Neradas

Compartir neros. Istmos de complicidad entre amigos que definen situaciones o personas según el momento.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.

J.E.

sábado, 18 de julio de 2009

Lentamente, amor muere en pequeños círculos


Lento, sigiloso, con pasos de primer hombre que camina por la luna, entre dunas de placer y repugnancia, con la respiración entrecortada y una erección incontenible bajo el pantalón, “celos” se abalanza como un desesperado, los brazos estirados, las manos alzadas en dedos corvos, los ojos saliendo de sus orbitas, el rostro congestionado. Un grito ahogado detrás de los dedos, pasos indecisos de víctima incrédula que retroceden, dos, tres veces, cinco. Con la misma lentitud con la que antes avanzaba “celos” ahora retrocede “amor” amenazado. Una música estridente golpea los oídos, eriza los poros de la piel, predispone. Rayos, truenos y gotas furiosas de tormenta atronan alrededor de esa casa amplificados por el sonido de un techo de Uralita. Un reloj lejano y gigantesco da doce campanadas, las ramas de los árboles azotan los cristales de las ventanas mientras diez dedos agarrotados se hunden en el cuello de “amor”, sobran dedos y sobran manos así que ambas se superponen formando una sola, una mano encima de otra mano, una sola que aprieta y aprieta por debajo de una boca pequeña que cada vez se hace más y más grande hasta que no cabe una gota más de aire, hasta que los ojos por encima de esa boca se dilatan obteniendo el mismo diámetro, la saliva apenas cabe en esa cavidad que ya no es garganta sino embudo. Jadeos, toses sin aliento, estertores, y por fin silencio, calma, paz. Muerte. Una muerte doble. Una por fuera y otra por dentro.
Ambos salen de la fila de butacas en silencio mientras la pantalla sigue con los créditos y la banda sonora allá detrás no deja de reproducir en sus cabezas la imagen de la última escena.
Cuando atraviesan la pesada puerta del cine es de noche, mientras encienden un cigarro, las aterradoras imágenes siguen en sus cabezas ahora ya sin música. Ninguno quiere ser el primero en opinar, no sabían el argumento al decidirse por esa película, simplemente una de miedo y ya está, y el silencio que provoca una ficción tan parecida a su propia realidad se prolonga unos minutos interminables mientras desvían la mirada observando al resto de público que ajeno a sus sentimientos sale de la sala comentando como si nada…

martes, 26 de mayo de 2009

A Benedetti


Tuvo una soledad tan concurrida. Lanzó su botella al mar. Hizo un cálculo de probabilidades, poemas como única variable, como contraofensiva, como un cuestionario no tradicional, como una batalla perdida o un grafiti sin muro todavía. Mirando a la luna hizo con ella un trato, un memorándum de compromiso. No te salves, pidió a los espíritus conformistas y acomodados provocando insomnios y duermevelas. Táctica y estrategia. En el zapping de los siglos, siempre quedará una primavera con una esquina rota, la vuelta de Mambrú o una tregua…

miércoles, 13 de mayo de 2009

Cuando el Sol se vuelve cuadrado

El pueblo era tan esquemático en sus costumbres que todo era allí cuadriculado. Todo tenía medida y límites, nada se permitía a la improvisación. El Sol salía todas las mañanas y era el motor para empezar a trabajar: sembraban, araban, esperaban o recogían el fruto según la estación. Cuando el Sol se ponía: paseaban, cenaban y se iban a dormir hasta el día siguiente y así sucedió durante años y años, tantos, que era imposible pensar que hubiese otro tipo de vida en cualquier otro lugar, hasta que una noche llegó aquel extraño personaje con sus premoniciones y teorías. No solía equivocarse, así que cuando vaticinaba que iba a llover, el cielo se cubría, las nubes se entrelazaban unas a otras y obedecían humildemente a su premonición. Otras veces, bastaba con que mirara a alguien detenidamente o hiciese un comentario desafortunado hacia cualquier persona para que ésta entrase en desgracia, preveía noticias y solía acertar tan de lleno que el pueblo entero empezó a esquivarlo. Si él aparecía por una esquina, inmediatamente quedaba desierta toda la calle, hasta los animales de los distintos corrales, mimetizados con sus dueños corrían locamente en contradirección cuando él se acercaba. Así ocurrió que desde donde él estaba instalado hasta la otra parte del pueblo, justo en las afueras, no había nadie.

Cuando el hombre empezó a sentir soledad, decidió hacer algo para volver a ganarse la confianza de la gente. Maquinó un plan. En vez de adelantar acontecimientos como había hecho hasta ahora, daría rodeos de esquina a esquina del pueblo con una gran pancarta en la que haría saber sólo lo que ocurriese en el pueblo de al lado.

El primer día se puso manos a la obra. Cortó un cuadrado de tela blanca de una sábana, cosió los extremos a dos ramas de árbol, y escribió con letra gigante para que desde muy lejos pudiera leerse con facilidad: “EN EL PUEBLO DE AL LADO VEN EL SOL CUADRADO”. Paseó por las calles sin gente alzando cuanto podía su pancarta para que desde cualquier ventana o rincón, cualquiera pudiese leerla. No obtuvo resultado. Al día siguiente se le ocurrió otra idea y probó a colocar la pancarta fija en la plaza del pueblo atada a los mástiles del Ayuntamiento y alejarse para que todos se acercaran sin temor a leerla, después se recluiría en su casa hasta ver resultados.

Atardecía y el Sol estaba ya tan bajo que casi podía tocarse con las manos. Vista desde lejos, la pancarta cubría justo el centro del Sol y sólo por los lados asomaban los rayos amarillos, tan acumulados en cada esquina, que aquello parecía el ojo de Dios bajado directamente del cielo. Horas más tarde, una comitiva aterrorizada del pueblo de al lado se adentró en la plaza gritando que el Sol se había vuelto cuadrado. Sólo había luz en las esquinas y en el centro había anochecido, en el centro todo eran sombras.

El hombre, permaneció escondido. No se atrevía a salir de la casa. Por primera vez no sabía vaticinar lo que ocurriría después de su nefasta idea, pues no sólo veía imposible recuperar a sus vecinos sino que ahora el pueblo de al lado también lo rechazaría. Cuando el Sol se escondió definitivamente, se reunieron en la plaza los vecinos de ambos pueblos con palos y antorchas. Quemaron la pancarta y acudieron a casa del extraño, la quemaron también, sin piedad y sin remordimientos. Había que salvar las tierras por encima de todo. No podían permitirse un Sol cuadrado. Cuando amaneció, respiraron tranquilos. Todo solucionado. El Sol volvía a ser redondo como siempre.

martes, 12 de mayo de 2009

La música no siempre amansa a las fieras


En el metro, al caer la tarde, en plena hora punta y en medio de la estación central, entre dos carteles de publicidad invitando a viajar al lejano oriente con vistas de pagodas, ríos con casas de madera en las orillas y budas de oro vistos desde el cielo, colocó su banqueta el violinista. Abrió la cremallera de la funda de su violín, y sin soltarlo, la colocó en el suelo abierta para recoger las monedas que le fuesen echando. Se sentó despacio, con ceremonia, vapuleando con gracia y por costumbre la cola de chaqué recién planchado para la ocasión, colocó su mentón sobre la barriga de su Stradivarius relajó el hombro y comenzó a tocar arrancando con la chacona de la Partita número 2 en Re menor de Juan Sebastián Bach.

Con arqueos de placer, atrapando entre hombro y barbilla cada nota, presionando el instrumento contra su cuello, se prolongaba el violinista sobre su violín hasta donde éste terminaba, allá donde las clavijas tensaban sus cuerdas, y donde su mano derecha, crispada en una danza como de patas de araña sentía cada vibración en el responder agudo, soberbio y tortuoso de la destreza de la otra mano, la izquierda, la que con los dedos describiendo una eme y empujados por un pulgar firme sujetaban la vara mágica que entrechocaba las cuerdas en el centro, rozándolas, rascándolas, puliéndolas con suavidad y con violencia, con ojos entrecerrados y gesto poseído por una muerte dulce, una mueca de dolor y delicia, regodeo y éxtasis.

La gente pasaba junto a él deprisa, a sus cosas, sin pararse, algunos le lanzaban alguna moneda mientras pasaban de largo, de vez en cuando alguien se paraba unos segundos junto a él para reanudar la marcha. Varios niños ralentizaron el paso de sus padres atraídos por la música. Dos policías le pidieron los papeles. Un par de mendigos se sentaron junto a él para alegrarse el día. Un ejecutivo depositó junto a la funda salpicada de céntimos de moneda una caja con un “Big mac” de MacDonalds y se alejó sin mirar por si ofendía. Una mujer de mediana edad dejó en el suelo una bufanda que pensaba regalar a su yerno. Un grupo de adolescentes lanzaron cigarros pero al no acertar en la funda rodaron hacia el par de mendigos que se los fumaron tranquilamente. Un mochilero arrojó un bonometro al que le quedaba un viaje.

El violinista seguía tocando extrañado por la ausencia de aplausos, por no importarle las toses, las melodías de móviles, las voces y el griterío. Se sentía mucho más feliz que la noche anterior en el gran teatro con el aforo completo. Para él también fue un descubrimiento. No había perdido su vocación.

