Sonaba la radio de un coche y por encima, los motores de los camiones que repintaban las rayas blancas de la calzada en los pasos de cebra. Eran las cinco de la mañana y era imposible dormir. Cerré la ventana y coloqué el almohadón sobre mis orejas pero era imposible. Me levanté nerviosa, eso no eran horas de trabajar. Fui a la cocina a ver qué podía hacer. Miré alrededor y no se me ocurría nada. De golpe todo. Abrí el frigorífico, saqué unos cuantos huevos, miré bajo el fregador y dos botes de detergente también llamaron mi atención. Cogí todo y me dirigí al balcón, me asomé despacio. Ahí seguían las máquinas. Uno de los trabajadores se santiguó y a voz en grito le pidió al otro una herramienta. ¡Pedro!, pásame eso, joder. Volví a entrar, cogí los huevos y fui lanzándolos uno a uno sobre el techo de la furgoneta aparcada justo debajo de mi casa, después seguí con los botes que resonaron en toda la avenida con eco entre el silencio de la noche. Todos miraron hacia arriba. Me escondí. Gritaron: ¡oiga! Yo detrás de la contraventana. Esperé con el corazón en vilo y amaneció sin dudas. De repente, no sé el tiempo que había pasado, voló sin alas entre sus insultos y mi miedo. Me acosté de nuevo pero los ruidos y el trabajo prosiguieron, otra radio de otro coche pasó veloz, solo me dio tiempo a oír el estribillo de una canción: No te…, no dio tiempo a más. El amanecer sin colores de mi habitación a oscuras llena de todo lo de abajo me recordó la bruma en las montañas, el laberinto de los valles vistos desde arriba, el eco. ¡Eooo!, les gritaba y ellas me respondían sin saber qué era lo que yo quería decirles con ese grito, me respondían y basta. Repetían mis palabras, ¿y qué?, me respondían. Nada. Nada. No importaba esa nada frente al todo de todas estas voces humanas que abajo seguían molestando. Tan cerca y tan lejos, como carreteras sin fin donde el camino está siempre delante de ti. Senderos infinitos donde perderse, camino sin tregua, sin mirar atrás, sin caminante pues tú no ves, no te ves. Camino. Casi sin piernas porque la cabeza va delante y el resto del cuerpo sigue obediente. Asfalto. Pies pegados al asfalto de calor, recorrido sin fin como el sendero, siempre hacia delante; y estos obreros que parecen sentados en mi cama, en los recodos sin fantasmas que hasta ahora me hacían dormir tranquila. Volveré a las montañas. Apenas unas gotas de molestia y lo urbano ya me sobra. Apenas llegué aquí y ya deseo irme. ¿Dejaré de caminar por carreteras infinitas algún día? Este lugar no es el mío, ¿y dónde está ese lugar? Ese lugar de sangre en el asfalto, pero no derramada sino entretejida. Yo y el asfalto, el asfalto y yo. Asfaltoyo. Trenzamiento, fisuras, piedrecitas ensangrentadas, no de muerte, de vida, de algo que crece, de algo que se crea, maleza roja, barro rojo si llueve. Amanece sin prisa y yo tendida en esta cama huyendo de lo de abajo siento que despierto por segunda, por tercera, por enésima vez, sin viento, sin hojas amarillas. Rojas y verdes, como a mí me gusta. Llegó el tiempo del cambio. No hay más cambio que el que uno se propone aunque ayuden máquinas siniestras en medio de la noche, voces de agentes, de obreros, nadie sin embargo llegó a la casa. La casa está vacía, conmigo, sin mí. La casa estará vacía sinmigo, sin mí. La casa. Y otras casas llegarán, en Berlín o en Pekín o en la Conchinchina, mi alma errante no parará hasta encontrar el sitio. Ese sitio de infinitas carreteras que no llevan a ninguna parte. Llegar, qué aburrido. Eso queda para ángeles sin alas. Yo las tengo, y porque las tengo puedo volar, volar, volar, las alas transitan sus calles, las calles de países lejanos que aparecen dibujados en un papel, en una bola de hierro o cristal, semejando el mundo, un mundo inventado, de trazados mágicos que cambian con los tiempos y los siglos, y los gobernantes, y las piraterías. Trazos en un papel que es un plano, un plano para orientarte pero yo no quiero orientaciones, me basta con mirar al cielo, entre cielo y tierra está la frontera, la única frontera que no hemos inventado. Una frontera sin atributos celestiales ni religiones que valgan; toda la tierra como una amalgama de posibilidades; quién borrara al que dijo que la tierra era redonda. Llana, lisa, sin fronteras ni parapetos, así la quiero yo. Como esta quietud que ahora me abarca cuando todos se han ido. Pararon las máquinas. Se fue la gente. Al fin, me dormí.
Neradas
Compartir neros. Istmos de complicidad entre amigos que definen situaciones o personas según el momento.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.
J.E.
Todo vale para esta palabra que no está en el diccionario.
J.E.
lunes 26 de diciembre de 2011
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