Se clavó el cristal con tan mala suerte que quedó incrustado en la uña. Una fila de niños en el patio del colegio para entrar al comedor. El cocinero Luis García con la mano ensangrentada veía las gotas caer sobre la bandeja de macarrones preparada para ser servida. Ya no le daba tiempo a improvisar otra comida, así que con un paño de cocina se envolvió el dedo y con una servilleta de papel retiró los restos de sangre sueltos que no habían logrado confundirse con el tomate, el resto lo dejó como estaba, total sólo eran unas gotas, nadie lo había visto, unas pequeñas gotas que no alterarían el sabor, incluso el gustillo a hierro de la sangre es parecido al ácido del tomate, por otro lado, él estaba sano, ¿no? Hacía mucho tiempo que rebosaba vitalidad; el gimnasio y su vida ordenada lo hacían sentirse fuerte y bien, y en cuanto a otras enfermedades que escapaban a su propio cuerpo…, de su mujer se fiaba, cómo iba ella, tan leal por un lado e hipocondríaca por otro trasmitirle nada, no, ella no se atrevería nunca a cometer adulterio aunque sólo fuese por mantener a salvo su propia salud, ¿o sí? Además si él tenía algo, cosa que dudaba mucho, ¿cómo iba a transmitirse a los niños, estos tendrían que tener alguna herida en la boca o los dedos para mezclar una sangre con la otra, así que…, un sudor frío lo recorrió. ¿Y si tuviese algo que desconocía y se diese un caso de enfermedad por su culpa, algo que él ignorase?, un solo caso por raro que fuera provocaría un alud de noticias escandalosas. Ya veía los titulares en los periódicos, en los noticiarios de televisión: “El cocinero Luis García del colegio…”, no, eso no iba a ocurrir. Bueno, ya no tenía remedio, la bandeja de macarrones estaba fuera dispuesta para servir. Observaba desde el cristal cada cucharón introducirse en los macarrones y depositarse en los platos. Ah! Ese cucharón cargado de pasta con sangre, su sangre, ¿en qué proporción?, algunas cucharadas no llevarían nada pero otras…, estaba sano, estaba sano, estaba sano y punto, vamos, mejor que nunca. Los niños estaban sentados en las mesas comiendo con su algarabía de siempre y las cuidadoras merodeando para que no se desmadrasen, cada cosa en su sitio. No pasaría nada, tanta higiene, tanta higiene, pero si ellos juegan en el patio y se hacen sangre cada dos por tres y la restriegan por el suelo o en la camiseta del de al lado. Bueno, allá va, están comiéndoselo todo y todo es como siempre. El dedo le escocía y notaba como si la uña se hubiese salido del sitio y fuese la carne lo que tocara el trapo. Recordó que el cristal todavía estaba en la uña, con las prisas y el susto… Hecho consumado, para qué preocuparse más. Ya podía dedicarse a él con tranquilidad, ¿con tranquilidad?, estaba muy nervioso, y las manos le temblaban. Se acercó al fregadero y dejó correr el agua. La sangre debía haberse secado porque el trapo se había pegado al dedo y le dio miedo estirar y arrancarse la uña de cuajo. Mojó el trapo con el dedo dentro y así extrajo el cristal con un escalofrío, la sangre corrió desapareciendo en la base del fregadero mezclada con el agua. Metió el dedo bajo el grifo y quedó hipnotizado durante unos segundos en los que pareció perder la cabeza.
Llegó a casa con el dedo latiendo bajo el fino papel de cocina con el que lo había envuelto como medida de urgencia. Miró con extrañeza a su mujer, ¿le sería fiel de verdad?, ¿y si se la estaba pegando con alguien y ese alguien estaba enfermo y le había transmitido algo, y ella a él y él a los niños?, esa cadena le dio mareo y se sentó en el sofá resoplando y moviendo el dedo en el aire para comprobar su movilidad y, en el fondo, para que su mujer le preguntase. Quería contárselo para ver su reacción, pero inmediatamente se arrepintió, con su hipocondría se horrorizaría y le transmitiría más inseguridad de la que ya tenía. ¿Por qué no había tirado la bandeja a la basura y había dicho la verdad?, hubiese podido improvisar algo, ¿cómo estaba tan tonto? Por fin su mujer le preguntó y él mintió a medias, le dijo lo del cristal pero omitió lo de la bandeja. ¿Era mentir ocultar una parte de la historia?, de pronto no pudo remediarlo y le preguntó, ¿tú me quieres?, ¿a qué viene esa pregunta?, le dijo ella. No sé, por nada, hoy me he enterado de la infidelidad de la mujer de un compañero y no he podido evitar pensar que tú serías incapaz, pero y si sí, ¿y si alguna vez hubieses tenido alguna debilidad, nada importante, un desliz, o una de esas cosas que sólo se hacen una vez y se ocultan porque no se gana nada sacándolas a la luz? No sé Luis, estás raro, ¿a qué viene esto?, ¿no me habrás sido infiel tú y ahora te entran las dudas y el arrepentimiento?, bueno, si es así no quiero saberlo. Pero yo sí, dijo Luis, yo le doy más importancia a la sinceridad que a la fidelidad. ¿Sí?, Luis, ¿estás seguro? Esta pregunta lo estuvo martirizando toda la noche. Dio vueltas en la cama, tuvo pesadillas, se levantó varias veces al baño, finalmente amaneció, sonó el despertador, se arregló como todas las mañanas y se dirigió al colegio con una oscura sensación flotándole en la cabeza.
