en la barra, y la noche y el alcohol terminarían su trabajo.
Pero en una mesa del interior, un dibujante borraba al camarero, sobraba en la historia de esos dos personajes que meses atrás, y en ocasiones distintas, él había dibujado por separado.

sábado, 5 de julio de 2008

Globalización


La marioneta humana desobedecía los hilos que tiraban de ella para manejarla y así, descompasada, bailaba cuando debía dormir, dormía cuando debía trabajar, y ejercía cada una de sus funciones al revés que las demás, las otras marionetas, las coherentes. Éstas, a pesar de no estar contentas con sus hilos, bailaban y se movían al son de quien dirigiese el espectáculo y así, movidas por esos hilos conductores, agredieron sin piedad a la rebelde reduciéndola a la nada. Con el tiempo, otras rebeldes levantaron un monumento en su honor, y las otras, las coherentes, volvieron a reducir a esas rebeldes, y así sucesivamente, generación tras generación, unas y otras fueron levantando monumentos y destruyéndolos según qué o quién manejara los hilos. Un día se dieron cuenta de que se necesitaban unas a otras para ejercer su rol. Sin coherentes no habría rebeldes, ¿contra quién o qué se iban a rebelar si no? Sin rebeldes, las coherentes no podrían ser represoras, ¿de quién? De esta forma llegaron a la conclusión de que era imposible un entendimiento, y preocupadas por ese mal sin solución, decidieron seguir siendo opresoras u oprimidas según la función que les tocase representar. De otra forma, el teatro dejaría de ser teatro, y la representación perdería su sentido. Al fin y al cabo, todo buen cuento necesitaba vencedores y vencidos, felicidades de unos a costa de otros, comedores de perdices, perdices...

jueves, 3 de julio de 2008

El maravilloso mundo de las cosas perdidas


El coleccionista de llaves recorría países y mercadillos añadiendo nuevos ejemplares a su muestrario de vidas secretas y servidumbres emocionales. Amaba ese universo de objetos con alma que despojados de su función quedaban en una dimensión incomunicada. Ya no abrirían nada nunca, pero en él, amante de lo inservible, esas llaves de cerraduras perdidas latían con vida propia en su interior y llenaban su mundo de pasión y fantasía, dos engaños que lo mantenían entretenido mientras pasaba la vida. Solitarias y perdidas en un cajón desastre, unidas sin piedad por ese dueño caprichoso admirador de la inutilidad, se habían convertido en las llaves de las etapas de su vida, esas que no abrirían las puertas que se habían ido cerrando con el tiempo por siempre jamás, esos espectros de felicidad perdida y felicidad aún por llegar.

miércoles, 2 de julio de 2008

Manías



Un clic y el número de la pantalla que cuelga del techo se adelanta. Es su turno. Camina indeciso hasta sentarse por fin en la mesa cuatro, es el número que lleva en la mano y no puede hacer otra cosa. Odia los números pares, está convencido de que le traen mala suerte, como la ropa gris y las viejas por las que siente un odio indiscreto y constante, reflejado en ellas no puede soportarse. ¿Por qué esta combinación nefasta vieja-cuatro?, podría haberle tocado la rubia de la tres, o el chaval con cara de nada de la cinco, incluso se hubiese conformado con la gorda de la uno, pero no. Había tenido que ser la vieja de la cuatro.

El día anterior confirmó esta teoría una vez más. Sentado en la terraza de un bar lo presintió, presintió que algo feo iba a pasarle y aún no sabía por qué.
"Estate quieto", dijo una voz de mujer anciana detrás de él. No la había visto, se había sentado en la mesa de al lado pegada a su espalda. Sintió pánico, se dio la vuelta pensando que se dirigía a él, pero no, estaba sola. Un momento después, volvió a escucharla: "¿a que hace muy buen día?, ¿ves?, te lo dije, y tú sin querer bajar". Se dio la vuelta de nuevo. No había nadie con ella y pensó que estaba totalmente chiflada. ¡Vieja y loca!, ¡el colmo de la mala suerte!, se dijo cruzando los dedos para que se fuera cuanto antes.

La voz lo atronó de nuevo pero esta vez para pedir un Martini blanco. Se espeluznó. ¡Por favor! ¡Vieja, loca, y borracha! y no podía marcharse, es lo que debía haber hecho, pero esperaba a su compañero que iba a sustituirlo en la oficina y había quedado allí para pasarle información. No tenía modo de escapar. No había más sitio y además su sucesor ya estaba girando la esquina y se dirigía a él con una gran sonrisa alzando la mano en señal de reconocimiento. Todo era inevitable.

- ¿Qué tal?, -dijo sentándose enfrente.
- Bien, bien, más o menos…- contestó él mirando hacia atrás.
- Bueno, ¡cuéntame!, ¿hay mucho curro en tu departamento?
- Pues… Según como se mire. Suele venir gente, pero depende de lo que les digas te irá mejor o peor, a mí ya ves, me trasladan a un despacho sin público, la gente no es lo mío.
- ¿Pero, qué clase de gente es?, ¿qué ha pasado exactamente?, sólo he oído rumores.
- ¡Pesada!, gente muy pesada. La última señora que atendí era una vieja que insistía en que le facilitase una información imposible. Repetía todas mis frases, asentía con la cabeza como si lo entendiese todo y después, cuándo ya creía tenerla convencida de que no podía dirigirse a ningún departamento más, me preguntó, "ya, pero ¿dónde…?", y no la dejé terminar, no podía más, ¿dónde, dónde?, le dije, pues ¡a casa el conde! ¡Ya ves tú!, una tontería como otra cualquiera, y mira, me denunció y de ahí mi traslado. Las viejas me traen mala suerte, ¿no te lo había dicho?
- Qué faena, ¡madre mía!, a mi en cambio se me dan bien, les digo dos tonterías amables y me las llevo al huerto enseguida.
- ¿Has visto a esa que tenemos detrás?, - le dijo él volviéndose de nuevo-, esa habla sola.
- Pero si está callada la pobre mujer, ¡hombre!
- Espera y verás, con ellas nunca se sabe.

Continuaron hablando y la mujer se levantó, se acercó a él con una correa en la mano y le dijo que si podía cuidarle al perro.