Al día siguiente, un titular en todos los periódicos. La mayoría de los que había pasado ante el violinista el día anterior llevaba uno bajo el brazo, rezaba así:

“LA BELLEZA PASA DESAPERCIBIDA
Un virtuoso con un violín Stradivarius tasado en 3’5 millones de dólares, no logra llamar la atención de los viajeros del metro”

lunes, 11 de mayo de 2009

Cuidado con los deseos, a veces se cumplen

Aquel hombre llevaba toda la vida esperando que las cosas cambiaran, no hacía nada, pero esperaba sin decidir: algún milagro, una coincidencia, una inercia distinta que lo trasladase al mundo de los elegidos para darle sentido a esa vida anodina que llevaba desde que tuvo uso de razón. La más arriesgada de sus leyes imaginarias de supervivencia, de su código secreto para salir adelante, era dejarse llevar por las casualidades que le fuesen viniendo, aunque claro, éstas a él nunca le sucedían. Sin embargo como tantas otras veces, la casualidad estaba ahí delante de él, a su lado, a la vuelta de la esquina, en cada acto, en cada movimiento, rondándolo, mirándolo de frente mientras él miraba como siempre hacia otra parte, hacia su propio catálogo existencial.

Anotaba todo lo ocurrido en el día a día, es decir nada, en las hojas del calendario del año correspondiente colocado con un imán de quita y pon en la puerta de la nevera. La hora de levantarse, siempre la misma; desayuno, el mismo: levadura de cerveza y polen disuelto en zumo de naranja, un café y el primer cigarro del día; almacén: bronca con su padre, acreedores y proveedores; comida: cada día de la semana el plato correspondiente con ensalada, una pieza de fruta de temporada para el postre, otro café y el segundo cigarro del día; almacén por la tarde: pelea otra vez con los mismos y por lo mismo; vuelta a casa por el mismo camino andado y desandado durante tantos años que si le cortaran el tronco sus piernas caminarían por él sin dificultad yendo y viniendo hasta agotar la sangre que quedara en ellas; cena: yogurt con cereales y otro café con el último cigarro del día; programa de televisión: el que sea, el que aparezca en pantalla por defecto, no importa, no tiene preferencias; quedarse dormido en el sofá; pasarse a la cama. Dormir. Al día siguiente, anotará lo mismo en otra hoja en la que sólo variará el número del día y el día de la semana, y así todos los días año tras año.

Volvía de trabajar ensimismado con la reproducción una y otra vez en la cabeza de la última pelea con su padre. En el fondo, no eran tan distintos, pensaba, su padre había renunciado a todo por él y él lo había hecho también por su padre, menos mal que él no tenía hijos y esta maldita historia de renuncias se cortaría en él, en fin, que ya estaban en paz, uno a uno, ¿pero por qué su padre quería siempre más de él?, ya estaba harto, aunque esta vez sí que haría lo que siempre había querido hacer. Nada. Nada y punto. Tenía la edad justa para jubilarse y eso es lo que haría el mes próximo. Si su padre quería seguir trabajando para mantener la tradición y estar en forma, él prefería jubilarse aunque con ello obtuviera la muerte. Según su padre, la jubilación era la muerte, el irse dejando poco a poco, el no tener nada que hacer, eso era la muerte en vida para su padre, lo que no sabía su padre es que él llevaba muerto mucho tiempo, tanto que no le importaba morirse de otra manera. Por fin anotaría algo distinto en el día uno del próximo mes: “hoy me jubilo”, anotaría, júbilo, eso es lo que sentiría, júbilo de jubilarse, de desecharse, de apartarse del mundo laboral, jubileo de que las cosas cambiaran.

Y llegó el día. Callejeó perezosamente sin rumbo fijo por las calles de su ciudad, desconocida excepto en el tramo del almacén a su casa. Anotaría cada uno de sus recorridos en el calendario, y cada cosa que le ocurriese…

Tres días después escribiría en el calendario: hoy ha muerto mi padre. Velatorio a las cinco de la tarde. Fue a velar a su padre muerto. En herencia le dejaba el taller suplicándole que se hiciese cargo y que buscase un encargado que lo sucediese en el futuro, que al no tener descendientes, dejase el negocio en manos de dicho encargado y con la misma súplica que le hacía él en ese momento, que por ningún concepto lo cerrara, que de lo contrario, su vida no habría valido la pena. Volvió a pelearse con su padre ya muerto, y aún muerto ganaba la última batalla, seguía arruinándole la vida. El destino es una montaña y yo no soy escalador se decía mientras rezaba un Ave María por su padre muerto. No acepto, dijo en el amén.

Colocó un anuncio en el periódico ofreciendo el negocio gratis sólo a cambio de trabajo. Nadie contestó. Parecía un timo, nadie regala nada. Cambió el anuncio y pidió un precio razonable. Tres candidatos quedaron con él a lo largo de la semana, así que anotó en el calendario en la hoja del lunes a uno, en la del miércoles a otro, y en la del viernes al tercero, todos a la misma hora, a las cinco de la tarde. ¿Por qué todas las cosas parece que pasan de pronto ahora?, ni siquiera tenía una idea clara de lo que esperaba de estos encuentros. Recordó sin saber por qué el dibujo de su primer cuento en que una boa se había comido un elefante y era confundida por los adultos con un sombrero, qué estupidez, pero estos tres hombres con los que se había citado y que pensaba comerse con tal de alejar de sí el taller de su padre serían un gran sombrero para él y seguramente, le vendría grande en cuanto lo colocase sobre su cabeza. Con el hombre del lunes no llegó a un acuerdo así que esperó impaciente al miércoles, pero ese hombre no apareció así que el viernes sería su gran día, el hombre viernes fuese como fuese y le ofreciera lo que le ofreciese sería su salvador, no quería volver a saber nada del almacén. Y así fue. Viernes era joven, listo y con ganas de trabajar. Le propuso algo que superó todas las expectativas de la casualidad: vender el local, comprar una autocaravana y montar allí el taller itinerante ofreciendo sus servicios cada día en una ciudad distinta, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, a donde les llevase el destino y la casualidad. Nombró el hombre viernes la palabra mágica y aquél que llevaba toda la vida esperando que las cosas cambiaran cambio su destino en ese mismo instante. No más calendario, no más piernas sueltas caminando entre dos puntos fijos, no más peleas con su padre muerto… Salió a la calle eufórico por su decisión. Por fin tomaba una decisión, por fin huiría de la insoportable sombra de su padre. Compró un helado y se lo comió a deshora, se fumó un cigarro que excedería del número previsto para ese día y hasta se atrevió a gritar de incontinencia emocional en medio de la calle.

Lo que no sabía entonces es que pasado un tiempo lloraría por recuperar aquel otro tiempo perdido en su antigua casa, con sus hojas de calendario en las que siempre ponía lo mismo, sus caminatas del taller a casa y de casa al taller y por su pobre padre que ahora ya carecía de culpa. Comprendería tras recorrer infinitos caminos que en el fondo nunca le interesaron lo suficiente, que los placeres que comporta la ignorancia del mundo, a veces, son mejores que los placeres del conocimiento consumido en vivo y en directo.



sábado, 18 de abril de 2009

Encuentro carnal con el arte


Me bastaba con estar allí, en la calle, al caer la tarde, por barrios desconocidos y oscuros donde la luz sólo apareciese tenue en las lunas de los comercios a punto de cerrar. De puro abatimiento, a esas horas sólo deseaba pasear la noche a la búsqueda de una víctima apetecible.
No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. (Pablo Picasso). Esta frase colgada en la pared bajo una fotocopia cochambrosa del “Guernica” fue lo primero que encontré al entrar en una pequeña pensión regentada por un individuo con el que compartí un extraño descubrimiento.

El secreto de los rostros de Picasso: aristados, superpuestos en facciones de ojos y narices amontonadas, bocas torcidas y expresiones distorsionadas lo descubrí por casualidad esa misma noche en la que después de llorar al amor perdido como siempre, con los ojos todavía hinchados y henchidos en revancha, acabé en esa pensión de mala muerte desamando a un completo desconocido, un tipo que se movió encima de mí, compulsivo y arrítmico, dominador y apremiante.
Mis ojos irritados y su proximidad exagerada consiguieron el hechizo. Entonces lo comprendí, él era uno y todos los amantes a la vez, cualquiera de los personajes de mi propio "Guernica". Los innumerables y persistentes avances y retrocesos cara a cara daban al óvalo de su rostro una figura de aguja en la que se aglutinaban superponiéndose miles de ojos, narices y bocas a la vez.

Arremetía contra mí el monstruo polimorfo balbuciendo no se qué cosas cuando en ese instante de connivencia Picassiana, de repente, Leonardo da Vinci entró en acción y me atrapó. Una mosca perseguida muy de cerca por si misma recorría el cristal del espejo sujeto al techo de la habitación reproduciendo la escena. Ahora se detenía. Frotaba con fruición sus patas delanteras y proseguía camino hacia una reproducción de La Mona Lisa que sonreía descaradamente desde la pared frente a la cama y que también quedaba reflejada en el cristal. La Gioconda mirando de soslayo a la estúpida mosca que ahora cruzaba su boca destruyendo la sorna secreta que la caracterizaba para convertirla en una mueca de asombro, un !oh! pequeño, ridículo, negro y con patas con el que yo me identificaba en ese momento.
Los dos ojos de aquél hombre de mirada hambrienta, ya no guardaban linealidad ni separación, uno de ellos se desdoblaba en el otro, y el otro en el otro, partiendo todos desde su frente en hilera hacia su nariz. Un racimo de uvas-ojo sobre una nariz que a su vez, se desdoblaba hacia una mejilla, la del mismo lado de los ojos enramados, y su boca, esa abertura jadeante y horizontal en un primer momento era ahora una hendidura vertical que abría su rostro en dos como si estuviera roto. La barbilla picuda miraba hacia el otro lado y el pómulo opuesto subía peligrosamente hacia un cráneo ovalado y feliz.

viernes, 17 de abril de 2009

Tropezar con el pasado


Lo peor que puede ocurrirle a uno en un autobús es:

a) Encontrarse a un amigo de la infancia que no se ha visto en veinte años.
b) Intentar esquivarlo y que sea imposible.
c) Mentirle para marcharte y volvértelo a encontrar.

