Neradas

Compartir neros. Istmos de complicidad entre amigos que definen situaciones o personas según el momento.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.

J.E.
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jueves, 5 de junio de 2008

El profesor


Empezaba a faltarnos algo, no sabíamos qué. Quizá tiempo. Pero no sabíamos. Me acerqué a conocer su realidad, esa otra realidad que él tenía a parte de la nuestra, esa que compartíamos día tras día pero sólo a determinadas horas.
Entramos en el colegio y aquel olor intenso a libros, plastelina, lápices, gomas y pupitres me atrapó en el pasado. Lo acompañé escaleras arriba y después de saludar a dos o tres profesoras que me presentó apresuradamente, casi por obligación, entré en su clase. Se movía con desparpajo por aquellos pasillos llenos de luz y de infancia, de infancia perdida para mí y que él recuperaba a cada paso que daba. Y tuve celos, celos porque yo ya no pertenecía a ese mundo, porque no pertenecía a su mundo, aunque parte de su mundo fuera yo.
Los niños lo miraban con cariño y admiración, se notaba que era importante para ellos. Y después de tantas y tantas dudas supe, en ese momento, que era el profesor que siempre hubiese querido tener aunque me hubiese llegado en plena madurez, el profesor del que tantas veces me había enamorado a lo largo de mi vida sin saber que era él. Tan cerca y tan lejos, ahora iba a dar una clase para mí y para los cinco niños que tenía asignados. El resto, la gran mayoría, se amontonaban en clase de religión. Él daba la alternativa. Educación para la ciudadanía, esa asignatura fantasma que casi nadie entiende para qué sirve, ese concepto en el que caben tantas cosas y tan fácil de vaciar según como se mire y quien lo mire.
Él, mi profesor, su profesor, ahora entusiasmado con la interculturalidad, preguntaba a los niños y me miraba de reojo con ternura infantil, con el amor del niño que no había dejado de ser. Encendió el pequeño televisor analógico que le habían dejado como todo material para sus clases y lo trasladó al centro del aula. Colocó el DVD que había traído de casa y puso una película de problemática social. Después comentó con rigor su contenido, y lo amé otra vez como la primera vez, lo amé mientras hablaba, lo amé más que nunca porque hablaba mi idioma, porque fuera de nuestra burbuja particular compartía mis inquietudes más internas. Lo admiré y lo reconocí. A continuación les hablé yo del universo de los libros y del mundo encantado de las palabras y de esa otra vida que tienen las cosas. Y él se reconoció en mí.
Al terminar la clase algo de aquella magia también terminó, salimos y recorrimos a la inversa los pasillos antes entrañables y ahora oscuros.
Volvimos a nuestra realidad de café, libros y sexo. Eso era lo único que teníamos y lo único que habíamos querido tener, sin embargo, ahora... Ahora ya no sabíamos si subir o bajar de la nave espacial que gravitaba en el único universo que nos pertenecía. Subíamos y bajábamos en las distintas galaxias, pero no encontrábamos dónde y en qué lugar quedarnos. Éramos Vulcano y Ceres. Dos miniplanetas, dos planetas enanos perdidos y no reconocidos.
Creímos que nos faltaba el tiempo y el tiempo fue quien nos destruyó. Lo despidieron. Él quiso más de mí. Su tiempo invadió mi tiempo. El niño perdido creció de repente y yo me encontré con la niña que había perdido. Se rompieron nuestras realidades cotidianas y el planeta tierra nos engulló en su gravedad.
J.E.