- ¿Qué perro señora?, eso que lleva usted atado no es un perro, es un adefesio, ¿a este era a quien le decía que por qué no quería bajar?, pues claro, señora, no quería bajar por que usted le llama perro y en realidad es una morcilla gorda, una morcilla gorda y repugnante que no para de gruñir.
- Vayámonos, por favor, -le dijo su compañero mirándolo atónito-, No le haga caso señora, está un poco nervioso, eso es todo, no lo ha dicho por ofenderla.
- ¿Ves como las viejas me traen mala suerte?

Se levantó y notó un fuerte dolor en la pantorrilla. Unos dientes afilados le zarandeaban la pierna de lado a lado. Por un momento el perro lo soltó, pero continuó gruñéndole y retándolo, ladraba y ladraba sin parar, la vieja estiraba de la correa sin moverlo ni un ápice, y entonces ocurrió todo muy deprisa; el perro, la vieja, el camarero que acudió a los gritos, el compañero, los ladridos, la sangre, empujones, luces azules, coches, uniformes, policías, otra denuncia.

Y sí, aquí estaba hoy pero desde la otra parte y en otra administración, teniendo que pedir número, ese número par que iba a joderlo seguro y por si fuera poco con esa vieja esperándolo.

La vieja lo miró por encima de las gafas y prácticamente le arrancó el papel que llevaba entre las manos, leyó por encima y preguntó:

- ¿lleva la factura del médico?
- Sí, mire.
- Pero no lleva sello, no se la puedo admitir así.
- Y… ¿dónde puedo ir a cuñarla?

La mujer lo miró con satisfacción de arriba abajo, se regodeó unos segundos y le dijo:
- ¿Dónde, dónde?..., ¡a casa el conde!

viernes, 27 de junio de 2008

Kafka en cada muerte


Detenido. Estacionado. Estancado. Punto inmóvil en el espacio. Sin cabeza. Brazos multiplicados en ramas erguidas apuntando al cielo. Cuerpo recto y macizo. Pies bajo tierra, ramificados y curvos convertidos en raíces. Intento recordar. Una noche. Ducharme. Descubrir en la nuca un bulto. Tocarlo muchas veces. Esperar. Por la mañana descubrir en el bulto un tubérculo. Asustarme. No decir nada. Otro día. Palpar. Otro abultamiento cerca del anterior. Palpar. Otra noche. Palpar. Otro hinchazón junto a los anteriores. Otro día. Palpar. Los nódulos se extienden a los brazos. Palpar. Otra noche. Palpar. Palpar. Palpar. Observar. Crecen los dedos de los pies. Mirar. Garras de animal. Mirar. Uñas que se endurecen. Mirar. Se retuercen asquerosamente. Mirar. Estupor. Incredulidad. Miedo. Mirar. Asistir a una pesadilla. Observar. En una semana persona, animal, vegetal. Metamorfosis.

Ocurre deprisa. Tarde de domingo. Algo sobrenatural. Tú. Simiescos pies hacia tu nuevo hogar. Tú. Tu casa. No puedo llamar. Puerta cerrada. Dormir sobre la tierra. Puerta cerrada. Despertar. Querer andar. Puerta cerrada. Pies bajo tierra. Silencio sepulcral. Yo, pieza inmóvil del ejército que rodea tu casa, tu guardián. Tú, la misma de siempre ahora detenida, estacionada, estancada. Desde mi nueva altura sólo puedo darte sombra, sembrar dibujos en tu pedestal.

Reencarnación. Sólo me queda eso. He muerto sin darme cuenta. Pero la mente lo puede todo. Hay quien mueve objetos con el pensamiento. - ¡Mira qué árbol creció a mis pies! - dirías si pudieras verme. -Ayer no estaba aquí. No, diría yo extrañado si pudiera hablarte, ayer no estaba aquí.

El pueblo se hace eco de lo sucedido. Vienen a verte incrédulos desde otras casas, desde otras vidas. Quiero hablarte, decirte que no sé qué ha pasado, pero no puedo pronunciar palabras, solo rezumar blanca y pegajosa resina que resbala por mi tronco a tu suelo. Otros esfuerzos intentan comunicar contigo, pero sólo consigo enderezar mis raíces que de puro grito reventarán tu caja. Reventarán tu casa para reunirme contigo.

J.E.

lunes, 23 de junio de 2008

Detener el viento


Era la primera vez que alquilaba una de las habitaciones de mi casa. Me sentía sólo e inseguro desde que mi novia me abandonó. Me acusó de no quererla lo suficiente y de no responder a sus necesidades sexuales. Su último estoque, preguntar si no me había planteado que, a lo mejor, lo mío eran los hombres y no me había dado cuenta me dejó confuso. La falta de carácter para tomar decisiones drásticas, la propensión a dejarme llevar por las circunstancias de la vida sin ofrecer resistencia, y una desafortunada inapetencia de sexo no me convertían en homosexual. Y aunque pensaba y casi estaba seguro de que no era así, la verdad, es que nunca me había planteado esta cuestión. A lo mejor hasta tenía razón ella y yo no lo sabía. Empecé a dudar, y a mirar con recelo a los hombres y mujeres con los que trataba a diario, y a preguntarme si me gustaría iniciar una relación con cualquiera de ellos. Esto influyó también a la hora de elegir a mi nuevo inquilino.