En los minutos que puedan separar tu parada de la del otro, enjaulado y sometido a un acercamiento irreversible del que no vas a salir indemne, y ante la inesperada intromisión del pasado en el presente cuando tienes prisa y además piensas que no volverás a ver a esa persona en otros tantos años o nunca, sólo tienes tres opciones y cada una de las tres será siempre todavía más desalentadora que la anterior.

a) Puedes iniciar una conversación trivial en el caso que decidas hacer frente a la situación sobrevenida.
b) Puedes hacerte el despistado y no apartar la vista de la ventanilla hasta bajar.
c) Puedes fingir no reconocer a la persona o hacerla creer que tú no eres tú.

Si no te es posible adoptar ninguna de ellas, si no hay escapatoria porque esa persona se abalanza sobre ti con un par de besos y facciones ensanchadas por la emoción de verte, si no hay más remedio que sucumbir a lo inevitable porque la situación ha superado todas las expectativas y estás a mitad de trayecto, entonces, si no sabes que hacer, mientras aprietas con insistencia el botón de próxima parada y antes de verte obligado a rememorar aquellos maravillosos años odiándote a ti mismo por ello y a él por iniciar esa conversación, o antes de hablar del tiempo con la sensación de estarlo perdiendo en un ataque de estupidez a dúo, o de hablar del estado civil de cada uno, o de lo que sea, antes, hay que tener siempre un objetivo prioritario, una fórmula redonda y contundente, una ecuación donde el factor X sea indespejable: no entrar nunca en lo que se está haciendo en el presente ni en ningún otro tipo de intimidad posible por pequeña que sea.

Justo cuando acogiéndome a la segunda de mis opciones, -la primera no debe escogerse voluntariamente jamás-, había logrado esquivar el encuentro y me asía alternando con una mano y otra las distintas correas de sujeción que oscilan en la barra superior del vehículo con tanta intensidad que podría haberme quedado allí colgado para siempre, justo cuándo había logrado llegar a la voluta más próxima a la puerta de salida y sentía ya el vértigo del triunfo, noté una proximidad y supe que las opciones b) y c) quedaban eliminadas y que entraría de lleno en la a) sin poder remediarlo. Mi compañero de pupitre del último colegio dónde estuve, el más listo de la clase, trajeado y oliendo a colonia de anuncio me saludaba cordialmente mientras golpeaba amistosamente con una de sus manos el muro de mi espalda. Me asaltaron todos los recuerdos de inmediato. Los humillantes suspensos en todas las materias menos en matemáticas, las burlas de los demás compañeros, los apodos infames.

- ¿Te bajas aquí?, - ¡Pitagorín! - preguntó de repente.

- ¡Eh! - dije intentando parecer lo más sorprendido posible, y odiándome por ello me atropellé a decir- ¡cuánto tiempo! ¿Qué tal?

- Bien, ¿Y tú?

- Muy bien, ¡hasta luego! – grité mientras la puerta se abría y prácticamente me tiraba al asfalto.
-¡Yo también me bajo aquí! -se apresuró a decir él mientras imitaba mi salto al vacío.

Mis intenciones fueron echar a correr con una excusa pero algo me contuvo no sé por qué. No recordaba su nombre, así que tuve que improvisar y caí de pleno en el primer objetivo prioritario a esquivar: mi vida personal.

- Me dirigía a una entrevista de trabajo, dije prácticamente poseído por alguien que no era yo. - Debo empalmar con otro autobús y tengo mucha prisa porque como siempre, llego tarde. Me atolondré, estaba dándole todo tipo de detalles. Sin embargo me conmovió que él, ante mi sinceridad, él, el alumno más aventajado del colegio, me confesara bajando la voz como en una especie de secreto que también se dirigía a una entrevista de trabajo. ¡Menos mal, no era yo el único fracasado!, pensé, si éste que era el empollón también estaba parado, entonces no me había ido tan mal como creía, al fin y al cabo habíamos terminado en el mismo sitio, ¿no?, y yo estaba casi seguro de haber aprovechado mucho mejor todos aquellos años en los que no nos habíamos visto aunque ahora tuviese que pagar por ello. El verlo tan acorralado por la vida como yo, me hizo sentir bien. Era una de esas alegrías tontas que devuelve el destino en el momento más desesperado. Sin embargo, agotado el tema me molestaba su presencia para pensar, y además, no me apetecía contarle más cosas de mi vida sorprendiéndome a mí mismo al hacerlo ni escuchar de la suya que preveía aburrida.

Me despedí con la típica frase: “a ver si nos vemos un día con más calma” e intenté escabullirme doblando la esquina y dando un rodeo para llegar a otra parada de Bus que me acercase a donde iba. Di una vuelta tonta a la manzana, la parada estaba pegada a la anterior, pero merecía la pena esa treta y poder llevar a cabo la segunda opción que pensé en el primer momento que lo vi. Cuando doblé la esquina que me dejaba en el mismo sitio donde nos habíamos despedido, descubrí que él continuaba allí, esperando un autobús que con mi suerte, sería el mismo que pretendía coger yo. Lo más catastrófico de todo es que él también me había visto. ¿Como reaccionar ahora? Mi mente trabajó más rápido que nunca para inventar una excusa, algo creíble que diera validez a mi estúpida vuelta. Me acerqué y le dije:

- Tenía tres visitas en mi lista de entrevistas. La primera era aquí detrás, pero no entiendo por qué está cerrado, para la segunda tengo que coger el 69, ¿cual esperas tú?
- ¡Yo también!, ¿vas al anuncio que salió ayer en mundo laboral?
- Si, - dije con la mirada perdida para cortar la conversación.
- Y a lo que acabas de ir ahora, ¿dónde se anunciaba? me he repasado toda la prensa y no he visto nada por esta zona.

Volvieron a abrírseme tres nuevas opciones, y esta vez, cada una de ellas todavía más apetecible que la primera:

a) Mandarlo a la mierda.
b) Confesarle la verdad.
c) Mentirle de nuevo.

sábado, 21 de febrero de 2009

Atrapado en el tiempo


Después de haber construido su máquina del tiempo, subirse en ella, y probar distintas épocas, comprendió que su esfuerzo había sido inútil, que algún inútil o inútiles había borrado la memoria del tiempo y éste había dejado de existir. Solo podía entonces quedarse en el puro instante, un presente que ni siquiera era tal ya que si todo aquello que veía y que constituía su realidad era bajo una mirada a la velocidad de la luz, habrían siempre unos nanosegundos inexistentes. Sintió pavor. Necesitaba ahora inventar una máquina que corriese más que la luz y atrapase esos vacíos de instante que debían habérsele perdido por algún sitio.

lunes, 16 de febrero de 2009

Intuiciones

Con la manga del suéter retiró el vaho del cristal, no paraba de llover y el gentío de hora punta corría atolondrado para no mojarse. La estación desbordada, escupía gente por todas partes y le impedía comprobar que sus pertenencias seguían allí abajo, en esa boca abierta de autobús en la que se introducían maletas a empujones esquivando el goteo de agua sucia que escurría por los bordes. Las dejaban allí sin más y subían despreocupados a buscar su asiento. No estaba tranquila, la fauna que merodeaba los alrededores de cada vehículo sin decidirse a subir a ninguno parecía estar esperando algún descuido. Aquellos equipajes estaban expuestos a un robo fácil. No había más que correr, agarrar, y volver a correr con el botín en la mano. En fin, que ella no temía que le robaran algo de valor porque no llevaba joyas, ni dinero, ni nada por el estilo, pero había tres objetos irreemplazables, tres objetos imprescindibles que desaparecidos convertirían en absurdos los otros tres, esos que llevaba consigo apretujados contra el asiento: el móvil, la cámara de fotos, y el portátil. Sus respectivos cargadores iban en la maleta expuesta ahora a las fantasías y deseos de cualquier desocupado que aguardara pacientemente la oportunidad del día. Tenía que haberlo puesto todo junto, pero el maletín no daba tanto de sí, de momento llevaba todas las baterías cargadas.
Mientras, no perdía ojo a su maleta y en ese mismo punto de mira observó a una pareja que se deshacía en besos mordiscos y apretones en una despedida sin fin. Como mis objetos, pensó, ahora separados y sin embargo anoche recargándose apretados en el banco de la cocina, debería de haber más enchufes en casa. Por un momento olvidó la vigilancia y curioseó a su alrededor. Los amantes habían captado la atención entusiasta de unos adolescentes que sentados en el suelo y rodeados de mochilas se daban codazos y empellones señalándolos con el dedo. Habían cortado la conversación de una pareja de padres de mediana edad que ante el espectáculo introdujeron de inmediato a su hijo en el autocar mirándolos con reprobación, y de una señora de la limpieza que apoyada en el palo del mocho los miraba moviendo la cabeza negativamente. Comprobó de nuevo su equipaje y apostó por cual de los dos caníbales subiría a su autobús. Lo hizo por la chica, llevaba una rosa en la mano, así que supuso que era ella la que iba a marcharse, él no le habría regalado una flor para casa, pero sí para el camino. Su aspecto era primitivo, perruno, asilvestrado, del tipo de los que no se les ocurre otra cosa que una flor para cubrir ausencias o despedidas. Se equivocó. Fue él el que con un rugido del motor subió en dos saltos al autobús y se repantigó en el asiento de atrás. Dejó de verlo pero lo sintió y lo escuchó tan cerca… Todo en él empezaba a sacarla de quicio. Golpeaba ahora el cristal para responder a los gestos de su chica que no dejaba de mover la mano en un adiós permanente. Seguían deshaciéndose pero ahora en besos volátiles; de la mano al aire y del aire a la ventanilla y de la ventanilla a ella o a él que recogía cada uno de ellos a gritos: "éste me ha llegao, y éste, ¡toma! (saltando del asiento), éste también". Las fauces del vehículo cerraron por fin sus puertas y se recostó tranquila sabiendo que sus pertenencias estaban a salvo. Accionó la palanca para bajar el respaldo a una posición más cómoda pero no pudo llegar al final: unos golpecitos en la cabeza, una frase: "¡Oiga, que me chafa las piernas!" y un empujón en el asiento lo impidieron. No quiso volverse, le pidió perdón un tanto cabreada y soltó la palanca de golpe. Un segundo después volvió a accionarla muy suave para recostarse unos milímetros, pero inmediatamente volvieron los golpecillos en la cabeza "¡¿no me he explicao?!" volvió a insistir el chaval. Presintiendo un mal viaje desistió y buscó cambiarse de sitio pero todos lo asientos estaban ocupados. Habrían recorrido tan sólo un par de kilómetros cuando empezó a sentir el mal olor, un olor a sudor penetrante, repugnante, un olor a pies. Ese profundo e inconfundible olor a queso podrido y pies sucios. Imaginó las zapatillas raídas fuera de los pies de él debajo de su asiento. Se agachó para comprobarlo y esta vez si que acertó. Efectivamente, los pies descalzos estaban debajo de ella. Lo pensó dos veces y se decidió a decirle que se los pusiera no sin cierto nerviosismo. Se giró para hacerlo pero se había dormido. Desistió y se puso el abrigo en la nariz. Miró a las personas que estaban al lado y también dormían así que cerró los ojos e intentó hacer lo mismo. “Tara-ra-ra… ta-ra-rá” escuchó detrás. No podía creerlo, era él. Paralizó su respiración y de repente otro olor se mezcló con el de los pies. ¡Estaba fumando!, el chaval fumaba y echaba el humo por el hueco de su asiento. A los cinco minutos el conductor gritó: ¿Hay alguien fumando?, ¡no se puede fumar aquí! El chaval se levantó de golpe con el cigarro en una mano y una navaja en la otra. “¡Pare!”, dijo. La miró y le pidió el maletín, después cogió dos bolsos más de los primeros asientos y pidió al conductor que le abriese la puerta. Las fauces del vehículo volvieron a abrirse, él bajó y se alejó ante el estupor de los pasajeros y de ella que pensó que ahora sí tendría que tirar los cargadores.