martes, 3 de junio de 2008

Por siempre jamás


Hacía un par de años que mi amigo se había marchado de la ciudad para instalarse en tierra de nadie. Al fallecer su mujer decidió vender la casa y adquirir una finca en medio de la huerta. La reformó por completo y el resultado fue una copia exacta de su casa anterior, es más, parecía que la hubiese decorado ella, era como si al morir, lo hubiera poseído.
Comprobé con estupor que en todo este tiempo mi amigo había cambiado mucho. Sus gustos, su ropa, su carácter eran otros. Parecía mucho más atento a las cosas. Se interesaba por todo aquello que en vida cautivara a su mujer. Era como si ella que siempre lograba personificar espacios, influir en la gente e incluso marcar tendencias -menos en su marido-, ahora lo hubiese conseguido desde el más allá.
Lo descarté de inmediato, sabía que mi amigo estaba solo, pero mientras deambulaba mostrándome la decoración interior, por detrás de él, me pareció ver la sombra de alguien y volví a pensar en su mujer. Le pregunté si no le asustaba vivir tan sólo. Su respuesta fue rotunda. No estoy sólo, mi mujer todavía está aquí.
Con un profundo escalofrío pensé, -que él tenga esa sensación entra dentro de lo normal, pero que la tenga yo carece de toda lógica-. Decidí olvidarme de todo, quizá me había impresionado ver a mi amigo tan cambiado, ya no era aquél al que había echado de menos cuando su estado de ánimo y su ansia de soledad habían impedido nuestro reencuentro. Por unas cosas o por otras, ella siempre nos había separado y ahora parecía seguir estando presente.
Me dirigí al cuarto de baño, cambiando de espacio quizá lograría quitarme aquellos pensamientos, pero cuando me disponía a salir de allí, una caricia en el pelo y una ráfaga de aire helado me detuvieron. Perplejo, miré hacia atrás. No tenía explicación. No había nadie y la ventana estaba cerrada. Volví al comedor con una única frase en la cabeza. Esto no ha pasado. Ha sido mi imaginación.
No dije nada. Encendimos el televisor y cenamos tranquilamente con las noticias. Al apagarlo, el reflejo que quedó en la pantalla fue revelador, sentados en el sofá, éramos tres. Entre mi amigo y yo estaba ella sonriendo.
J.E.

lunes, 2 de junio de 2008

Supervivencia


Cuando perdió al último de sus seres queridos no le quedó nada por hacer, ni los libros de yoga que la apasionaban antes, ni los fármacos que le recetaron después, dejaban poso en ella. Ningún Nirvana podía suavizar aquellas ausencias.
Primero llegó el insomnio, y con él, la indefinición entre el día y la noche. Después la ansiedad, la gordura tras la medicación, el desasosiego de visitar endocrinos, médicos y naturistas, y la sensación de caminar por senderos que no la conducían a ninguna parte.
Tras esa peregrinación decidió refugiarse en casa y buscar alivio en la televisión. Quedó atrapada de inmediato en un veinticuatro horas de ocultismo y videncia. Llegó a conocer por sus nombres y caras a todos los tarotistas, eran como una nueva familia y hasta estableció sus preferencias y afinidades aunque nunca contactara con ellos. Le bastaban las experiencias de los demás consultores, así fue como descubrió que su vida no sólo era esa que estaba viviendo, sino una infinidad de transformaciones que su alma había hecho a lo largo de los siglos. Y entonces, su carga le pareció menor, tan solo se trataba de asumir la reencarnación que le había tocado en suerte. Debía resolver problemas a través del sufrimiento, se trataba de eso y nada más, así de intrascendente podía llegar a ser la vida. Llenó la casa de velas y realizó cuantos conjuros predicaron los tiradores de cartas, contra lo que fuera y también para conseguir cualquier cosa, pero nada apaciguaba su infelicidad. Con el tiempo reconoció que todo seguía dándole igual, no deseaba nada en concreto.
Vacío de contenido cualquier espacio en el que se moviese decidió adelantar su recorrido final, ese largo pasillo hacia la luz que la conduciría hacia otra nueva vida. Planeó su propia muerte. Y tras varios intentos de suicidio, la familia lejana, aquella que aún le quedaba a pesar de los años y que no estaba dispuesta a hacerse cargo de la situación, decidió internarla. Ella, consciente de lo que pasaba se sometió sin un ápice de rebeldía, casi que con alivio a esa plácida reclusión. Y fue una paciente modélica hasta el día, en que al abrir la puerta de su habitación, encontraron junto a ella el cadáver de una enfermera. Cuando fue interrogada, contestó:

“Creo en la reencarnación como podría creer en cualquier otra cosa, en algo hay que creer, así que ya que todo es mentira o todo es verdad según desde el lado en que se mire, puedo fantasear o confirmar esta teoría. Tengo un hermano que en otra vida seguro fue mi marido y en otra anterior mi hijo y en otra más anterior todavía un gran amigo. También tengo un gran amigo que en mi anterior vida fue mi amante y en otra más anterior mi hermano. El caso es que mi marido, me acaba de llamar, y no sé por qué razón, por su voz se me ha revelado que fue mi abuelo en una transmutación anterior, así que le he dicho “¡yayito!”, y se ha enfadado conmigo colgándome sin más. Mi hijo, que es una reencarnación del primer gato que tuve, sigue echándose junto a mí para que lo acaricie cada noche, poder ronronear a mi lado y dormir repantigado delante de la ventana que deja abierta para poder marcharse cuando quiera. También en la etapa que fui hombre, mi hija fue mi mujer, y por eso ahora, discutimos tanto, y nos atraemos tanto, queramos admitirlo o no. Mis padres, que siempre fueron mis padres, en todas las vidas, me han educado muy bien. Todas las mañanas me tomo las pastillas, la rosa, la verde, la roja y la amarilla antes de desayunar, no me salto ningún color, y debo reconocer que me sientan estupendamente, porque durante el día suelo olvidar todo esto y puedo tratar a cada cual dentro de la clínica como le corresponde, poner a cada uno en su lugar. Sin embargo, a partir de las cinco de la tarde, hora de toreros, de té, de salida del colegio de los niños, de 2ª dosis de pastillas y del programa de radio que más me gusta, vuelvo a estar lúcida y mágica, y veo pasar y repaso todas mis vidas. Después, finjo tomar esa 2ª dosis, pero no lo hago, porque a continuación, vienen las visitas, y quiero estar normal para ellas. No vienen todos a la vez, menos mal, pero aún así yo los recibo por igual en el mismo sitio de siempre, no quiero que ninguno se sienta discriminado, ni superior ni inferior, no tendría sentido, pues todos han sido los mismos pero con distintas formas en todas las reencarnaciones. Los recibo en el jardín que comparto con otros inquilinos de este sanatorio, que es ahora mi nueva casa. Los médicos son mis criados de antaño, pero transformados, y también vasallos de mi ejército cuando mi gran amigo fue Atila. Un día a la semana tengo revisión, y me observan, lo sé y no me importa, no me importa ver en sus caras estupor, ni que incrementen mi número de pastillas tras cada encuentro, porque eso me indica que la nueva vida no está muy lejos y me estimula para aguantar ésta, que creo es la menos bonita de todas, bueno, ni bonita, ni fea, es extraña, pero como tengo que pasar todos los ciclos, éste sé que no volverá…
Esta mañana me han pinchado algo, me ha dado tanto sueño que durante un momento he vuelto a mi vida anterior, cuando estaba en mi casa y mi marido que era mi abuelo me preguntaba por qué hacía esto o aquello, y mi hermano que era mi marido me daba de comer cuando tenía regresiones y mi amigo que fue mi amante lloraba cuando le decía que por qué me engañaban todos, y mi hijo que era mi gato se marchaba por la ventana.
Por cierto, ¿qué era lo que me habían preguntado?"
J.E.