Al anuncio que puse se presentaron dos personas. Una mujer guapa y agradable con la que me atemoricé y no me sentí cómodo. Y un hombre de mirada esquiva y evidente timidez que me agradó nada más verlo y decidí alquilárselo a él. Parecía tan indefenso como yo y su forma de hablar captó mi atención de inmediato. Según él, practicaba la indiferencia para no verse sorprendido por los acontecimientos. Decía que era una actitud premeditada y aprendida que daba sus frutos, la mayoría de la gente se agotaba siempre antes de poder provocarle el menor daño. Me daba mucho que pensar todas esas cosas que decía y solía sacarme de ese universo de gente corriente y vulgar que era el mío donde yo no era nadie y los demás tampoco. El trabajo y mi casa. Mi casa y el trabajo. Los fines de semana, descanso. Después, otra vez igual. Siempre lo mismo. Se estableció entre nosotros una dependencia poco habitual. Él siempre estaba en casa, practicaba el arte de no hacer nada o de crear, que para el común de los mortales era lo mismo. De todas formas, yo sabía que no era lo que cotidianamente se pueda entender por una persona normal, no podía imaginar de donde sacaba el dinero para pagarme, ni siquiera le había preguntado a qué se dedicaba, pero no importaba, sólo sentía que necesitaba estar a su lado, cada vez por más tiempo. ¿Había comenzado mi homosexualidad?, no porque no lo deseaba sexualmente, pero en mí obraron demasiados cambios como para quedarme tranquilo. Primero comencé llegando tarde a trabajar, después dejé de rendir en el trabajo. Finalmente terminé por no presentarme y me despidieron. A partir de ahí entré en la espiral del inquilino. La gente me hablaba y no podía retener nada de lo que decían, sólo podía pensar en lo que me contaba él. Experimentar con las cosas que me enseñaba. Era un tipo tan raro y especial, era alguien sin ser nadie y yo tenía que aprender eso, quería ser así. Su mirada transparente y su aspecto de niño me enternecían sin saber por qué. Había en él ausencias, períodos en los que no estaba conmigo aunque estuviese a su lado, en los que le hablaba y su rostro quedaba impasible hasta que mucho más tarde respondía a aquello de lo que ni siquiera recordaba haberle preguntado.
Me pidió permiso para escribir en la pared de su habitación frases y normas que había decidido imponerse día a día. Era un poeta enfermo de su propia poesía. Su excentricidad me divertía y a veces me exasperaba pero me gustaba tanto estar con él, hasta llegué a pensar que me estaba enamorando y que la teoría de mi exnovia comenzaba a ser real.
Pegado a su ordenador y a las paredes en las que se definía, andaba obsesionado con la climatología, los cambios atmosféricos y la transmigración de las almas. Decía que él no existía, que era viento y que cuando se marchase no debía intentar retenerlo. Yo no lo entendía pero asentía con placer a todas sus extravagancias.

Un día de mucho viento me dijo: “hoy me siento extraño, lo huelo en el aire” y sin despedirse ni decir nada más se marchó. Desde entonces no he vuelto a saber de él. Lo único que hago ahora es leer y releer lo último que escribió antes de marcharse.

“Esta madrugada el viento amaneció herido, corrió desesperado hacia todas partes, en todas direcciones, enloqueció árboles, atravesó la ciudad y llegó hasta aquí. Sabía que me buscaría, siempre lo hace. Entró y salió con brusquedad dando alaridos de perturbado, bramando mi nombre entre silbidos diabólicos hasta que me ha encontrado.
Esté donde esté siempre me encuentra, pero esta vez no quería que lo hiciese. Lo he esperado escondido bajo las sábanas, con la almohada cubriéndome la cabeza para no escucharlo, sabía que en cuanto lo oyera, ocuparía mi alma como tantas otras veces”.

Vuelvo a estar sólo. Cada día en la pared de mí habitación escribo: “no puedo detener el viento”, y entonces me siento él, me siento alguien…
J.E.

jueves, 19 de junio de 2008

El tercer brazo


Así se llamaba aquel bar. El Tercer Brazo. Me atrajo su nombre porque tenía que ver conmigo, con algo escondido a lo que me había familiarizado a fuerza de años y costumbre. Un brazo secreto. Un brazo fantasma que operaba en una dimensión indetectable. Desde que yo pueda recordar lo había sentido así, pegado a mí como una protuberancia que saliera de mi pecho.
Aquella extraña sensación me había perseguido siempre y fue la desencadenante de una serie de viajes estrambótico extravagantes por los rincones más ignotos del país. Con tan sólo diez años había visitado tantos especialistas en medicina tradicional, holística, naturistas, iridólogos, parapsicólogos y chamanes como mi madre pudo reunir en todo el perímetro nacional, y no llegó al extranjero por falta de medios y de idioma. Me convertí en un pequeño freak pero entonces aún no lo sabía. Cuantos médicos consultamos coincidieron en lo mismo. Mi caso no era aislado pero sí poco habitual. No lograban explicarse un miembro falso en alguien tan pequeño y que pudiese presentar los mismos síntomas que padecían los adultos con miembros amputados. Es carne de psiquiatra, vaticinaron la mayoría, pero mi madre odiaba esa disciplina y se negó en rotundo a que visitara correctores o normalizadores urbanos como ella los llamaba. No, eso nunca. Así que nunca conseguimos un diagnóstico claro y yo continué creciendo con mis dos brazos de carne y hueso, y ese otro apéndice incierto tan real como los dos anteriores.
Encontrarme aquel bar fue una premonición más que una casualidad. Intuía que tenía que ser por algo y de hecho fue así. Yo también tenía aquello a lo que el nombre hacía referencia. La gente no lo veía ni yo tampoco, pero existía en cualquiera de mis actos. A veces, mientras los brazos visibles me humillaban y gesticulaban en un ademán de “lo siento”, el otro brazo, el que yo sentía desplegarse desde mi pecho levantaba el puño más rebelde. En cambio, en otras ocasiones, mis brazos pedían guerra, y era él, el fantasma, el que terminaba apaciguándome.

Desde que lo atravesé por primera vez, “El Tercer Brazo” se había convertido en el cuartel general de mis noches por la fauna que entre el atardecer y el crepúsculo se arremolinaba en él. Era como coger el mando de la televisión y pasar muy deprisa imágenes de cuantos canales se estuviesen emitiendo. Todos mezclados daban como resultado un Zapping surrealista del que no se podía salir, de hecho, era apodado así por algunos de los clientes y también con el sobrenombre de túnel por lo inesperado e imprevisible que podía resultar cada momento en aquél lugar y los distintos giros que daban las noches allí metido.
El procedimiento era el siguiente. Llegar, pedir en la barra y saludar a los incondicionales. Escanear personajes nuevos y dirigir a la vez la mirada hacia las mesas que según la hora podían estar desiertas. Después, sentarse en el caso de que esto fuera posible, y colocar estratégicamente una silla vacía al lado. Esperar. A partir de ahí el espectáculo estaba servido, los personajes irían sentándose unos tras otros a lo largo de la noche. Gente sin profesión conocida, opositores perpetuos, diseñadores, bailarines, actores, atrezzistas, funcionarios, técnicos de televisión, peluqueros, djs japoneses, y hasta un saltimbanqui chileno de los que visitan cualquier país menos el suyo. Pero las reinas de la noche, las auténticas protagonistas, eran dos hermanas que solían llegar casi a la vez y que a su primer contacto con el alcohol enloquecían y quedaban poseídas por espíritus extraños, a veces extraterrestres, y otras veces tan terrestres, que sentías lástima por ellas aunque no podías dejar de disfrutar con tanta confusión. Junto a todos ellos, el equipo de camareros hacía honor a aquél que los había elegido. El dueño. El personaje entre los personajes. Ese que llegó a conseguir que me sintiese normal por primera. Aquel bar fue encontrar un brazo gemelo a mi tercer brazo pero todavía no sabía muy bien por qué.
El mundo quedaba detenido fuera, y esa otra sociedad de la que yo formaba parte y que sólo existía dentro de aquel local me había atrapado sin darme cuenta y sin vuelta atrás. Y fue allí, a puerta cerrada, una noche cualquiera, cuando el dueño del local me dio la clave del enigma que llevaba atormentándome tanto tiempo. Me dijo que yo no era yo y que nunca lo había sido. Que él no era él, ni los otros los otros. Que me estaban esperando como todavía esperaban a muchos más. Entonces lo comprendí. Todos tenían un miembro fantasma como yo, y conmigo, aún no se había cerrado el ciclo.
J.E.