viernes, 13 de febrero de 2009

La Habitación 101 o las cárceles del alma


101 T u s¿Que?101
101 Las N peores, pero Más las O 101
101
En T miedos piedad por
E 101
101
En S bajezas aullarás
A 101
101 L
recelos reptarás en
V 101
101 A
roturas, rogarás a
S 101
101
a P fobias, pedirás
O 101
101 R
vomitarás a
Q 101
101 U
rizadas en E 101
101 L
s o b r e A, 101
101 C sobre A, sobre R, sobre C, sobre E, sobre L ,
HAbITAcIÓN101ESTÁdENTROdETÍ

jueves, 12 de febrero de 2009

Panóptico unifamiliar


En cada círculo una vivienda, en tu vivienda círculos concéntricos alrededor de un mismo espacio. La necesidad que experimentabas de disfrutar de un lugar donde protegerte de la vigilancia de los demás y del asedio de miradas ajenas. Por fin las llaves. Estrenar piso. Placer interruptus. Presencias, sentí presencias por todas partes en aquella casa redonda de mis sueños. Ojos perseguidores de los que sólo podía esconderme entrando en otra habitación dónde otros ojos escrutadores estarían a su vez mirándome, un gran facebook vecinal al que no logré acostumbrarme. El diámetro interior del edificio era tan pequeño que prácticamente todos los inquilinos podíamos vernos a la vez desde esas ventanas curvas que contornando el patio de luces perfilaba cada una de las viviendas. Pensaba a menudo horrorizado en el universo de vecinos curiosos que girarían a mi alrededor como en “La semilla del Diablo” cuando todos los sin alma asomaban la cabeza sobre la cuna de un Satanás recién nacido. Cabezas ampliadas y distorsionadas del cuerpo como vistas a través de una bola de Navidad o de un espejo deformante. Todo el espacio cósmico estaba ahí, pensé al comprarla, todas las constelaciones reunidas, pero en lo que no pensé es en todos los satélites humanos rotando sobre su propio eje y alrededor del mío, seres extraños y conocidos a la vez, observados y observando donde menos lo esperara. Ver-ser visto, binomio inquietante donde hasta el menor movimiento podía estar controlado y previsto. Observación sin comunicación, vigilancia constante que sacaba de quicio.
Una mañana me asomé por una de las ventanas de mi propio círculo. Las otras, las de enfrente, me rodeaban en un cinturón de posibles ojos observadores encontrándose en un mismo punto, el mío, aunque también podían no mirarme a mí, sino a otro vecino, ¿y cómo saber a quién o a dónde miraban? Saqué el móvil del bolsillo y disparé una foto, quizá ella pudiese captar mejor que mi ojo cualquier asomo al cotilleo. Inmediatamente una ráfaga de flashes me cegaron, un batallón de móviles me fotografiaron y no pude descubrir de dónde provenían, en una curva tan perfecta los ataques podían llover desde cualquier parte. ¿Me habrían fotografiado fotografiándolos yo a la vez? Imaginaba móviles suspendidos sobre manos curiosas que espiaban otros móviles suspendidos en manos similares de otros. Una vinculación abstracta entre personas encerradas en distintos espacios abiertos los unos a los otros por ojos circulares. Un vértigo me recorrió el cuerpo. Interminables vistas, sentidos, intuiciones escrutadoras observándose a la vez. Ojos. Fuerzas espirituales y sensoriales liberando combinaciones de pensamientos entrecruzados. Ojos encallados, añorantes, ojos invisibles, ojos con voz, atentos, penetrantes, negros, azules, verdes, grises, ojos de lunes, de viernes, de primavera, de invierno, otoñales, veraniegos, ojos vitales, ojos muertos y amortajados, ojos nostálgicos, ojos olvidados, ojos insistentes, todas las categorías visivas en un solo ojo poliédrico y gigantesco.

sábado, 31 de enero de 2009

Cartel en una torre para suicidas en la que siempre llueve...


Desde aquí, desde lo alto, todo más claro. Lo grande, pequeño. Lo pequeño, claro. En la distancia, revelación. ¡Vuela!, vuela hacia esa realidad de maqueta, hacia esa realidad lenta de hombres hormiga, de objetos reducidos a simplicidad de juguete, de figuras que desde cualquier ángulo son laberinto sin salida, como tú, que formarás parte de ellas en un momento. ¡Lánzate!, ¡déjate caer, que ya te esperan! ¡No lo pienses! El asfalto mojado subirá en efluvios de último deseo para acompañarte en el último viaje hacia el abismo, ese abismo al que ya no tienes miedo y al que llegará tu nariz tantas veces reconstruida... ¡Ánimo!, ¡sólo es un paso!