viernes, 30 de mayo de 2008

Algo habitual


Cuando creyó que ya se había levantado, vestido y desayunado, se despertó. Llegaba tarde. Saltó de la cama por el lado contrario al habitual y sobrecogido miró hacia atrás como si alguien le hubiese empujado. ¿Cómo podía haber cometido semejante error? Creía en las señales y ésta la interpretó como un mal presagio.
Después, quiso ir al cuarto de baño pero sin saber porqué acabó en el comedor. Volvía a alterar el orden de las cosas y, por un instante, tuvo la sensación de que no era él quien dirigía sus movimientos. Pensó en regresar a su habitación y volverse a acostar, levantarse de nuevo y empezar con mejor pie, pero sus pies y con ellos él, tomaron otro camino.
La gente lo miraba sorprendida. Pasearse en pijama y zapatillas por las calles más céntricas de la ciudad no era lo más normal pero no podía hacer otra cosa. Sólo andar, andar deprisa, andar sin mirar, andar sin pensar, llegar, llegar cuanto antes a ese lugar que sus pies, contra su voluntad, le habían destinado.
En la oficina todo era extraño. Observó cada una de las cosas como si las viera por primera vez. Los focos de luz empotrados en el techo se le antojaron cámaras de vigilancia oculta. Donde antes se situaban las mesas de sus compañeros, ahora unas estructuras metálicas saturadas de objetos inútiles ocupaban su lugar. Finalmente, sólo quedaban dos mesas que parecían haber sobrevivido a todo aquél desbarajuste. Debían ser, la de otro compañero que por algún motivo no se encontraba allí, y la suya.
Se sentó con desconfianza en la que intuyó podía pertenecerle y encendió el ordenador con la plena convicción de que aquellos focos, a los que no se atrevía a mirar, lo estaban espiando. Introdujo su número y su clave secreta. “Código y clave incorrecta” le amenazó el ordenador. Tecleó de nuevo sus datos tan lentamente que equivocarse rozaba ya el territorio de lo imposible pero el mensaje se repitió: “código y clave incorrecta”.
Se levantó nervioso y se asomó al balcón que ahora quedaba justo al lado de su mesa. ¿Por qué le resultaba imposible abandonar aquella sensación de irrealidad? Estaba tan cansado. Seguramente, el estrés le estaba jugando otra de sus malas pasadas.
Las ganas de vomitar lo sacaron de allí. Arrastró primero sus pies y luego su cerebro pero no fue capaz de encontrar los servicios. De repente se había perdido en un pasillo que no recordaba. Vomitó en el suelo y volvió sobre sus pasos.
Entró de nuevo en el despacho y allí, de pie y no dando crédito a lo que estaba viendo, dejó escapar un gritó de estupor. Era él mismo sentado en su ordenador manejándolo perfectamente, trabajando como si tal cosa pero con treinta años menos.
Y entonces lo recordó. Recordó cuánto había deseado aquella merecida jubilación. Cómo le felicitaron todos aquellos hijos de puta que le habían hecho la vida imposible durante tantos años. Recordó que él ya no trabajaba allí.
J.E.

jueves, 29 de mayo de 2008

No es la muerte lo que me asusta


Navegando entre... la Nada intento abrir los ojos y mirarme, pero no me veo. Una espesa niebla lo acapara todo. No sé si estoy en el suelo o suspendido en el aire, tumbado o de pié, no reconozco nada familiar entre esta espesa capa que me cubre. La sensación es tan extraña que empiezo a pensar que estoy muerto y por eso no me ubico.
Vuelvo a empezar de nuevo, pongo todos los sentidos en mis ojos, pero el resultado es el mismo, la nada.
Pienso en mi desaparición de este mundo y no me asusta en absoluto porque de donde yo quiero desaparecer ahora mismo, es de mi mente. Tengo miedo pero no precisamente de la muerte.
Pruebo a levantar una mano para ver si mis dedos aparecen repentinamente por alguna parte pero la nada sigue ahí.
Golpes en una puerta y una voz que intenta advertirme de algo me sobresaltan. Aún puedo oír pero no entiendo el significado de las palabras.
Siento el latido de mi corazón en la garganta y las gotas de sudor recorrer mi frente. ¡Estoy vivo todavía! Pero ¿por cuánto tiempo?
No recuerdo ningún momento anterior a esta nada ni posterior a los golpes, sólo un hay un vacío negro, angustioso, aterrador. No sé lo que me está pasando.
Los golpes en esa puerta que no veo se repiten y la voz parece aún más apurada pero sigo sin entender el idioma en que me habla.
Me alejo cada vez más de mi cuerpo, un cuerpo que ya no responde. No puedo moverme, ni verme, ni hablar, sólo respirar aunque cada vez con más dificultad, me ahogo, me...