lunes, 16 de junio de 2008

Lo dicen las escrituras


Una mujer camina por la avenida de una gran ciudad, sus pasos se aceleran cada vez más, presiente que la persiguen pero no está segura, no se atreve a mirar hacia atrás así que con el corazón acelerado y sin aliento se ve corriendo calle abajo.

Ya está. Lo ha hecho desaparecer. Hace un par de horas lo ha expulsado, pero no podrá deshacerse de él tan fácilmente, por dentro no, su otro yo, ese que odia tanto y del que nunca puede deshacerse le dice que no debería haberlo hecho, no para de gritar, no la deja en paz. Es un secreto que ni siquiera podrá confesar a su esposo, el más grande de los esposos.
Desacelera el paso, ya no puede correr, se ha levantado un viento huracanado repentino, como una señal, como un presagio del castigo que puede caerle encima. La ira del que todo lo ve no es cualquier cosa. Hace tanto aire que sus pasos se vuelven en contra, tiene la sensación de andar del revés, con el cuerpo delante y los pies detrás. La calle es un tornado de polvo, bolsas de plástico, hojas secas y ramas de árbol caído. Silbidos, resonancias y golpes se alternan. Exterior, interior. Calle, conciencia. Conciencia, calle. Pero, ¿qué otra alternativa quedaba?, o eso, o renunciar para siempre al camino elegido, al camino de los elegidos, al buen camino.

La manifestación a la que acudía por autoimpuesta responsabilidad quedaba a dos manzanas y ahora sí que tendría que echar mano de todos sus recursos. Debía cambiarse de ropa cuanto antes. Le habían recomendado llevara los hábitos puestos. La ocasión lo requería. Qué no hacer para devolver el rebaño al redil, para que las ovejas descarriadas encontraran de nuevo la tierra prometida, para que el hijo pródigo regresase. ¿Era ella digna de tal misión? Sí, siempre había cumplido con todo excepto aquel día en que no entiende aún qué pudo ocurrirle, y lo de hoy…, pero lo de hoy, no cuenta, nadie lo sabe, nadie debe saberlo, y lo que no se conoce no existe. ¡Que Dios aleje de mí este cáliz!

Continuó su perorata mientras se desnudaba en los aseos de un bar concurrido y cercano a la plaza donde la esperaba esa gran y representadora manifestación. Guardó su ropa de pecado en la bolsa que con manos temblorosas preparó a conciencia y salió como alma que lleva el diablo hacia su cita con la cúpula eclesial, a estas horas ya debían haber iniciado el recorrido. Con el hábito se sentía mejor, era como si nada hubiese pasado, la apartaba de la realidad, de cualquier realidad que no fuera su fe. El aire se enredaba entre sus pies y su túnica sagrada, entre su toca y su cabeza llena de apelmazados pensamientos. Todos los elementos terrenales se habían vuelto contra ella, tropezó varias veces y a punto estuvo de caerse otras cuantas, los remolinos de polvo y la basura flotaban en el aire desprendiendo partículas que la obligaban a cerrar los ojos, o a entornarlos tanto que sólo podía intuir lo que tenía justo enfrente.
Su nerviosismo se incrementó cuando oyó los gritos de los manifestantes, ya estaba casi al lado, le dolían las entrañas, la cara le ardía y presentía una hemorragia en esa parte de su cuerpo que no debería haber compartido con nadie pero que a estas alturas no podía estar más ultrajada. Aún así prosiguió su camino combatiéndolo todo, sobreponiéndose a cualquier obstáculo, como los mártires echados a los leones, nadie debía sospechar, en la clínica le habían asegurado intimidad, privacidad, la imposibilidad de que su acto quedase aireado. Era como un secreto de confesión, el juramento de Hipócrates. Además, nadie había alegado objeción de conciencia para practicarle lo que le habían practicado, para sacarla de ese apuro. De lo contrario, su vida se hubiese ido al traste, se hubiese roto. Ella no era como cualquier mujer mundana de esas que se deshacen de los hijos por egoísmo, no, lo suyo era diferente, había elegido este camino desde muy joven, había profesado la fe para ayudar a los demás, de eso se trataba, si tuviese un hijo la expulsarían de la congregación y además, flaco favor haría a la credibilidad de la causa, ¿cómo podría propagarse con este mal ejemplo la verdad de Dios?

Bajó de la acera y dando un traspié cayó al suelo, con su hábito, su toca, su inmoralidad a cuestas, su miedo, su indefensión y su miseria. Presintió que algo malo iba a pasarle, miró hacia arriba con temor y vio un balcón del que colgaba una pancarta, por un momento se tranquilizó: “en defensa de la familia cristiana”, rezaba el cartel, y no pudo leer más porque de repente se vio atrapada entre esas mismas palabras, el aire había arrancado el letrero, se había pegado a su rostro y no la dejaba respirar.
J.E.

viernes, 13 de junio de 2008

Spray


Spray. Así se llamaba su página, y de la definición que daba wikipedia había hecho la suya propia, y para mí, un poco la de cualquier ser humano: "Envase de algunos líquidos mezclados con un gas a presión, de manera que al oprimir una válvula sale el líquido pulverizado". Él era eso, como yo, como todos. Un mero envase que al ser sometido a presión, acababa por pulverizarse. ¿No estábamos todos algo pulverizados?, unos más que otros, claro, pero, ¿qué porcentaje de pulverización tenía cada uno y en función de qué?, ¿qué hacía que ganase la parte compacta a la pulverizada?, ¿qué acontecimientos provocaban que esa válvula entrara en acción? Eran preguntas que solía hacerme constantemente sin respuesta y que al parecer, alguien a quién seguramente si no fuera a través de la red nunca hubiese conocido barajaba estos mismos pensamientos. Me intrigó y entré a conocerlo.