viernes, 23 de enero de 2009

Los manipuladores se reconocen entre sí


Nunca me había llevado a su madriguera. La fiera como la llamaban los demás y yo también sin conocerla, no solía dejarse ver. Mi trabajo y el suyo no requerían una presencia mutua así que el contacto se limitaba a un cortés trato telefónico. No entendía por qué ahora me llamaba con urgencia para citarme al día siguiente a primera hora en su guarida. ¿Iba a sermonearme por algo?, ¿qué habría hecho yo?, ¿por qué no había llamado a nadie más? No se me ocurría nada en concreto y a la vez muchas cosas…, no sé, fuera lo que fuese quería estar preparado. Su apodo no era broma, sabía por los comentarios que se lo había ganado a pulso así que pensé en todos los errores que pudiese haber cometido últimamente o en los posibles excesos de confianza telefónicos o telemáticos ya que no había otra posibilidad. Es verdad que a diario entraba en mi correo personal y accedía a páginas que no tenían que ver con el trabajo, pero eso lo hacían todos y me había llamado sólo a mí, la cosa debía ir por otros derroteros. Lo del televisor portátil era imposible que lo supiese, nadie podía haberme chivateado porque todos disfrutaban de él tanto como yo y además estaba oculto entre mamotretos y guías de páginas amarillas. No, no había nada especial de lo que pudiese acusarme, tampoco temía el despido, mi antigüedad era considerable y por detrás de mí había varios más, en fin que recorrí el pasillo que conducía a su garita a treinta y tres revoluciones por minuto frente a las cuarenta y cinco a las que iba mi cerebro. Golpee la puerta con suavidad, tres golpes con el hueso del índice en gancho y el resto de la mano apretada hasta el dolor, entré en su despacho y puse cara de nada, de momento vacío entre el pasado y el futuro que parecía iba a forjarse dentro de aquél recinto. Examiné con rapidez y a la desesperada la decoración en busca de algún punto débil por donde contraatacar en caso de necesidad, la incertidumbre me estaba matando. Me senté frente a la fiera obedeciendo a su gesto dactilar: un dedo convertido en flecha que me atravesó de pleno. Si era a lo Guillermo Tell perdonándome la vida o envenenada, tendría que adivinarlo después porque toda mi atención fue a parar a una uña larga de cerámica que sobresalía exageradamente de su dedo: blanca en la cutícula y plateada en el exterior. Pensé que bajo esa apariencia de mujer fatal debía palpitar un corazón infantil a juzgar por las dos pegatinas de hadas que sujetaban cuajadas de estrellas cada perfil de su ordenador. El calendario de sobremesa no estaba tachado, tampoco con anotaciones en los márgenes ni colores que indicaran alguna fecha en especial, sólo en cada número de días pasados había un círculo de confirmación, como si dejase pasar el tiempo porque sí. ¿Cómo los contabilizaría, serían un día más o uno menos de su vida?, ¿era esa vida anodina, o galopante? En los cursos de empresa sobre empatía o trabajo en equipo decían que quien dibuja círculos es afectivo y quien dibuja cuadrados u otras geometrías, frío o distante. Pensé entonces que bajo esa garra tigresa podría esconderse un alma candida y sentimental a la que podría enternecer con una historia de infancia con llave al cuello, padres proletarios y televisor de niñera en caso de que fuese eso de lo que iba a acusarme. O a lo mejor, era de las que se lo creen y toman en serio su papel y caen en la trampa de “soy buena, voy a hacer el bien” y sólo quiere conocerme, poner cara a mi voz, pero ¿por qué ahora? No, su actitud no me decía eso, tenía cara de: voy a despedirte. No quería mirarla así que adopté una postura de sumisión que pudiera desarmarla y miré hacia el suelo. Por debajo de la mesa asomaban dos triángulos cuyos vértices apuntaban desafiantes y sin piedad hacia mis pobres zapatillas. Dos puntas de zapato a las que yo añadí mentalmente un gran tacón de aguja y unas medias de rejilla. ¡Coqueta! ¡Vale! También es coqueta, eso podría permitirme un punto adulador si me veía apurado, y hasta zalamero en caso de emergencia. ¿O era acaso una Cruella de Vil?: pelo largo y negro, nariz de halcón, ojos de sombra oscura, mujer malvada profunda y sensual. Recordé la canción: “Cruella de Vil, es todo un espanto, Cruella de Vil, la carne de gallina te pondrá, Cruella Cruella… humana no es, no sé qué será, y cual feroz bestia se debe enjaular. El mundo mucho más feliz, sin esa Cruella de Vil.”
Ella no hablaba, sólo miraba insistente y golpeaba con un lápiz la mesa mientras yo perdía el juicio. Imaginé en mi delirio que nos estábamos comunicando en morse y hasta traté de averiguar el mensaje. Quiere despedirme y no sabe como hacerlo, eso me dijo el repiqueteo, intenté contestarle con el pie pero la moqueta amordazó mi grito desesperado de: no voy a dejarme machacar, estamos en el primer asalto, déjame que te explique, el ring es pequeño y estoy contra las cuerdas. Peso pluma contra peso pesado. Levanté la vista y miré al teléfono rogándole que sonara, necesitaba tiempo para pensar lo que iba a decir. De momento estábamos uno a cero a su favor, ya no aguantaba más. Pero no, no podía hundirme. Decidí mantener su mirada. Duelo de miradas. El que hable primero pierde. Que diga algo, por favor, supliqué, que corte esa sonrisa entre el beneplácito y la repulsión, que pare con el lápiz, me está sacando de quicio, pero no voy a demostrárselo. La calma es lo último que hay que perder, ella lo sabe, y yo también. Guardar silencio es un arte y requiere un lenguaje corporal adecuado, no me moveré. ¡Quieto!, ¡no muevas ni un pelo! Deja que sea la fiera la que se delate, que crea que te está acorralando.
Cuando terminó de juguetear conmigo, su zarpa volvió a señalarme. De su boca salieron tres palabras: “¿Me traes café?”
Salí de allí interpretando la Marcha Radeski del concierto de Navidad, disparando fuegos artificiales. ¡No me había despedido! Me había convertido en uno de sus dálmatas. Cruella de Vil me había robado. Ahora era su asistente personal. Había conseguido amansar a la fiera. Aunque sabía que acababa de firmar mi sentencia de muerte. Una vez utilizado y devorado dejaría mi cadáver abandonado a merced de los buitres.

martes, 30 de diciembre de 2008

Feliz cumpleaños, Sísifo


Hoy has sido tú, Sísifo. Has cumplido un año más, porque de haber tenido un cumpleaños éste sería el tuyo. Llegas a la cima con todos los esfuerzos y arrojas tu piedra arrastrada sabiendo que mientras bajas a recogerla para volverla a subir será tu único momento de felicidad. Mañana termina el año, ¿un año más, uno menos? En la cima y la base a la vez. La dicha y lo absurdo reencontrándose de nuevo, de nuevo, de nuevo...

jueves, 25 de diciembre de 2008

Navidad: Homilía performativa




Me gusta ver la Navidad desde la tele. Las señoras en los mercados contando lo que van a hacer para cenar en Noche Buena o comer el día 25, belenes móviles, luces en el centro de la ciudad, mercadillos de solidaridad para pobres llenos de gente rica comprando regalos, gente sin casa a quien la tele prefabrica una para que puedan contar sus cosas bajo un decorado digno, atascos de coches en la nieve, gente que muere y pierde trabajos, gente sin vacaciones, los que se van o vienen en el aeropuerto, chabolas gitanas que parecen estar en otra ciudad, familias con muchos hijos, gente que no duerme, puchero y vino con tartitas de anís y canela en restaurantes de calle improvisados, hijos presos de padres ancianos, los que celebran la lotería y los que comen centollo por primera vez, gente sola en pueblos fantasmas, aquellos que duermen entre los escombros de sus antiguas casas, caravanas de remolque habitadas sin permiso por los que sueñan con casas mientras enganchan la luz a farolas públicas, cómo se hace turrón, guerras: 300 conflictos... Y los israelíes... Accidentes en cadena. Muertos por calefacciones clandestinas. Brotes de meningitis. Noches al raso. Secuestros en tierras lejanas. Aumentos de balanza y michelín. Raphael cantando con todos los cantantes del mundo, we are de world, we are de children...

jueves, 11 de diciembre de 2008

¡Cuidado!, tú puedes ser uno de ellos...



Un gusano de acero atraviesa la ciudad con todas sus víctimas dentro. Víctimas que llevan atrapadas en su interior otras víctimas, ellos mismos. Superhéroes maginarios cruzan la ciudad penetrando en otra ciudad fantasma que engulle lo cotidiano y vomita fantasías. Fantasías de la otra orilla: la inalcanzable, la inconfesable de inconfesables historias de aventura, violencia, sexo prohibido y corrupciones apetecibles e inalcanzables prisioneras entre barreras de indefinidas dimensiones, de espacios incomprensibles y horizontes predeterminados. Energía atrapada en agujero de gusano que transita la ciudad sin que ella se entere, sólo un leve temblor en otros pies: los de arriba, los que también imaginan. Agujeros negros que forman un clan, un clan de cansancios infinitos que alimentados y unidos conformarían una fuerza indeterminada que no se escribe con respuestas individuales. Un clan de zombis autistas a quienes la verdad no roza ni de lejos. Están por todas partes. ¡Cuidado!, tú puedes ser uno de ellos viviendo bajo un falso y sexto sentido o sin sentido.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Bucle


Sólo alcanzaba a escuchar la última frase de aquél guía turístico. Intentaba concentrarse al principio pero sus pensamientos volaban a tal velocidad que solapaban la voz hasta que ésta de pronto volvía a resurgir con el repetido final. Nunca llegó a saber la verdadera historia pero siempre conservó aquél momento en la fotografía.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Día de difuntos: "Dame por muerta y enterrada"


Horadó en la pared de la habitación justo en la cabecera de la cama la palabra “LOVE ME”. Era su último mensaje para él. Después rellenó los surcos dejados por las letras con su propia grasa, la de su última liposucción, a continuación, cogió su maleta y se marchó.