En la calle sonaban las sirenas. Coches de policía y bomberos se agolpaban frente al edificio de un hotel.
Las ventanas del piso más alto ardían envueltas en humo negro. La gente se arremolinaba preguntándose que había podido suceder.
Las noticias de la noche comunicaban que en un incendio de un famoso hotel había desaparecido un extranjero.
J.E.

domingo, 25 de mayo de 2008

El ojo en la aguja


Un brazo, mi brazo. El puño apretado y la cinta de goma estrangulando el antebrazo. Una aguja penetrando sin piedad empujada por una mano, mi mano, la más letal de las armas. El dolor metálico me contrae. Mientras el fino acero invade, la obstinación y el coraje retroceden, pero me digo. ¿Por qué no?, es tan fácil... Quiero ser consciente de mi cuerpo antes de que todo ocurra. De mi mente también. De esta voz que me habla, mi voz. Colocado frente al espejo me espío y ya no estoy sólo, otro que ya no soy yo repite todos mis movimientos pero desde la otra parte, la que no se ve, la que todos llevamos dentro. Sólo los espejos conocen esa parte. Como vampiros, se alimentan de todo aquél incauto que se acerca a ellos, que por muy despacio que lo haga, por poco que se asome, queda atrapado al otro lado de sí mismo, en el enigma de su revés invirtiendo el sentido de las cosas. Así, si estás gozando de este mundo, pasas a sufrir los tormentos del infierno y si sufres de tormento puedes encontrar el goce, ver que no eres tú el que sufre sino el otro, ese espectro de ti que te observa. Quizá cuando me aparte del espejo mi brazo ya no sea mi brazo y esa aguja que empuja mi mano no sea aguja sino espina y mis venas no sean más que piel de rosa y mi mano no empuje sino sólo apriete. Ese que habita en el espejo me habla sin voz, sólo mueve los labios, pero yo entiendo sus órdenes a la perfección y me dice que me detenga. Me está engañando, quiere destruirme, sabe que si no hago lo que tengo que hacer, ese cadáver se volverá contra mí, hablará con su cuerpo y probará que fui yo quien lo maté.
Mi última voluntad se ha cumplido. Está de cuerpo presente. ¡Cuantas veces lo dije!, "de saber que voy a morir, me gustaría saber lo que se siente al matar". Cuantos me oyeron se escandalizaron, si, quizá buscaba eso, escandalizar o ¿realmente la broma encerraba parte de verdad?, no lo sé, sencillamente era una fantasía, una falacia de esas que uno comenta por comentar, por resultar original, por salirse de la norma o provocar. Nunca pensé que esa tontería llegaría a materializarse en mi mente con todo tipo de detalles. Esa idea secuestró mi cerebro, lo convirtió en un rehén de zulo en el que no quedaba espacio para pensar en la propia muerte y sin una cosa no podía darse la otra.
No sé por qué le tocó a él. Dos años trabajando juntos no nos habían acercado mucho pero tampoco lo odiaba, simplemente me era indiferente. Lo invité a cenar. No tenía nada planeado. Lo vi de espaldas frente a la ventana abierta, el viento le había vuelto la corbata del revés y ahora quedaba flotando en el aire como una horca de la que su cuello no quería escapar, pero necesitaba la complicidad de un verdugo. Esa visión fue la voz, el reclamo que se impuso a mi voluntad. Uno de mis pensamientos emancipados aprovechó para ponerse al frente de los demás y dirigió la acción. Una vuelta alrededor de la garganta y ya está, esa corbata hacía realidad el torrente de fantasías que había ocupado mi cabeza en los últimos tiempos. Después, ya podría dedicarme a mi propia muerte.
Miro hacia el suelo y ahí está, tumbado, inerte, quién lo diría, hace unos minutos miraba a través de una ventana y ahora.... No da miedo, en unos segundos me iré con él. No importa lo que diga el ser que habita en el espejo.