Me dijo que venía de un planeta llamado "desmemoria" y me cautivó de inmediato. Junto a esa afirmación aparecía una foto y un vídeo de presentación con algunas de sus teorías en las que decía estar trabajando. Me sorprendí porque su físico de rasgos afilados que podrían dibujarse prácticamente en una línea, parecían repetir el mío, era como ese doble que dicen tenemos todos pero en el ciberespacio, ese macromundo tierra de todos y de nadie, que me atrapaba cada día más temprano y me hacía trasnochar cada vez hasta más tarde. Nunca me lo había planteado así, pero ese aspecto atípico que ambos teníamos era realmente como salido de aquél planeta del que decía proceder y que sólo con nombrarlo quedaba descrito.
Unos ojos que soñaban sin mirar, perdidos más allá de la pantalla, unos labios pronunciados detenidos en mitad de una frase o de un sí a secas y una nariz prominente sobre la meseta lunar de un rostro plagado de pequeños cráteres, eran su otra definición y también la mía: Esa expresión ausente, mezcla de hola y adiós incrédulo y de un "me da igual" infinito que no podía dejar de mirar cada vez que entraba en esa dimensión suya y ahora también mía, esa especie de espejo que había encontrado al otro lado del plasma.
El vídeo mostraba un cuerpo frágil en actitud vaga ante un muro grafiteado en cualquier ciudad. Con andares cansados y lentitud etérea arrastraba un dedo por la pared mientras con voz grave planteaba una de sus hipótesis surrealistas. Atrapó mis energías de inmediato en una sola mirada y, sin embargo, no era la primera vez que sentía esto. Tras este descubrimiento momentáneo, me di cuenta de que él era alguien a quien yo había conocido mucho antes, pero todavía no sabía dónde, ni quién podía ser.

Y la curiosidad por el misterio que encerraba ese personaje fue mi perdición. Mi aspiración no consistía en desvelar su verdadera procedencia sino aquella otra que, día tras día, creaba o reinventaba como una pócima de encantamiento hecha a base de teorías descabelladas y absurdas. Sus planteamientos no eran activos ni estáticos, simplemente pretendían afiliación. Pulverización. Una pulverización incondicional que yo todavía no alcanzaba a comprender, pretendía establecer una asociación cerebral de ideas. Desde una base de operaciones callada y quieta, iba calando en los distintos campos sensoriales de aquellos links de los que se rodeaba y que a la vez dominaba, entre ellos, el mío. Una tela de araña que tejía minuciosamente a su alrededor, y en el que había establecido su reino particular donde atrapaba adeptos y también a extraños, que intrigados como yo, quedaban imantados en su superficie.

Cada mañana, cosas de su planeta invadían esa página anhelada. La gente capturada, como yo, no podía despegarse de esa red invisible donde la intrusión del mundo fantástico en el real dejaba atrapado e inquieto para el resto de cualquier jornada. Decía con la parsimonia de la que era capaz, y ésta era mucha, que en su planeta la gente carecía de preocupaciones. Éste no tenía ni principio ni fin, tampoco tiempo, porque sólo existía el momento, único concepto que barajaba. Al no existir dimensiones espaciales ni temporales, no existía el sufrimiento ni la incertidumbre. Todo era lo que era, un todo conformado sólo por sentimientos y sensaciones. No había historia y por tanto no existían los hechos, sólo las circunstancias. La gente aparecía o desaparecía sin más explicación y sin más curiosidad por parte de los demás, simplemente, ya no estaba. Ausente el concepto muerte tampoco se conocía el del nacimiento y sólo el verbo estar aparecía en sus breves vocabularios. No hacían falta demasiadas palabras para expresar esos sentimientos y sensaciones pues ambos carecían de definición y por tanto de diccionario. Los hombres era un mismo hombre y eran a su vez miles y miles, incalculables conjuntos de átomos dispersos por el planeta, cuya acumulación o disgregación producían esa aparición o desaparición de la que antes hablaba.
Tal cúmulo de invenciones formaban parte de las que yo siempre había pensado. Su código de amigos se reducía a uno solo, según su teoría del reflejo, es decir, que cada persona era un reflejo de otra igual, y de otra y de otra, como las imágenes proyectadas en espejos paralelos. Y eso quería yo, pertenecer a ese código unitario, a esa inmortalidad placentera de la que ya no pude apartarme ni un segundo.

Así fue como quedé pegado a mi silla de ordenador desatendiendo lo demás. Incluso, en algún momento, llegué a creer que ese planeta también era el mío y que mi realidad anterior a esa sucesión de momentos internauticos sólo había sido una fantasía, una ensoñación en el tiempo cuando todavía existía ese concepto, todo el tiempo hecho de momentos en esos años en los que había vivido sin conocerlo.
Me habló de un proyecto y entré en él de lleno sin demasiadas preguntas. Se trataba de crear una realidad paralela que fundiese la suya y la terrestre y llegar así a un grado superior de existencia sólo comparable al de los dioses de la mitología griega o romana, esos que sentaron las bases de este mundo de humanos mediocres. Pero nosotros, llegados a esa plenitud, en vez del castigo como lo hicieron aquellos vengadores del bien y del mal, sentaríamos las bases a través del conocimiento y la tolerancia.

Para poder llevarlo a cabo me dijo que habría que empezar por desdoblar a cada hombre en un símil de sí mismo pero desde un inicio "0" que iría llenándose poco a poco de nuevas versiones de lo real y lo auténtico en la vida. Me confesó que había iniciado un experimento conmigo y que dados los buenos resultados obtenidos por mi parte, ya era el momento de intentarlo poco a poco con otros. Estaba claro que los dos solos no podíamos acometer esta hazaña, y que una de nuestras primeras labores sería formar un equipo de gente que elegiríamos y que serían expertos en determinadas disciplinas aún por investigar. El desdoblamiento se haría por la noche aprovechando el sueño y en esa primera etapa REM sería donde cada uno de esos hombres estaría a su vez despierto en otro lugar aprendiendo las bases para el nuevo mundo.
Y yo, contagiado o convertido en uno de esos otros, no hacía más que trabajar para dar vida al planeta de nunca jamás. Afortunadamente vivía con mis padres y podía permitirme andar la mayor parte del día en la luna orbitando a ese ser que era el único que giraba sobre sí mismo y alrededor de algo que todavía no alcanzaba a comprender.