lunes, 27 de octubre de 2008

¿Realidad o Simulacro?: Homenaje a Luther Blissett


Solía practicar algo que había leído y que por interesante repetía diariamente en cuanto encontraba un rato para poder hacerlo. Consistía en dejarme ir a la "Deriva" por determinados barrios de la ciudad sin objetivo alguno. Se trataba de reimaginar torres de oficinas, carteles publicitarios, mobiliario urbano, fuentes y jardines como si se tratara de castillos de sabiduría, voces susurrantes, obstáculos a salvar o estanques de ranas-príncipes y bosques de árboles encantados. El propósito era encontrar belleza y aventura en el paisaje ciudadano a través del poder desfigurador de la mente. Era cuestión de convertir espacios grises decadentes en lugares mágicos y maravillosos. Y así, salir a comprar tabaco, volver a casa desde otra casa, o del último local de copas en la noche podía metamorfosearse en viaje iniciático hacia no sé qué, o en algo especial, o espacial, o experimental según quisiera mirarse, además, de un momento a otro podría alcanzarte ese acontecimiento descotidiano y peculiar como mejor antídoto contra el aburrimiento transeuntiano. Esto sólo tenía un riesgo, y es que antes de que te dieras cuenta, podías ser esa loca que habla con cosas invisibles o que busca en las pintadas de las paredes posibles mensajes secretos, pero en fin, había que arriesgarse, en el riesgo suelen encontrarse innumerables placeres inesperados. Y el que diga lo contrario, miente, o se miente.
No hace mucho, en uno de esos paseos a la deriva por la ciudad, encontré un tipo que dijo llamarse Luther Blissett. ¿Luther Blissett?, pregunté, ¿el autor de "Q"? Leí ese libro hace años, pero..., un momento, qué extraño, pensé. Conocía la historia. Fue todo un boom en su momento. Salían Luthers hasta debajo de la tierra. Escritores, noticias inventadas, programas de radio clandestinos. Se le atribuyeron todo tipo de eventos, nombres y caras, hasta convocó una huelga de Arte y anunció su suicidio virtual en la red por el rito Seppuku, no sin antes colocar en cuanta mierda de perro encontró por la calle banderines con nombres de políticos locales de una ciudad cualquiera elegida al azar. Se fabularon tantas noticias reales y falsas que uno no sabía nunca a qué carta quedarse. ¿Luther Blissett, el guerrillero de cabeza múltiple que se movía por el ciberespacio y por los medios de comunicación como Pedro por su casa? ¿ese eres tú?, repetí incrédula. Luther Blissett es un espejo en el que todavía no te has mirado, me respondió él. Si quieres saber quien está detrás de mi, o quién soy en realidad, coge el espejo y mírate. Tú también eres yo, dijo enigmático. Pero entonces, no estabas muerto, estabas de parranda, dije por decir algo gracioso en lenguaje del cancionero popular. Te suicidaste hace años, ¿no?, ¿estoy muerta yo también? -Creí que se trataba de una broma y opté por seguirle la corriente-. Intentabas engañarme como siempre hacía el original, ¿verdad?, dije metiéndome de lleno en el papel. Sonrió sin más y me invitó a que paseáramos juntos, a derivar juntos, para ser más exactos. Parecía que además, conocía esta práctica de los Situacionistas con los que también lo asimilaron todos los medios de comunicación en su día. Quería demostrarme, y creo que lo consiguió, que realmente no había muerto, que como todo lo virtual, era invencible. Inmortal. Que aparecería y desaparecería siempre. Que durante todo este tiempo, cansado de su antigua vida había seguido viviendo bajo otras identidades, pero dado que había llegado a esos oídos que tenía desplegados por todas partes que pensaban hacerle un monumento, y crearle un museo callejero que se llamaría "El Museo de los Museos Inexistentes y de los Conceptos Inservibles", no tenía por menos que recuperar su vieja identidad por un breve espacio de tiempo. Hasta la inauguración por lo menos. Me dijo orgulloso que las instalaciones serían montables y desmontables y las colocaría un arquitecto de los que no construyen, sólo movilizan. ¿Y qué contendrá?, pregunté intrigada, ¡me gusta ese nombre! Pues mira... la única realidad existente será la ficción de otra realidad. Realismo mimético. Ten en cuenta que yo no tengo psicología, soy una dramatización en mí mismo, mezcla de ideas filosóficas y estúpidas como todos, bisagra entre planos de niveles diferentes y distintas dimensiones. Soy una realidad imaginaria y fidedigna al mismo tiempo, de ahí el nombre que te ha gustado tanto. Todo será un juego metafictivo basado en el intercambio de intermediarios, y por lo tanto, inauténtico. Expresará la relación del hombre con la multitud de datos y acontecimientos externos a él. Se parodiarán valores culturales. Cuentos que se convertirán en autenticas vivencias, acertijos en los que será difícil reconocer el límite entre realidad y ficción. Al público se le hará desconfiar no sólo de la veracidad de la información que se les muestre, sino también de todo lo que han aprendido a lo largo de sus vidas y considerado como seguro por el hecho de sentirlo cierto. Se hará apología de la falsificación idéntica de la realidad hasta confundir el original con la copia. Ese será el lema: verdadero o falso, ¿quién sabe? Se navegará a través de una nebulosa de ambigüedad en espacios virtuales que sustituirán toda experiencia real hasta el punto de no localizar dónde se encuentra el punto de partida o la meta. Los conceptos "identidad-diversidad" habrán perdido cualquier validez. ¡Me da miedo!, dije. Eso es lo que se pretenderá, me contestó. Crear incertidumbre, es lo que sé hacer mejor, y ese será el espíritu de “La Exposición”. También habrá homenajes a esas otras identidades que usurpo incluso a través de nombres verdaderos. Soy experto en transformar individuos reales en personas colectivas. ¿Quién no ha deseado en algún momento ser ese otro que ha hecho o inventado algo maravilloso? Hay que deconstruir el principio de individualidad. Nadie haría nada sin el concurso de los demás. Qué sería de un actor sin espectadores, de un escritor sin lectores, de un loco sin cuerdos que pudiesen dar fe de sus locuras. Es una forma de crear mitos colectivos. La persona auténtica queda borrosa y ese lugar vacío se enriquece con las innumerables historias y leyendas de los demás. Ese es mi Don. Crear mitos. Se homenajeará a todos los guerrilleros del Arte y bromistas con causa que anden sueltos. A colectivos expertos en terrorismo cultural que intentarán colársela a quién se deje.
Continuamos caminando y entonces me propuso un juego al que accedí de inmediato: descubrir manifestaciones de su mano negra en las calles que recorriéramos. Y así lo hicimos. Nada más girar una esquina, en un cruce de avenidas, quedé convertida en Dorita y él en el Mago de "TAZ" (Temporary Autonomus Zone). Se abrieron de inmediato dos sendas a nuestros pies. Una roja y otra amarilla. Por supuesto, seguimos la de las baldosas rojas contrariando al cuento, se trataba de hacer lo contrario de lo que los demás esperaran de nosotros. Al instante se fueron sumando personajes de todo tipo pero sin olvidar a los otros protagonistas principales. En este caso: un León de Neón, un Hombre Bote de Hojalata, que por cierto me pareció Andy Warhol, no sé por qué. Un Espanta Carteles Publicitarios, y un perro callejero que en vez de Totó, dijo llamarse Luther Blissett utilizando la voz de Paris Hilton. El León Neón no paraba de encenderse y apagarse mostrando logos de distintas revistas virtuales, me llamó la atención uno de "Yomango" porque lo conocía, de hecho lo último que había leído en esa revista había sido:
"Banksy, ¿artista o fantoche? Es decir, ¿ustedes están vivos y existen en este mundo o son ciegos que creen que arte es lo que se hace en los museos? Esto último se llama "manipular la encuesta". Conste que yo no inventé el método…".
¿Inventó Luther el método?, ¿Orson Welles?, ¿Cervantes con el hombre de la triste figura?, ¿Qué estaba pasando? ¿Lo estaba mezclando todo yo?, pensé, ¿sería producto de mis botas chamánicas que se habían convertido de repente en chapines de rubíes rojos?, ¿Los habría robado Luther para mí en el Museo de Cine de Berlín?, qué deriva más rara la de hoy...
Seguimos la andadura y el hombre bote de hojalata decía ir en busca de un corazón de los de sentir de verdad, había cobrado vida a través de un graffiti, casualmente de Banksy, y que éste había sido eliminado con pintura blanca, así que debía recuperar su alma atrapada entre la pared y la pintura correctora. El León Neón dijo no atreverse a pensar, había sido programado sólo para proyectar, y que a él también le vendría de perlas un cerebro. Por otro lado, el Espanta Carteles Publicitarios, no tenía cabeza, decía que se la había robado clandestinamente el "Decapitador de Londres", ese artista callejero que intercambiaba caras famosas por muñones ensangrentados y los difundía por la ciudad para sorprender a los transeúntes de cada día, ese era su cometido pero... ¿sería posible conseguir un rostro y otro contexto? Blissett dijo: Os daría las claves para conseguir lo que queréis pero tendréis que esperar, hay que llegar a la Ciudad Esmeralda y entrar en el "Museo de los museos Inexistentes y los Conceptos Inservibles". Allí todo será posible.

Publicado originalmente el 11/10/08 en la revista digital REENVIO #0, a disposición pública en la página web: http://enotroespacio.blogspot.com/.
"Este proyecto y esta revista homenajean con un toque de ironía una de las estrategias más atractivas del último siglo pasado: las identidades múltiples".

jueves, 18 de septiembre de 2008

El niño "camello"


La vendedora de cuentos pasa por allí y le dice al atracador, el niño camello, que suelte al dibujante, recoge los dibujos del suelo y se reconoce en ellos. Cuándo va a pedirle cuentas al dibujante, se gira y no hay nadie. Introduce los dibujos en el buzón toma una fotografía y se marcha.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Otros escenarios