Con el dedo vendado entró en la cocina, preparó la comida con un tarareo inútil que lo perseguía desde por la mañana intentando apartar esas absurdas ideas empujándose unas a otras, pero cuando vio entrar a los niños al comedor y ocupar sus puestos observó con terror que faltaban un par de ellos, dos huecos en dos mesas distintas. Faltaban dos niños, tranquilo, no tenía por qué tener nada que ver con los malditos macarrones, pero y si…. Al día siguiente hubo más bajas, faltaban cinco, después ocho, más tarde diez y la cabeza de Luis García daba vueltas y vueltas en círculos carroñeros sobre una posibilidad por pequeña que fuese que anulara la certeza de que él era el único responsable. Preguntó con disimulo a las cuidadoras pero estas no sabían nada, tan sólo que los niños no habían acudido a clase. Días después más huecos que niños, y finalmente el comedor vacío. No cabía la menor duda, él era culpable, el provocador de esa epidemia, a saber de qué se trataría. ¿Sería él un portador de esos que no desarrollan pero transmiten y reproducen las enfermedades por donde van?, ¿lo tendrían que aislar para estudiarlo?, ¿mantenerlo en observación apartado de todo el mundo?, ¿y si no lograban detectar lo que tenía, se quedaría en una fría sala de hospital encerrado para siempre? Ahora sí que su mujer le pondría los cuernos…
Llegó a casa con el dedo latiendo bajo el fino papel de cocina con el que lo había envuelto como medida de urgencia. Miró con extrañeza a su mujer, ¿le sería fiel de verdad?, ¿y si se la estaba pegando con alguien y ese alguien estaba enfermo y le había transmitido algo, y ella a él y él a los niños?, esa cadena le dio mareo y se sentó en el sofá resoplando y moviendo el dedo en el aire para comprobar su movilidad y, en el fondo, para que su mujer le preguntase. Quería contárselo para ver su reacción, pero inmediatamente se arrepintió, con su hipocondría se horrorizaría y le transmitiría más inseguridad de la que ya tenía. ¿Por qué no había tirado la bandeja a la basura y había dicho la verdad?, hubiese podido improvisar algo, ¿cómo estaba tan tonto? Por fin su mujer le preguntó y él mintió a medias, le dijo lo del cristal pero omitió lo de la bandeja. ¿Era mentir ocultar una parte de la historia?, de pronto no pudo remediarlo y le preguntó, ¿tú me quieres?, ¿a qué viene esa pregunta?, le dijo ella. No sé, por nada, hoy me he enterado de la infidelidad de la mujer de un compañero y no he podido evitar pensar que tú serías incapaz, pero y si sí, ¿y si alguna vez hubieses tenido alguna debilidad, nada importante, un desliz, o una de esas cosas que sólo se hacen una vez y se ocultan porque no se gana nada sacándolas a la luz? No sé Luis, estás raro, ¿a qué viene esto?, ¿no me habrás sido infiel tú y ahora te entran las dudas y el arrepentimiento?, bueno, si es así no quiero saberlo. Pero yo sí, dijo Luis, yo le doy más importancia a la sinceridad que a la fidelidad. ¿Sí?, Luis, ¿estás seguro? Esta pregunta lo estuvo martirizando toda la noche. Dio vueltas en la cama, tuvo pesadillas, se levantó varias veces al baño, finalmente amaneció, sonó el despertador, se arregló como todas las mañanas y se dirigió al colegio con una oscura sensación flotándole en la cabeza.
Con el dedo vendado entró en la cocina, preparó la comida con un tarareo inútil que lo perseguía desde por la mañana intentando apartar esas absurdas ideas empujándose unas a otras, pero cuando vio entrar a los niños al comedor y ocupar sus puestos observó con terror que faltaban un par de ellos, dos huecos en dos mesas distintas. Faltaban dos niños, tranquilo, no tenía por qué tener nada que ver con los malditos macarrones, pero y si…. Al día siguiente hubo más bajas, faltaban cinco, después ocho, más tarde diez y la cabeza de Luis García daba vueltas y vueltas en círculos carroñeros sobre una posibilidad por pequeña que fuese que anulara la certeza de que él era el único responsable. Preguntó con disimulo a las cuidadoras pero estas no sabían nada, tan sólo que los niños no habían acudido a clase. Días después más huecos que niños, y finalmente el comedor vacío. No cabía la menor duda, él era culpable, el provocador de esa epidemia, a saber de qué se trataría. ¿Sería él un portador de esos que no desarrollan pero transmiten y reproducen las enfermedades por donde van?, ¿lo tendrían que aislar para estudiarlo?, ¿mantenerlo en observación apartado de todo el mundo?, ¿y si no lograban detectar lo que tenía, se quedaría en una fría sala de hospital encerrado para siempre? Ahora sí que su mujer le pondría los cuernos…


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