Comenzamos a reclutar gente, en primer lugar bajo un sólo criterio, después añadiríamos más, pero la condición imprescindible y de carácter eliminatorio era la marginalidad mental, esa característica de la que muy pocos seres estaban dotados y de la única por la que se podía empezar a hacer algo. La marginalidad consistía en poseer individualidad creadora, mente solitaria, ambigüedad hacia las cosas, y capacidad para pensar, analizar e inventar lo inexistente. Lo único que tenían que hacer era crear a partir de la nada, sin referencias ni orientaciones. Debían extirpar la realidad que llevaban dentro. Se necesitará más de una vida para lograrlo, me dijo, pero de eso se ocuparán ellos, nosotros sólo seremos responsables de la primera generación. Una vez reclutados veremos qué sabe hacer mejor cada uno y exaltaremos esa parte para que puedan enseñarla. Extraña sociedad saldrá de aquí pensaba yo, pero me gustaba la idea y la desfachatez de creer en ella como si fuese posible llevarla a cabo.

En primer lugar había que celebrar una asamblea general de ideas sin orden del día ni presidencia, pero ¿cómo y dónde? Decidimos crear un blog que haría las combinaciones precisas entre el mundo físico y el virtual, había que sacarle partido a esa generación del "yo", del ego a compartir fuera de la realidad de cada uno y que se expandía como lava caliente en esa sociedad sin fronteras llamada internauta, y así aportar hasta la información más perdida que existiese en el planeta tierra. Sabíamos de cincuenta personas en el mundo que eran superdotadas sobrenaturales. Les pedimos ayuda, ellos podían aprender un idioma en una semana y hacer cualquier cálculo matemático en segundos, si ellos se mostraran interesados además de ayudar, tendríamos gran parte del camino hecho.

De ese blog, nació la asamblea de contacto físico que se celebró en el "Café Ciencia" ubicado en la Mitad del Mundo, latitud 0o-0o-0o, al pie del monumento Equinoccial levantado quince kilómetros al norte de la ciudad de Quito, Ecuador. Cuando nos vimos por primera vez, éramos todos iguales e inmediatamente, el grupo se deshizo.
J.E.

jueves, 12 de junio de 2008

La mentira


La tecnología había llegado tan lejos que todos, hasta los mismos científicos habían perdido la memoria, el planeta se venía abajo hasta que algunos de sus habitantes, los mentirosos, fueron inventando de nuevo las cosas porque ellos eran los únicos que habían conservado el don de la creatividad. La gente confiaba en ellos porque no podían hacer otra cosa. Los mentirosos iban así creciendo en número y poder hasta que todo fue una gran ficción en la que habían aprendido a manejarse perfectamente. Un ciudadano anónimo recuperó momentáneamente la memoria, vio la gran mentira sobre la que todos estaban viviendo y se horrorizó, pero al desconocer cual era la verdad absoluta de las cosas no supo como reconducir todo aquello y decidió realizar una organización paralela. Los agrupó por parejas juntando siempre a un desmemoriado con un mentiroso alejado del poder y comenzó así un nuevo proyecto. No resultó difícil puesto que nadie se acordaba de nadie y muchos deambulaban perdidos por ciudades en las que no había nada reconocible para ellos, nadie tenía nada y por eso todos utilizaban las cosas libremente. El primer coche que veían, la primera casa que encontraban, la oficina que les venía al paso. No existía por tanto la propiedad privada y muchos objetos empezaron a desaparecer de la circulación, entre ellos las llaves y el dinero y más adelante también lo hicieron las profesiones porque cada uno realizaba lo que su instinto más primitivo le dictaba. Como no se reconocían unos a otros, el concepto de belleza también cambió, nadie sabía como era en sí mismo y sólo veían en el otro lo que imaginaban podrían ser ellos. Dejaron de vestirse, sólo en invierno utilizaban las pieles que por necesidad quitaban a los animales que deambulaban por ahí y las ataban con cuerdas a sus cuerpos. Cuando sentían hambre comían la carne de esos animales y los frutos que colgaban de los árboles que les rodeaban, habían vuelto al principio de los tiempos y se dieron cuenta de que necesitaban organizar una nueva sociedad con la ayuda de los mentirosos que estaban en el poder, los únicos capaces de inventar historias y acontecimientos que los sacasen de aquella burda rutina. Los mentirosos crearon armas y con las armas llegó la guerra. Y con la guerra la destrucción.

El único superviviente después de la gran guerra no supo qué hacer con todas aquellas cosas que pertenecieron a la sociedad que ya no existía, las bombas sólo habían destruido a las personas así que todo seguía en pie excepto la gente. No pudiendo soportar la soledad empezó a construir muñecos, dibujar caras y poner cuerpos a todos los objetos, y poco a poco se dedicó a fabricar réplicas casi reales de personas que llegaron a tener tanta perfección que progresivamente comenzaron a tomar vida y los objetos se humanizaron.

El planeta se había deteriorado tanto que todo era un desierto, las fronteras daban igual porque ya no había nada que defender, todas las zonas eran iguales. Los habitantes eran todos iguales pues los dibujos que el superviviente había hecho no se diferenciaban unos de otros. Todos tenían el mismo destino, vivir. Vivir indefinidamente en un espacio desértico al que se habían adaptado mimetizándose con el paisaje. Ya no existían los países ni las nacionalidades solo el hombre y los hombres objeto que padecían de hastío, un hastío descomunal. Un día llegó alguien diferente. Nadie sabía de dónde había salido. Ese ser distinto a todos ellos les dijo:

- Necesito vuestra ayuda. De donde vengo nadie sabe representar o inventar situaciones y sentimientos humanos, esas emociones existen pero todavía no tienen un nombre que las designe o quizá por no haberlas nombrado nunca aún no las conocen…

Estaba mintiendo. Todo volvió a empezar.
J.E.

miércoles, 11 de junio de 2008

Proceso de creación


Esa mañana caminó despacio tras un niño que asido a su cartera y con un perrito en la mochila le pasó por delante. Seguro que no llegaré muy lejos, pensó mirándolo, irá al colegio que debe estar muy cerca de aquí porque va solo, si no, lo acompañaría alguien o quizá no va al colegio y se ha escapado de casa, los perros no son bien recibidos en las escuelas. Si yo fuera su padre ahora estaría a su lado. El niño cambió de acera y él se apresuró a hacer lo mismo. Intentaba imaginar hacia dónde iban las otras personas que se cruzaban en su camino y que eran descartadas de inmediato porque, de momento, ya había elegido, aunque no las tenía todas consigo, hasta ahora, no se había decantado todavía por seguir a un niño.