J.E.

jueves, 22 de mayo de 2008

La Frontera


Hay casas vacías en las que un grito sólo es un eco en el espacio, una voz que se pierde en otra dimensión, una voz que desaparece en el aire. En cambio otras disponen de habitaciones amuebladas hasta el último rincón y además, forman parte del territorio de un castillo, un castillo encantado de tesoros y secretos, pero en éstas, también se pierde la voz.
Su voz interior era más fuerte que la que pudiera oírse a través de su boca, esa boca que yo había amado y odiado al mismo tiempo como todo lo que habitaba en él. Su personalidad me hizo esperar lo peor, sin embargo, no volvió la mirada cuando le hablé, esa mirada que envolvía cuanto quería que le perteneciese y que dotada de poderes sobre mí imponía órdenes sin mediar palabra.
Sufrí con él cuantas derrotas pudieran asumirse luchando en las mismas batallas una y otra vez, pero vivíamos los acontecimientos en distintas e inconexas realidades, él, desde la intangible, yo desde la palpable, a tientas, con las manos extendidas por si tropezaba con algo, con el miedo colgado en las entrañas por si me equivocaba. Era absurdo, ahora veo que no podía tropezar ni equivocarme porque mi pensamiento, dirigido por su mente, nunca sabía hacia qué ni a dónde iba, pero iba.
No me reconocía en ese comportamiento pero esa también era yo. Me había pillado desprevenida. El amor era lo primero y por él podía sacrificarlo todo. Yo, corazón negado a la idolatría de la noche a la mañana alabando al becerro de oro, a la bestia de las bestias, al tótem sagrado que había impuesto sobre mí su pensamiento equivocado.
Y las paredes de esa casa que había convertido en horizonte, en frontera lejana y desdibujada, azul y azul, morada y naranja, invisible a veces, era ahora un horizonte tan cercano y recto, tan amenazante y desolador como un camino cortado que no desemboca en nada, y cuando nada se espera nada se teme, y yo nada temía en mi determinación porque había comprendido que era hiedra enredada, musgo escondido, tierra atrapada entre las raíces de un árbol que se aferraba con garras de animal para no ser arrastrado cuando el viento azotase en su contra. Había perdido mi voz.
Uno nunca sabe porqué hace las cosas cuando ha rebasado determinado límite. Esa línea divisoria que lo cambia todo, esa que una vez traspasada ya no tiene vuelta atrás. No encontraba nada que decirle después de la verdad. Era una verdad cruel como casi todas las verdades y al mismo tiempo justa, justa dentro de ea justicia inventada que suele cambiar según la época, el país, la religión o el gobierno. Moral, dentro también de lo que se quiera entender por moralidad.
Ya no te quiero, le dije. Y quise recoger mis palabras después de haberlas pronunciado, pero quedaron flotando en el aire sin respuesta, se perdió mi voz en nuestra casa deshabitada, en nuestro castillo encantado. Él no contestó, ni se volvió, su espalda era todo lo que podía ver, su inmovilidad me hizo adivinar su expresión. Tuve miedo pero había traspasado la frontera.
J.E.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Así en la tierra como en el cielo


Hacía unas semanas que los buitres sobrevolaban la ciudad dibujando círculos cada vez más pequeños. Los despojos y la carroña se amontonaban como esculturas urbanas dedicadas a la avaricia, la suciedad y la ambición. Los basureros estaban en huelga y el alcalde no sabía qué hacer con las peticiones de estos ciudadanos.

Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor el siempre respondía, minero. Lo había visto en todos los hombres de su casa y lo que más le gustaba era ponerse el casco con el foco arriba para iluminar bajo la tierra. Qué curioso, ahora enfocaba los destinos de los demás en su mesa de despacho con una bandera detrás y un traje de chaqueta bien colocado. Nunca lo hubiera imaginado para él, pero las circunstancias le llegaron así, como llegan a casi todos los que se salen de una tradición familiar, por un cúmulo de casualidades. Ya no era lo subterráneo su fuerte, sino lo intangible, se había convertido en un vendedor de sueños o en un destructor de los mismos, dependiendo de quien opinara. Ser político no le había resultado tan fácil como pensó en un primer momento. ¿Cómo contentar a todos?, ¿cómo arreglar unas cosas sin estropear otras?, era lo más parecido a ser el genio de la lámpara maravillosa pero con mil aladinos frotando por todas partes y así uno no llegaba a saber nunca por dónde tenía que aparecer. No se podían conceder todos los deseos. Lo que era ilusión para unos se convertía en desgracia para otros y un espíritu tan limitado como el suyo no era capaz de discernir qué podía ser lo correcto en cada caso. Y así de mal le iban las cosas. El tema de los buitres y la basura lo tenían realmente atrapado.
Su amigo que siempre había sido hipocondríaco y aprensivo, terminó siendo basurero, conviviendo día tras día con los gérmenes, los desechos y la putrefacción. Cuando era pequeño y le preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía que astronauta, para flotar por el espacio porque el cielo y el aire estaban muy limpios. Y no podía haber acabado en algo tan terrenal como la basura y en una ciudad tan oscura y sucia como esta en que los edificios parecían enfermos y las calles acumulaban tristeza. Y ahora, además, evitando un despido inminente que en el fondo deseaba con toda su alma, pero contra el que tenía que luchar para conservar ese puesto de trabajo que día tras día le reventaba las entrañas como al resto de sus compañeros.
Sin embargo, la amistad forjada entre los dos en esa niñez de sueños, continuaba intacta a pesar de los años y de sus mundos girando en órbitas diferentes. Todavía se querían, odiaban, y admiraban con la misma intensidad que lo hicieran en la infancia.

Durante el día cada cual ejercía su función. Uno se manifestaba por las calles con la fuerza de la rabia, la solidaridad y la necesidad. El otro ordenaba reprimir esas manifestaciones con la fuerza de la ley. Sus esperanzas y aspiraciones eran caminos paralelos, vías de tren que nunca llegarían a juntarse. Pero por las noches todo era diferente. Despojados de mono y traje. Bajo el abrigo común del alcohol y alguna que otra droga, en los bares de costumbre volvían a ser los amigos de siempre. Con sus bromas y tonterías, con sus niños atrapados en cuerpos de hombre aflorando al exterior. El astronauta y el minero se comprendían y se divertían a pesar de sus distintos universos personales.
Una mañana, los trabajadores de la basura encabezados por el que hubiera querido ser astronauta, irrumpieron por la fuerza en el despacho del aquél que nunca sería minero. Los amigos se encontraron frente a frente y se miraron desde sus dos mundos lejanos. No quisieron reconocerse. Simplemente midieron sus fuerzas y supieron que ambos perderían, que ya no habría vuelta atrás, que ni siquiera las noches los salvarían, que un buitre negro había caído muerto bajo sus pies.

J.E.

lunes, 19 de mayo de 2008

Istmo de Curlandia


Extraña península. Como yo. Como todos. "Ejemplo excepcional de paisaje de dunas arenosas, permanentemente amenazado por fenómenos naturales como el viento y las mareas".
J.E.