El poeta se ha establecido en el solar donde vive el hombre del sombrero, y como ha llegado el otoño, han colocado junto a la pared trasera de la fachada de un edificio antiguo ahora derruido, un falso muro a base de cartones y palets que han recogido en el mercadillo. Desde fuera es un decorado de lo más teatral. Todo el que pasa vuelve la vista y los mira con curiosidad, o se para y los observa con expectación. Desde dentro, ellos ven a los de fuera parar o mirar sobre un decorado de realidad; gente con cosas que hacer que van de aquí para allá y reversos de otras fincas con más suerte que la suya y que todavía están en pie con todos sus inquilinos dentro, -incluidos los del “osta Olaf” del número cinco cuyo cartel de reclamo torcido por un trozo de celo que perdió goma, parece haber perdido también la “hache” y la “ele” en el desprendimiento-. El primer día que el poeta vio el rótulo, consultó un diccionario pensando que había descubierto una palabra nueva. Y así fue. Osta: “Conjunto de cabos o aparejos con que se sujetan y manejan los cangrejos”. Pero observó que dicha definición no se correspondía con el trasiego de gente negra, ropa de colores y hatillos enormes que entraba y salía de aquél lugar, ¿o sí?..., en fin, cosas de barrio multirracial. El caso es que todas las mañanas, desde su tumbona de tela palestina atada entre dos árboles, hamaquea jugando a adivinar la vida de esos personajes que suben y bajan de su “osta” con andares de cangrejo por si las moscas . El poeta cree haber encontrado aquí su lugar. El viento ya no lo atrapa, y cada noche junto a su compañero, enciende una hoguera que lo remonta a su juventud, y a esa libertad interna que había dejado de sentir hacía ya tanto tiempo…
El poeta y el hombre del sombrero, organizan hoy una fiesta de inauguración de su nuevo espacio-casa en el solar de las “futuras unifamilares” y así lo han hecho constar en unas papeletas que han confeccionado a modo de invitación. Un estudiante de diseño, amiguete suyo, las ha transformado en brillantes y coloridos flyers que ellos han repartido orgullosos a su gente. Antes de que las grúas vengan a deconstruir para construir de nuevo, piensan hacer más fiestas, pero ésta es la primera y han decidido currárselo bien. En esa única pared de la que disponen, con cinco surcos de altura, sombra en zig-zag de escaleras inexistentes, restos de tuberías de cocina, y azulejos de baños pretéritos, ellos ocupan la planta baja y eso les da mucho juego. En la planta baja, el empapelado está menos estropeado y muestra motivos florales: ramilletes octogonales, cilíndricos, poliédricos y fusiformes que dan aire familiar. Junto a la pared, objetos y utensilios encontrados al azar, ahora conforman el espacio donde viven. Espacio de tres dimensiones donde los dos hombres, la pared, y esos objetos encontrados adheridos a ésta forman una maqueta perfecta de piso piloto al aire libre simulando un comedor cualquiera de ese edificio o de los que todavía están en pie.
Los palets apilados como alero para protegerse del frío y el viento, colocados en vertical, hacen a su vez de librería. Allí han colocado revistas regaladas de distintos establecimientos, periódicos gratuitos y libros que han ido recopilando de distintos contenedores de basura en otros barrios y vertederos cercanos. Ya cuentan con dos ejemplares del Quijote, una Celestina, un Don Juan, La Ilíada, La Odisea, y un retrato de Dorian Gray. Todas las noches encienden su hoguera en la que cocinan restos caducados de supermercado y fruta abandonada a su suerte tras la recogida del mercado, pero hoy se han esmerado y están preparando cabezas de cordero a la brasa y un cocido, que si sobra, mañana freirán. Se han hecho especialistas en fruta asada y “Ropa Vieja” como algunos llaman a los restos de cocido frito. Sus amigos lo saben y algunos peregrinos de la noche también –siempre hay un plato para el que pasa por allí y quiere probar-. No hay una hora concreta, pero conforme los invitados van llegando dejan regalos improvisados junto al poema que el poeta ha escrito en el suelo a modo de bienvenida: “Nos identifica, nos define por unanimidad a unos cuantos. Apetito destructor de rutinas. Sueños rotos reemplazados por rompesuelas de mote misterioso y nombre de pensión o cafetín. El mundo es la casa de los que no la tienen, lo dicen Las Mil y Una Noches. Sea pues. Humo vagabundo y hospitalario para el que quiera viajar sin moverse del sitio. Para todos los que dudan... Entrad en nuestro laberinto, y comed. Plato del día: Cabezas de Carnero Pensativo y cocido que mañana será ropa vieja”.

martes, 16 de septiembre de 2008

Casualidades




















El dibujante paseaba por las afueras de la ciudad con tres posits pintados ocultos en el bolsillo de su chaqueta. Iba en busca de unos personajes que, de la realidad al trazo y del trazo a la realidad, habían cobrado vida propia, y ahora lo acosaban en su mente. Tenía que darles otra salida, engrandecerlos, colocarlos en la pared de una medianera por la que pasaría cada día, y así dar por terminada esa obra y dedicarse a otra cosa, pero antes debía encontrarlos y pedirles permiso. La última vez que vio a la chica de la barra del “Futuro”, fue por allí, en una terraza de un café en el que coincidieron. Ella escribía en un bloc de dibujo como en un diario, y decía en él que el hombre del sombrero, -el otro personaje de la historia que lo obsesionaba-, también deambulaba por esos barrios. Y ahora, al descubrir a este último en la portada de un periódico, había decidido buscarlos y presentarse a ellos; hablarles de las casualidades y las elecciones, de esos hilos que nos mueven sin darnos cuenta desde no sé dónde; decirles que los había dibujado primero por separado y después juntos sin que ellos lo hubiesen visto, y que sus figuras alargadas y meditabundas lo perseguían sin cesar. Que sabía que había llegado el momento en que tenía que hacer algo porque eran demasiadas casualidades. Que era una idea ridícula, desconcertante, pero que lo había tenido en estado de vigilia noche tras noche y sueño tras sueño, traspuesto hasta haberse animado a ello. Que desde esa tarde en que ella, la chica que nunca parecía esperar a nadie, y el otro cliente fijo del “Futuro”: el hombre del sombrero, -asiduos a horas distintas-, coincidieron en la barra del bar y los dibujó juntos no había podido dejar de pensar en ellos. Que el aspecto de ambos, cada uno en una esquina, absortos en sus pensamientos, como una fotocopia el uno del otro, se había materializado en los mejores retratos de su vida.
Cabizbajo y con las manos en el bolsillo rozando sus dibujos, recibió un empujón contra la pared. Un individuo intentó quitarle todo lo que llevaba encima y lo devolvió de golpe a esa otra realidad, la del día a día de la que él huía constantemente. Con un movimiento rápido y desesperado, estrujó los dibujos -su único tesoro- contra uno de los buzones abandonados con los que se dio de bruces en la embestida del atracador. Lo que él no sabía todavía es que las casualidades acababan de empezar en ese momento...

lunes, 15 de septiembre de 2008

Agujas de espárrago gratinado sobre lecho de puerros confitados

Hace tiempo que la vendedora de cuentos no frecuenta el bar Futuro. Ya no necesita evadirse como antes. Desde que se estableció como ambulante y se dedica a escribir y merodear por ahí no ha vuelto a aquel bar del que ahora tiene enfrente al camarero. Los dos se han reconocido pero ninguno dice nada. El camarero estudia para cocinero y le hace una propuesta. Ha descubierto algo que realmente lo emociona de verdad. Se ha iniciado en la nueva corriente de cocina como Arte. Una performance culinaria donde tan importante es el plato cocinado como la representación teatral para servirlo, el lugar, y su nombre en la carta. Las últimas tendencias apuntan a saborear con los ojos vendados o en un local a oscuras. En fin, que al ver a la cuentista, al camarero se le ha ocurrido que esta última función podría trabajarla con ella y le ha propuesto un mininegocio. Ella pondría los títulos y montaría los escenarios para esas pequeñas obras de arte que el confeccionaría. Para los dos sería algo nuevo. Platos alegóricos. Meditaciones estéticas en una ensalada o un postre. Arte comestible. Será una operación conceptual a la Duchamp, le dijo repitiendo el eslogan de su curso. "Si me acerco al placer, ya no lo veo, me lo como".
Atardecía y todos los puestos del mercado se habían recogido ya. La venderora de cuentos se aleja con esa propuesta rondándole la cabeza, de ahí su caminar lento y caviloso. Formas literarias para platos de diseño en un "Restaurante Conceptual". Le parecía algo tan absurdo y divertido a la vez, que no sabía qué hacer. Se le ocurrían todo tipo de ideas mirando el paisaje a su alrededor, desde el tópico y sugerente "Agujas de espárrago gratinadas sobre lecho de puerros confitados" hasta "Cumbres borrascosas sobre calabaza de Cenicienta, futura carroza".
Con trazo de compás las grúas circuleaban las antiguas fábricas abandonadas del extrarradio donde ella vendía sus cuentos por un lado, y los carteles publicitarios amenazaban unifamiliar el barrio por otro. Después un restaurante sibarita de alta cocina ocuparía algún lugar, y ella estaría creando un festín de palabras surrealistas a todo aquel contexto. La proposición con la que el camarero-cocinero acababa de abducirla le confirmaba lo peor. Si ese era el tipo de local que se idealizaba para el complejo residencial en que se convertiría su último paraíso encontrado, acabaría marchándose. Pero antes de irse podría probar a componer unos cuantos menús, ¿no? Bueno, si los hurones habían empezado a merodear por allí, no tardarían mucho en apropiarse de todo. Así que debía empezar a inspeccionar cuanto antes otros arrabales y dejarse de tonterías... No, no estaba dispuesta a volver a entrar por la misma puerta por la que, felizmente, hacía tiempo ya había salido.

jueves, 28 de agosto de 2008

Las almas reúnen cuerpos


Hacía mucho que el viento no soplaba, por eso, el poeta había permanecido en aquella casa y en compañía de su arrendador más tiempo del habitual, ya no le quedaban espacios donde escribir, las paredes agotadas sólo tenían salida hacia el techo. Entonces pensó que lo que necesitaba era una escalera, una escalera de la que el dueño, ni la casa disponían. Apenas contaba con dinero, así que se encaminó al rastro de la ciudad por si encontraba alguna a bajo precio, o conseguía se la dejaran por un tiempo. No sería mucho, pues presentía una tormenta, y con ella el viento, y con él su nueva partida.