Nada le pudo hacer más daño a la crisis de sus cuarenta que el día que vio bajar en una caja de muertos al hijo de su vecino, se convenció entonces de que ni siquiera por éste método, el de la descendencia, dejaba uno algo de sí mismo en este mundo. La obra humana no era efectiva pues podía fallar en el momento menos pensado como acababa de comprobar con este desgraciado suceso. Quién se lo iba a decir al vecino que alardeaba de poder morir tranquilo porque dejaba huella tras de sí, porque alguien continuaría sus cosas.
No se había planteado este tema hasta que vio bajar en la caja al niño, le afectó tanto que no pudo dormir en mucho tiempo, y no porque la pena lo embargara, sino porque a partir de ese acontecimiento no podía dejar de pensar en qué haría él para dejar algo que lo sobreviviese después de haber muerto. Con el recuerdo de los demás no le bastaba y le dio por pensar que debería empezar a escribir esa novela que había publicado tantas veces en su mente y que por esa vaguedad suya achacada a la falta de tiempo nunca había puesto sobre papel, pero se encogió de hombros como siempre y continuó escaleras arriba hacia su casa.
Desde que la treintena se acercaba a la cuarentena no paraba de ponerse a prueba ante todas las cosas por absurdas que fueran, y entre ellas, se preguntaba si querría tener hijos, si los tendría alguna vez. No lo había pensado seriamente, tampoco es que lo hubiera descartado para un futuro pero era algo que no encajaba en su vida todavía. Llevaba tiempo haciendo extravagancias, como apuntarse a clases de todo tipo, embarcarse en viajes exóticos y dejarse un trabajo fijo para cobrar del paro y aprovechar el tiempo que creía perdido.

Tras sus divagaciones se dio cuenta de que había perdido al niño, lo buscó con la mirada un par de veces pero había desaparecido, debía haber entrado en cualquiera de los bajos cercanos pero no veía ningún colegio por allí. Había traspasado su zona habitual, y contra su pronóstico se había alejado bastante, no conocía esa parte de la ciudad. Divisó un par de bares entre varios portales de edificios de viviendas, un ultramarinos, más edificios, una farmacia, un parking, un kiosco, ¿dónde había ido el niño?, decidió terminar la calle y girar en la dirección que tomara cualquier persona que pasase por allí pero no pasaba nadie y empezó a desesperarse, entró entonces en el bar que hacía esquina y pidió el periódico en la barra y un café, sacó su libreta de apuntar cosas y direcciones y consulto la sección de ofertas laborales. De repente, cuando casi ya lo había olvidado, vio al niño salir de detrás del mostrador, se había quitado el uniforme y ya no llevaba la cartera, ni la mochila, ni el perro. Merodeaba por las mesas y recogía cualquier utensilio o plato vacío que no estuviera utilizándose. Debía ser el hijo del dueño, pero qué extraño, eran horas de estar estudiando para su edad, rondaría los 11 o 12 años y no tenía aspecto de estar enfermo. Miró a su alrededor, ningún camarero tenía pinta de progenitor, eran todos demasiado jóvenes y en la barra servía una mujer mayor que no parecía prestarle la menor atención, ¿sería hijo de algún cocinero escondido tras esas puertas oscilantes que tenía enfrente?, bueno, qué más daba. Hizo una señal al niño y le pidió una cerveza.

- Ahora se la traen - le dijo el chaval desapareciendo detras la barra.

Otro camarero le sirvió. Terminó la cerveza sin novedad y pidió otra a ver qué pasaba, necesitaba saber más, ¿dónde estaba ahora el dichoso niño?, ¿qué hacía allí dentro?, no pensaba irse hasta descubrirlo. Cuando ya estaba algo ebrio y harto de esperar, dijo levantando la voz:

- ¿Dónde está el niño que andaba por aquí? - El niño apareció de nuevo y se acercó a su mesa.
- Schsss!, - le increpó con un dedo en los labios. - No grite! – Dijo en un susurró sentándose junto
a él.
- ¿De verdad no sabe dónde estaba?, ¿no sabe quién soy?
- mmm, No.
- ¿No sabe que hago aquí, de verdad?
- Pues… no!
- ¿Y qué hace Vd. Aquí, eso sí lo sabe, no?, ¿no lo adivina?
- No tengo ganas de adivinanzas, niño, ¡yo qué sé!.
- Soy su personaje de hoy, ¿no me reconoce?, me ha elegido esta mañana aunque lleva pensando en mí muchos días. Me ha repudiado como hijo y como el niño que Usted fue. ¿No le gusta como soy?
- ¿Por qué no estás en el colegio, niño loco?
- Lo ha decidido usted, todavía no me ha dado oportunidad de tomar decisiones. Ni siquiera me ha asignado padres o a un adulto que pueda ser después.
- ¿Estás empleado aquí?, -dijo el hombre escandalizado, -¡pero si no llegas ni a los catorce!
- Bueno, por lo menos ya me ha dado una edad y una ocupación. Pregúnteme más cosas, estoy empezando a definirme y no tardaré en poder funcionar sólo.
- Debo estar borracho, -dijo levantándose de golpe. -Me voy. -Y se dirigió hacia la barra.

- ¡Señor, Señor!, -le gritó un camarero desde la mesa en que se había levantado, se ha dejado estos papeles dijo mostrándole su libreta.

Salió a la calle, preguntó cómo ir a su casa y caminó muy deprisa, sin mirar atrás, sin mirar a nadie, sin separar la vista del suelo. Cuando llegó respiró aliviado, ya estaba en casa. Subió los peldaños de dos en dos, abrió la puerta y al dirigirse a su escritorio, el niño estaba allí.


J.E.

lunes, 9 de junio de 2008

El alma en pena


















Un hombre va al médico a recoger los resultados de una analítica. El médico le dice que, literalmente, tiene una vena de agua. Después de escuchar esto, el hombre, literalmente, desaparece.


Cuando empezó por la primera vena, la poética, fue increíble, podía escribir los poemas más bonitos que nunca hubiese imaginado pero se dio cuenta que no podía cantar al amor porque todavía no lo había conocido, así que decidió adquirir también una vena romántica y todo funcionó como él esperaba pero con el tiempo volvió el vacío, la insatisfacción, el tedio. Se decidió entonces por la vena artística ya que dada su mayor amplitud pensó le daría mejor resultado, se manifestó de todos los modos posibles y hasta fue reconocido en ámbitos que jamás hubiese soñado, pero la dejadez y el hastío volvieron. Entonces pensó que la vena viajera sería la mejor, necesitaba explorar, expandir, sacar hacia fuera todos los beneficios adquiridos y disfrutar, pero se le planteó un problema, el idioma, así que debía hacerse, además, con una vena políglota y volvió a intentarlo una y otra vez. Reconoció que por un tiempo le fue útil pero después llegó el cansancio de nuevo, quizá el problema fuese ese tiempo, el tiempo que acababa deteniéndose en todas partes, pensó así que debía construirse entonces una vena eterna, atemporal, una vena que impidiese todas esas limitaciones que el enemigo tiempo le imponía, pero una vez conseguido esto tampoco fue suficiente. Por más vidas en las que se instalaba conseguía encontrar la respuesta a lo que estaba buscando, pero ¿qué buscaba? Una larga investigación lo condujo a la vena de agua. Qué gran hallazgo, ya tenía lo imprescindible, su problema era que le faltaba fluidez, dejarse llevar por la corriente que le proporcionaban todas las venas adquiridas, así que se puso a ello. Sin embargo se dio cuenta de que en realidad no había conseguido nada. La vena de la fluidez lo llevó al conocimiento y en éste acabó dándose cuenta de que la solución al problema era él, ya no le quedaba ninguna vena por cambiar, ninguna vena en el mundo podría cambiar el estado en el que se encontraba, un estado en el que no había 'yo', estaba experimentando la nada, la nada pura, el ningún sitio más allá del todo, había encontrado el sentido del mundo y entonces lloró de felicidad, lloró por todas partes, por primera y última vez, lloró hasta que todas sus venas se hicieron agua, se licuó, se convirtió en líquido y después se evaporó.

J.E.

viernes, 6 de junio de 2008

Descompasado


Le diagnosticaron dos corazones. Notó un peso y un vacío a la vez. Se mareó. Gravitó en el aire suspendido sobre esos dos flotadores henchidos que ahora galopaban descompasadamente, sí, en ese momento sintió los latidos por partida doble. Un redoble y una parada. Una respiración entrecortada y un suspiro. Se desmayó. Cuando volvió en sí estaba fragmentado en dos. Siempre lo había intuido. Todas esas contradicciones, todos esos amores y odios simultáneos, idas y venidas, avances y retrocesos, ataques y retiradas, admiraciones y desengaños hacia una misma persona, todas esas rarezas disparatadas y sin razón. Ser alguien de noche y otro por el día, y en algún momento, los dos. Así que se trataba de eso ¡Dos corazones!
El hombre con dos corazones salió a la calle descompasado. Lloró dos veces y rió otras dos. De camino a su casa se perdió. Uno de sus corazones corría hacia la estación más cercana deseando marcharse. El otro corazón pugnaba por volver y continuar como siempre.
En la orilla de un río se vio reflejado en el agua apedreándose a sí mismo.
J.E.

jueves, 5 de junio de 2008

El profesor


Empezaba a faltarnos algo, no sabíamos qué. Quizá tiempo. Pero no sabíamos. Me acerqué a conocer su realidad, esa otra realidad que él tenía a parte de la nuestra, esa que compartíamos día tras día pero sólo a determinadas horas.
Entramos en el colegio y aquel olor intenso a libros, plastelina, lápices, gomas y pupitres me atrapó en el pasado. Lo acompañé escaleras arriba y después de saludar a dos o tres profesoras que me presentó apresuradamente, casi por obligación, entré en su clase. Se movía con desparpajo por aquellos pasillos llenos de luz y de infancia, de infancia perdida para mí y que él recuperaba a cada paso que daba. Y tuve celos, celos porque yo ya no pertenecía a ese mundo, porque no pertenecía a su mundo, aunque parte de su mundo fuera yo.
Los niños lo miraban con cariño y admiración, se notaba que era importante para ellos. Y después de tantas y tantas dudas supe, en ese momento, que era el profesor que siempre hubiese querido tener aunque me hubiese llegado en plena madurez, el profesor del que tantas veces me había enamorado a lo largo de mi vida sin saber que era él. Tan cerca y tan lejos, ahora iba a dar una clase para mí y para los cinco niños que tenía asignados. El resto, la gran mayoría, se amontonaban en clase de religión. Él daba la alternativa. Educación para la ciudadanía, esa asignatura fantasma que casi nadie entiende para qué sirve, ese concepto en el que caben tantas cosas y tan fácil de vaciar según como se mire y quien lo mire.
Él, mi profesor, su profesor, ahora entusiasmado con la interculturalidad, preguntaba a los niños y me miraba de reojo con ternura infantil, con el amor del niño que no había dejado de ser. Encendió el pequeño televisor analógico que le habían dejado como todo material para sus clases y lo trasladó al centro del aula. Colocó el DVD que había traído de casa y puso una película de problemática social. Después comentó con rigor su contenido, y lo amé otra vez como la primera vez, lo amé mientras hablaba, lo amé más que nunca porque hablaba mi idioma, porque fuera de nuestra burbuja particular compartía mis inquietudes más internas. Lo admiré y lo reconocí. A continuación les hablé yo del universo de los libros y del mundo encantado de las palabras y de esa otra vida que tienen las cosas. Y él se reconoció en mí.
Al terminar la clase algo de aquella magia también terminó, salimos y recorrimos a la inversa los pasillos antes entrañables y ahora oscuros.
Volvimos a nuestra realidad de café, libros y sexo. Eso era lo único que teníamos y lo único que habíamos querido tener, sin embargo, ahora... Ahora ya no sabíamos si subir o bajar de la nave espacial que gravitaba en el único universo que nos pertenecía. Subíamos y bajábamos en las distintas galaxias, pero no encontrábamos dónde y en qué lugar quedarnos. Éramos Vulcano y Ceres. Dos miniplanetas, dos planetas enanos perdidos y no reconocidos.
Creímos que nos faltaba el tiempo y el tiempo fue quien nos destruyó. Lo despidieron. Él quiso más de mí. Su tiempo invadió mi tiempo. El niño perdido creció de repente y yo me encontré con la niña que había perdido. Se rompieron nuestras realidades cotidianas y el planeta tierra nos engulló en su gravedad.
J.E.