En el rastro, en un puesto lleno de llaves viejas y oxidadas, vio tras el extraño vendedor una escalera metálica que podría servirle. Esperó a que éste terminara su conversación con otro hombre que llevaba un periódico en la mano y preguntaba por alguien que aparecía en la portada. No pudo evitar escuchar que ese hombre que brotaba como una broma del titular del diario y que sólo era reconocible por su sombrero, era miembro de un grupo de artistas callejeros que había hecho un monumento con chatarra cerca de allí, y que necesitaba encontrarlo.
El poeta recordó haber visto a un tipo parecido poco antes de llegar, le llamó la atención porque estaba sentado en un sillón abandonado de un solar lleno de escombros y bajo la sombra de un cartel publicitario, hasta se había inventado una historia sobre él. Ahora sentía curiosidad y decidió entrar en la conversación. Creo que lo he visto, dijo, pero no sé si será el mismo del que están hablando. Está dos manzanas más abajo, en el vertedero, debajo del letrero que anuncia las viviendas unifamiliares. Dicho ésto, olvidó la escalera y fue en busca de aquél hombre sin saber por qué.
Cuando volvió a casa dejó escrito en la puerta:
"Salí en busca de una escalera porque algo sin remedio moría a ras de suelo en esta casa. Me senté en la calle con un hombre que bebía vino, no para matar penas sino para entretener ilusiones. Y entre ellas reconocí las mías. Y las desmenuzamos riéndo como niños que rompen juguetes para entender lo que hay dentro, para jugar con cada una de las piezas que andan sueltas. Después, caminé por las calles sin rumbo, por puro placer. Y en mi interior escuché la canción de la victoria. Y ya no esperaré tormentas para marcharme. Yo seré tormenta, y viento, y me arrastraré y rugiré con él cuando vuelva a buscarme. La luna desplegó anoche su red y atrapó dos almas con cuerpo de hombre".
Los destinos del poeta, el hombre del sombrero, el coleccionista de llaves y el hombre del periódico iban a cruzarse, pero ésto ellos aún no lo sabían.
Al viento, quinto elemento de la historia, se le iba a poner difícil. En una casa sin paredes, techo, puertas, ni ventanas, no tendría donde entrar o salir, ni contra qué luchar, esta vez sólo podría pasar de largo.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Curriculum Vitae

Al alcalde de la ciudad, ese que en cada entrevista presumía de ser un trabajador como el que más, ese que llevaba el espíritu obrero dentro, ese que en su infancia ya soñaba con ser minero de mayor, se le había metido en cabeza, -decían las malas lenguas que para cubrir expediente con sindicatos y artistas-, la lunática idea de llamar monumento a un amasijo de chatarra que había aparecido de repente en un barrio marginal de la ciudad. Un grupo anónimo con sobrenombre extraño lo había colocado allí, en un descampado en el que merodeaba un tipo que quedó atónito al ver llegar el cortejo municipal en pleno, y que éstos confundieron con un miembro del colectivo que había trabajado en tamaña instalación. Los periodistas que acompañaban al comité se le acercaron para pedirle un breve curriculum que representase a todo su equipo y así acompañar las fotos de la obra que publicarían al día siguiente.
"En fin, no sé...", -dijo riéndose de las muchas cosas que se le ocurrieron en un momento. "¿Por qué no darles mi curriculum verdadero?", -pensó. "Hombre, yo no...", volvió a decir. No lo dejaron terminar, en un segundo se vio rodeado de grabadoras, e imaginó los titulares.
"LA OBRA NO ES MÍA, PERO ES YO. ES TODOS".
"Presunto artista callejero. Vaga de aquí para allá sin rumbo fijo, sin residencia, sin trabajo. Sólo el alcohol y la ciudad lo atan a la vida. Suele recoger trastos de aquí y de allá, y siempre en un mismo solar habilita una casa al aire libre para él. Cada cierto tiempo, cambia de solar. Hace años que no mantiene contacto con su familia ni con nadie en especial. Sin embargo, ha establecido una dirección postal en unos buzones de edificio abandonado por si alguien le escribiese. No va a ninguna parte sin su sombrero".

lunes, 25 de agosto de 2008

Lunes de mierda


Tras infinitos posicionamientos a lo largo y ancho de la cama, el hombre no puede dormir. En la postura fetal en la que ahora se encuentra el sudor resbala por sus patillas, gotea en el vacío de la barbilla al brazo, y de éste a las sábanas de raso negras que la semana anterior compró en el mercadillo previniendo una cita, que pasado el fin de semana, no ha tenido lugar. Su hijo, aquejado de obesidad infantil, en la misma postura y un poco más abajo, acolchado en su propia grasa, incrustado en su propia carne, suda más que él pegado a sus piernas con la cabeza en sus rodillas. Vistos desde arriba, en el centro del cerco empapado de sus respectivos fluidos, envueltos en ese aura negra, dan la impresión de una masa informe, de materia descongelada en grado inicial de putrefacción, de dibujo infantil creado a partir de un seis y un cuatro cerrado en semicírculo, de huevo de avestruz frito y flambeado.
El hombre mira al gran ventilador blanco que traquetea la mesilla a punto de absorberlo entre sus aspas. Se prepara mentalmente para levantarse de su no siesta, para iniciar el turno de tarde en su no bar. Ese bar del que es el único empleado, ese bar del que está harto. Ese bar al que sólo acuden almas solitarias a pesar del sugerente escaparate preparado para otro tipo de gente. Almas que adheridas a la barra por tiempo indefinido ni siquiera dan pie a una mínima conversación. Ese bar que en vez de llamarse Futuro debería haberse llamado Acuario para peces soñadores, o Contraste entre lo que se pretende y lo que se logra, o Tapadera de a saber qué, o directamente Mierda. El niño, tampoco duerme. Se prepara mentalmente para un nuevo estoque de burla en el colegio. Mientras, lee un cuento que una mujer de los puestos del mercado le ha escrito por un euro.

jueves, 31 de julio de 2008

El coleccionista de llaves



Cuando ella le había preguntado que de qué quería el cuento, él no supo qué contestar, levantó los hombros y con un movimiento de cabeza le devolvió la pregunta. La inventora de cuentos había insistido en que necesitaba un título para arrancar, y él contestó, que qué cuento sobre él escribiría si no estuviesen hablando, que qué se le hubiese ocurrido si al verlo montar su tenderete de llaves hubiese tenido una inspiración. La cuentista reflexionó unos segundos para decir: "Impenetrable. Así lo titularía yo". Pensó que se trataba de un juego y empezó a divertirle elucubrar. Miró hacia sus llaves y de nuevo a su cara inexpresiva, y continuó: "Era una gran puerta sin cerradura. Nadie podía abrir aquella enorme puerta cerrada hacia ya tantos, tantos años... ¿Entró allí de niño?, costaba creer que alguna vez lo fuera... Fue encerrado allí por maldad propia, o quizá del encerrador que se ocupó de que no pudiese salir por sí mismo..., qué más daba, el caso es que estaba encerrado... Y en ese encierro, fue capaz de liberar su mente... Había objetos dentro de aquél espacio cerrado... Otorgó a los objetos vida propia para sentirse acompañado... Se comunicaba con ellos... Se rebeló contra sí mismo y su situación, se autolesionó hasta ser liberado... Le fabricaron una cerradura y una llave que no encajó... Echaron la puerta abajo a base de golpes..." -En fin, podría hacerle un cuento a base de títulos que se me ocurren uno tras otro sin poder continuar, -dijo ella cogiendo su bloc para empezar a escribir. -Esa inaccesibilidad suya no motiva a inventar sino a investigar sobre usted. Así que de momento va a ser un cuento hecho de comienzos. ¿Le parece bien?"...
El coleccionista de llaves vivía en el barrio de la ciudad más alejado del centro, allí donde terminaban las casas y comenzaba la autopista, de hecho su vivienda, daba por delante a esa gran carretera y por detrás a las vías de un tren de cercanías y a los grandes recintos de fábricas modernas totalmente acristaladas. En aquél lugar se sentía feliz: Era barato, alejado de la gente, y con muchas vías de escape para unos ojos cansados de ver ya demasiadas cosas.
¿Desde cuando coleccionaba llaves?, pensó mientras llegaba a casa. Ya ni lo recordaba. Estaban ahí desde siempre. En los juguetes, en el colegio. ¡Anda que no robó llaves en el colegio!: De las clases, de las taquillas, del patio, de la sacristía, del gimnasio. Siempre al acecho. Siempre en horas de comedor. Siempre en solitario, y siempre a escondidas. ¿Desarrolló eso en él su personalidad futura?, o ¿su personalidad de entonces desarrolló esta afición que lo condujo a esta vida de ahora? No sabía. No sabía por qué algo tiraba de él todas las madrugadas y rastreaba rastros en busca de tesoros que seguramente habrían sido robados, y en esos puestos cochambrosos de su ciudad, o de la que estuviese cuando estaba de viaje, se perdía tranquilamente antes de empezar a hacer cualquier otra cosa. Los rastros. Merodear. Incluso pasear por las calles buscando objetos en el suelo. En los suelos de las calles había encontrado muchas de esas llaves que lo acompañaban a todas partes. Mirarse los pies, mirar hacia abajo, siempre daba sus frutos. Hasta dinero, pero por más dinero que en ocasiones hubiera podido encontrar, nada le producía más placer que descubrir una de aquellas llaves perdidas, cualquiera de esas llaves que eran ya un sinónimo de él mismo. Y en esta tarde calurosa en la que caminaba hacia su casa llevaba dos tesoros en el bolsillo: Una nueva llave de candado de maleta, o caja fuerte. Y un cuento que le había escrito una mengana nueva en el mercadillo en cuyo extraño tenderete decía vender sueños. Cuentos instantáneos a un euro.

miércoles, 30 de julio de 2008

Una carta imaginaria


Es lógico que uno se alimente de lo que sabe le va a sentar bien y elimine lo que pueda hacerle daño. Excepto, claro, cuando se trata del hombre del sombrero. Él sabe lo que le hace bien, y lo que no debería…, pero siempre elige lo contrario a esa lógica rotunda. En una calle que no conoce ha descubierto unos buzones abandonados que todavía conservan su estructura original, esa que tanto le atrae: a medio camino entre un cajón de oficina donde se archivan cartas o documentos ya leídos, y la hilera de huchas mágicas que preceden a las casas, y que en vez de monedas, contienen sorpresas de papel aguardando silenciosas ser abiertas por sus dueños. Asomándose de puntillas, el hombre del sombrero, ha podido comprobar que estos buzones indigentes de calle solitaria todavía reciben la visita del cartero, y le ha fascinado tanto, que en ellos piensa establecer su nueva dirección postal. No sabe para qué, porque no sabe quién le escribirá, y ya no espera nada de nada, ni de nadie, pero a veces, le gusta jugar al absurdo, provocar cosas inesperadas, inventarle vida a los objetos. Por eso, en estos casilleros asidos a una pared absurda, ha colocado su nombre para pasar por ahí de vez en cuando, para ver si recibe algo, para esperar una carta imaginaria que sólo por serlo, intuye podría materializarse...